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Capítulo 95: La forma falsa revela a la Liebre de Jade y la verdadera princesa regresa a su hogar

Sun Wukong expone a la falsa princesa como la Liebre de Jade de la luna; la Diosa de la Luna viene a reclamar a su sirviente; la verdadera princesa, guardada en el Templo de Jeta, es devuelta a sus padres y los peregrinos continúan su camino.

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La forma falsa revela a la Liebre de Jade y la verdadera princesa regresa a su hogar

La abeja dorada que viajaba en el sombrero de Tang Sanzang observó a la falsa princesa cuando esta entró al Pabellón de la Urraca envuelta en perfumes y ornamentos nupciales. Sun Wukong vio lo que los ojos humanos no podían ver: sobre la cabeza de la princesa flotaba una neblina oscura, tan tenue que casi se confundía con el incienso del pabellón, pero inconfundible para sus ojos de fuego.

—Maestro —susurró la abeja al oído de Tang Sanzang—, la princesa es falsa.

—¿Cómo la hacemos mostrar su verdadera forma sin alarmar al rey? —respondió Tang Sanzang en voz apenas audible.

—Dejad que lo haga yo.

Antes de que el maestro pudiera objetar, la abeja recuperó de un salto su forma verdadera. Sun Wukong apareció en el pabellón con su vara en la mano, y agarró a la princesa del brazo gritando:

—¡Basta ya, demonio! ¡Has disfrutado demasiado de este engaño! ¿Y encima pretendes robarle la vitalidad esencial a mi maestro?

El pabellón se convirtió en un instante en el caos más absoluto. El rey quedó paralizado. Las concubinas tropezaban unas con otras buscando la salida. Las doncellas se aplastaban contra los muros. Tang Sanzang, para evitar que el caos se convirtiera en tragedia política, corrió a abrazar al rey y le repitió al oído que sus discípulos estaban separando lo verdadero de lo falso y que no había nada que temer.

La falsa princesa se sacudió la mano de Sun Wukong, arrancó de su propio cuerpo los ropajes nupciales y los adornos de jade, y corrió al jardín imperial donde había escondido su arma verdadera en el interior del altar del Dios del Suelo: un mazo corto de forma similar al pilón con que se muele el grano, hecho de un material que brillaba con luz propia.

El combate que siguió llenó el jardín y luego el cielo. Sun Wukong y la falsa princesa se enfrentaron con vara y mazo durante medio día sin que ninguno lograra la victoria. Cuando la sombra comenzó a alargarse sobre los tejados del palacio, la falsa princesa se disolvió en una corriente de viento limpio y huyó hacia el cielo.

Sun Wukong la persiguió gritando a los guardianes de la Puerta Celeste que no la dejaran pasar. Cuatro grandes mariscales con sus ejércitos celestiales bloquearon la entrada al reino del cielo. Atrapada, la falsa princesa se materializó de nuevo y volvió a enfrentarse a Sun Wukong con su mazo. En plena batalla, el demonio recitó el origen de su arma:

Raíz inmortal de jade de carnero puro, pulida y tallada a lo largo de eras sin cuenta. Yo la tuve cuando el caos se abrió en orden, yo la blandí cuando el Tao separó el cielo de la tierra. Ha vivido conmigo en el palacio de la luna, ha descansado a mi lado en la sala del canelo sagrado. Vine al mundo de los mortales porque amaba las flores, tomé la forma de la princesa para buscar mi destino. El pilón de la luna que machaca el elixir eterno: un golpe de este mazo y la vida se extingue.

Sun Wukong escuchó la proclama con una carcajada.

—¡Conque eres del palacio de la luna! Pues entonces deberías saber que no puedes conmigo. Ríndete o te aplasto.

Diez rounds más de combate, y la falsa princesa, agotada, se transformó en un rayo de luz dorada y huyó hacia el sur. Sun Wukong la siguió hasta una montaña donde la perdió entre los riscos. Temiendo que regresara al palacio a hacerle daño a Tang Sanzang mientras él buscaba, el Gran Sabio volvió primero a asegurarse de que el maestro estaba bien.

El rey seguía en el trono con Tang Sanzang a su lado, ambos esperando noticias.

—La princesa es un demonio —anunció Sun Wukong—. Huyó hacia el sur. Vuestro maestro está a salvo, majestad, pero vuestra verdadera hija aún no ha sido encontrada.

El rey quiso saber dónde estaba su hija. Sun Wukong prometió devolvérsela al día siguiente y regresó a la montaña del sur. Allí convocó al Dios del Suelo y al Dios de la Montaña, quienes lo guiaron hasta la madriguera donde la falsa princesa se había escondido. La hizo salir a golpes de vara, y cuando la batalla se reanudó en el cielo con la noche cayendo sobre el horizonte, una voz clara interrumpió su combate desde las alturas:

—¡Gran Sabio, detén tu vara! ¡Contén tu golpe!

Sun Wukong se volvió. Desde una nube de luz plateada descendía la Diosa de la Luna, la Estrella de la Luna Mayor, acompañada de un cortejo de ninfas lunares. Sun Wukong saludó con respeto.

—Gran Sabio —dijo la Diosa de la Luna—, la criatura contra la que combates es la Liebre de Jade de mi palacio, la que machaca el elixir de larga vida en el mortero celestial. Escapó de mi palacio hace un año usando una llave robada. He calculado que hoy está en peligro de muerte y he venido a salvarla. Te pido que la perdones.

Sun Wukong frunció el ceño.

—Venerable diosa, no podéis simplemente perdonarla. Esta liebre raptor a la verdadera princesa y la arrojó a un templo lejano mientras ella tomaba su lugar. Planificó robarle la vitalidad esencial a mi maestro. Eso no puede quedar sin consecuencias.

La Diosa de la Luna asintió.

—Tienes razón en todo. Pero hay una historia detrás de esto que no conoces. La verdadera princesa de este reino no es una humana ordinaria: es la Ninfa Suoe, una inmortal de mi corte que hace dieciocho años abofeteó a la Liebre de Jade durante una disputa. Esa niña, al recibir el golpe, sintió el impulso de descender al mundo humano y se reencarnó en el vientre de la reina de la India. La Liebre de Jade guardó ese rencor durante dieciocho años y luego escapó del palacio para vengarse. No debería haber intentado capturar a tu maestro, eso sí es un crimen. Pero el origen de todo esto es un karma antiguo.

Sun Wukong reflexionó.

—De acuerdo, Venerable. Os devuelvo a vuestra liebre. Pero os pido que bajéis conmigo al palacio y expliquéis todo esto al rey en persona. Que el rey sepa que su hija es una inmortal y que está en el Templo de Jeta. Eso cerrará esta historia como corresponde.

La Diosa de la Luna ordenó a la Liebre de Jade que revelara su forma verdadera. La criatura rodó en el aire y apareció como una liebre blanca como la nieve, con los ojos rojos como cerezas y las orejas largas que vibraban al viento nocturno. Era una belleza extraña y antigua que no tenía nada que ver con la falsa princesa que había habitado.

La Diosa de la Luna con su cortejo, la Liebre de Jade y Sun Wukong descendieron sobre el palacio a la hora en que la luna llena empezaba a subir por el horizonte. El Gran Sabio gritó desde el cielo para que el rey, la reina y todos los cortesanos salieran a ver. La voz de Sun Wukong retumbó en cada rincón de la ciudad y los habitantes de cada casa encendieron incienso y se prosternaron.

Zhu Bajie, que estaba en el pabellón con Sha Wujing cuando llegaron las ninfas lunares, tuvo un arranque de entusiasmo y saltó al aire para abrazar a una de las ninfas. Sun Wukong lo agarró por la oreja y le dio dos golpes sonoros.

—¿Qué clase de lugar crees que es este para que hagas eso, cerdo sin modales?

—Solo era un saludo amistoso —protestó Zhu Bajie desde el suelo.

La Diosa de la Luna explicó al rey la historia completa: la Ninfa Suoe reencarnada como su hija, el rencor de la Liebre de Jade, el año de engaño. El rey escuchó con las lágrimas corriendo por la barba. Al día siguiente, a primera hora, partió en su palanquín real hacia el Templo de Jeta con la reina, los cortesanos, Tang Sanzang y los tres discípulos.

Sun Wukong llegó al templo antes que todos los demás, en un salto de su nube. Los monjes lo recibieron de rodillas preguntando cómo había llegado volando cuando hacía unos días había salido a pie. Sun Wukong les pidió que prepararan el recibimiento del rey y que abrieran la habitación donde estaba encerrada la joven. El anciano abad, que había esperado ese momento durante más de un año, corrió a preparar los incensarios.

Cuando el rey y la reina entraron en la pequeña habitación oscura y vieron a su hija —sucia, agotada, con el pelo enredado, mirándolos con ojos que tardaron un momento en reconocerlos—, el rey la abrazó sin importarle nada más, y los tres lloraron durante un tiempo que nadie midió.

La princesa se bañó con agua de hierbas aromáticas, se vistió con los ropajes que habían traído del palacio, y fue conducida en el palanquín real de vuelta a la capital.

El rey, por recomendación de Sun Wukong, soltó un millar de gallos en la Montaña de los Ciempiés para exterminar a las criaturas que atacaban a los viajeros nocturnos, y cambió el nombre de la montaña a Montaña de las Flores Preciosas. Ordenó reconstruir el templo con fondos del tesoro real y le otorgó el nombre oficial de Templo Budista de Jeta del Monte de las Flores Preciosas. Al anciano abad le otorgó el título de Monje Imperial y una renta anual en grano.

Durante cinco días, los cuatro peregrinos fueron festejados en el palacio con banquetes vegetarianos tan elaborados que incluso Zhu Bajie quedó satisfecho. El rey intentó retenerlos con oro y joyas. Tang Sanzang declinó todos los obsequios materiales.

La mañana de la partida, cuando el cortejo real se resistía a dejarlos ir, Sun Wukong sopló en dirección al viento del sureste con un aliento mágico que provocó una brisa repentina. Todos los que estaban despidiendo a los peregrinos entornaron los ojos por un instante, y cuando los abrieron de nuevo, los cuatro ya habían desaparecido por el camino del oeste.

Purificado por las olas de la gracia, la naturaleza retorna, liberado del mar de oro, comprende el verdadero vacío.