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Capítulo 90: El León de Nueve Cabezas captura a todos y el Celestial Salvador rescata a los peregrinos

El demonio de nueve cabezas captura a todos los peregrinos y a los tres príncipes; Sun Wukong escapa para buscar al Celestial Salvador Taiyi Jiuku Tianzun, cuyo monte es el ancestro del León de Nueve Cabezas.

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El León de Nueve Cabezas captura a todos y el Celestial Salvador rescata a los peregrinos

Huyendo de las llamas que consumían la Cueva Boca de Tigre, el Demonio León Amarillo voló hacia el norte, hacia las montañas donde moraba su ancestro: el Gran León de Nueve Cabezas, señor de la Cueva del Bosque de Bambú en los Acantilados del Viento del Norte. El León Amarillo postró sus nueve frentes ante el anciano, relatando su derrota con voz quebrada, y el ancestro rugió con tal fuerza que las montañas temblaron y los pájaros cayeron muertos de las ramas.

—Este Sol Wukong es el mismo que vació el Palacio del Dragón del Mar del Este y aterrorizó los Diez Palacios del Infierno —dijo el anciano, lamiendo sus bigotes—. Pero yo tengo nueve cabezas y nueve vidas. Iremos juntos a destruir a esos peregrinos.

Sun Wukong, que había regresado al Condado de Yuhua con los tres príncipes, notó aquella noche que el cielo se tornaba de un rojo presagio. No tardó en llegar el tremendo rugido del León de Nueve Cabezas, que descendió sobre la ciudad envuelto en nubes de tormenta, abriendo sus nueve fauces al mismo tiempo. Sus nueve lenguas lamieron el aire y sus nueve pares de ojos brillaron como antorchas encendidas en la oscuridad.

La batalla fue feroz pero breve en su desenlace para los peregrinos. Zhu Bajie embistió con su rastrillo; Sha Wujing giró su vara de monje; los tres príncipes blandieron sus réplicas de armas sagradas. Pero el León de Nueve Cabezas era una bestia de antigüedad primordial: con un rugido coordinado de las nueve gargantas aturdió a todos los presentes, y con cada una de sus bocas fue recogiendo un prisionero. Tang Sanzang, Zhu Bajie, Sha Wujing y los tres príncipes cayeron todos en sus fauces antes de que pudieran reaccionar.

Sun Wukong, el único que escapó gracias a una voltereta en el aire, aterrizó sobre una roca distante y observó cómo el monstruo desaparecía entre las nubes llevando a todos sus compañeros. Un frío que no era de la noche sino del alma se instaló en su pecho.

—Todos capturados de una vez —murmuró el Gran Sabio Igualado al Cielo—. Este demonio no es ordinario.

Transformándose en un rayo de luz dorada, voló hacia el oriente para buscar al celestial que pudiera domar a una bestia de tal magnitud. Consultó con los dioses del cielo, preguntó a los inmortales de las montañas sagradas, y finalmente un mensajero celeste le reveló la verdad: el León de Nueve Cabezas era el monte del Celestial Salvador Taiyi Jiuku Tianzun, señor del Palacio Oriental de Madera del Cielo del Este. La bestia había escapado de sus cadenas celestiales y había descendido al mundo humano para hacer daño.

Sun Wukong viajó sin descanso hasta el Palacio Oriental de Madera, donde el Celestial Salvador meditaba sobre un trono de jade azul rodeado de discípulos que portaban estandartes de los ocho puntos cardinales. Sun Wukong se postró con una humildad que pocos le habían visto, explicando la situación con palabras precisas y urgentes.

—Mi monte se ha escapado de nuevo —dijo el Celestial Salvador con una serenidad que ocultaba el embarazo del momento—. Esta es mi responsabilidad. Iré yo mismo.

El Celestial Salvador convocó a su asistente Pilü, un joven de aspecto inocente pero con poderes de apaciguamiento de bestias, y juntos descendieron al mundo acompañados de Sun Wukong. Cuando llegaron a los Acantilados del Viento del Norte, el Celestial Salvador tomó un instrumento musical de jade y comenzó a tocar una melodía que los seres del mundo no podían escuchar pero que resonaba en los oídos de las bestias celestiales como el llamado más profundo de su naturaleza.

Las nueve cabezas del León emergieron de la cueva, y al escuchar aquella música, las nueve bocas se abrieron no en rugido sino en algo parecido al llanto. El León de Nueve Cabezas salió de su cueva arrastrando las nueve cabezas al suelo, y el Celestial Salvador le colocó la cadena celestial de nuevo alrededor del cuello más central.

—Libera a tus prisioneros —ordenó el Celestial Salvador, y el León obedeció, vomitando de sus diversas bocas a Tang Sanzang, Zhu Bajie, Sha Wujing y los tres príncipes, todos un poco aturdidos pero enteros.

Sun Wukong agradeció al Celestial Salvador con la reverencia propia de quien reconoce que no toda batalla se gana con fuerza bruta, y el celestial regresó al cielo con su rebelde monte. El León Amarillo, privado de su protector ancestral, fue ejecutado allí mismo por Sun Wukong, que lo decapitó con un solo giro de su vara.

De vuelta en el Condado de Yuhua, el rey convocó a los mejores herreros del reino. Con el acero más puro y los moldes más precisos, fundieron durante tres días y tres noches las réplicas definitivas de las tres armas sagradas: una vara de oro para el príncipe mayor, un rastrillo de nueve dientes para el príncipe segundo, y una vara de monje con argollas de plata para el príncipe menor. Los tres príncipes recibieron también el linaje secreto de las técnicas de combate que Sun Wukong, Zhu Bajie y Sha Wujing les transmitieron en aquellos últimos días de convivencia.

La despedida fue solemne. El rey y el pueblo del Condado de Yuhua salieron a las puertas de la ciudad para ver partir a los peregrinos. Los tres príncipes se postraron ante sus maestros con la frente tocando el suelo, y cuando levantaron la vista, sus ojos brillaban con el fuego de quienes han recibido un tesoro que ningún ladrón puede arrebatar.

Tres príncipes aprenden el camino del cielo, tres armas nuevas brillan bajo el sol del amanecer. El León de Nueve Vidas regresa encadenado al palacio, y la caravana sagrada reanuda su marcha hacia el oeste.

Tang Sanzang cabalgó hacia el poniente sobre su caballo blanco, con el corazón más ligero que antes, sabiendo que en aquel condado de los príncipes había dejado semillas de un dharma que florecería por generaciones.