Capítulo 65: El Pequeño Templo del Trueno y el Monstruo de las Cejas Amarillas
Los peregrinos se topan con el Pequeño Templo del Trueno, una imitación diabólica del sagrado Leyin. El Monstruo de las Cejas Amarillas atrapa a Tang Sanzang y sus discípulos con un gong de oro y una bolsa de tela blanca que devora ejércitos enteros, dejando a Sun Wukong solo para buscar auxilio.
Una Montaña de Mal Augurio
Habían dejado atrás la Cuesta de las Zarzas y sus espíritus arbóreos cuando la montaña siguiente se alzó ante ellos con una majestuosidad que hizo que Tang Sanzang detuviera su caballo blanco y se pusiera de pie sobre los estribos para ver mejor. Era un pico que parecía tocar las nubes, con pendientes cubiertas de pinos negros y cascadas que caían de las cornisas como cortinas de seda transparente.
—Hermano Wukong —dijo el maestro con esa mezcla de esperanza y ansiedad que le era familiar—, ¿no veis algo entre los árboles de aquella cima?
Sun Wukong saltó a las nubes y miró con sus ojos de fuego que podían distinguir un pelo a treinta leguas de distancia. Lo que vio le provocó una extraña sensación en el estómago: en la cima de la montaña, entre nubes de buen augurio y rodeado de pinos centenarios, se alzaba un complejo de templos de evidente magnificencia.
Descendió hacia el maestro sin la velocidad habitual.
—Hay un templo en la cima, Maestro. Un templo grande y bien construido.
—¡Quizás sea el Leyin! —exclamó Tang Sanzang, y su cara se iluminó con una alegría que hacía años que sus discípulos no le veían—. ¡Quizás hemos llegado por fin!
Zhu Bajie, que tenía la capacidad de leer el humor de su hermano mayor, miró a Sun Wukong con una pregunta silenciosa en sus ojos de cerdo. El Gran Sabio frunció el ceño casi imperceptiblemente. Algo no cuadraba, pero no sabía decir qué.
—Subamos —dijo finalmente—. Pero con cautela.
El Pequeño Templo del Trueno
El camino hasta la cima era serpentino y hermoso, bordeado de flores que florecían fuera de temporada y de árboles cuya sombra tenía una calidad de luz que recordaba a los templos sagrados. Pero Sun Wukong, que había estado en el verdadero Leyin Temple y conocía el aura inconfundible de la presencia de Buda, no sentía nada de eso en este lugar. El aire era demasiado quieto. La belleza era demasiado calculada.
Cuando llegaron a la puerta principal, Tang Sanzang leyó el cartel con ojos brillantes de emoción:
—"Pequeño Templo del Trueno." —Su voz cayó—. No es el Leyin.
—No —confirmó Sun Wukong—. Pero es un nombre presumido para un lugar que no he visto en ningún mapa ni he oído mencionar en ninguna escritura.
Zhu Bajie, que había estado mirando el templo con la misma expresión que ponía ante una comida sospechosa, intervino:
—Podría ser un templo secundario, una sucursal del verdadero Leyin. En el cielo hay muchos establecimientos del Buda.
—Los establecimientos del Buda —respondió Sha Wujing lentamente— no tienen esta clase de silencio.
Pero Tang Sanzang ya había bajado del caballo y avanzaba hacia la puerta con la determinación de alguien que necesita creer en lo que ve. Sus discípulos lo siguieron, cada uno con sus armas empuñadas discretamente.
El interior del templo era un laberinto de patios y pabellones. Había discípulos budistas en todas partes: monjes con cabezas rapadas que barrían los suelos de piedra, novicios que cargaban jarrones de flores, devotos que quemaban incienso ante estatuas doradas. Todo era perfectamente correcto. Demasiado perfectamente correcto.
—Estos monjes —murmuró Sun Wukong al oído de Sha Wujing— tienen los ojos equivocados.
Era verdad. Bajo las cabezas rapadas y las túnicas color azafrán, los ojos de aquellos supuestos discípulos tenían un brillo que no era de meditación sino de depredación.
El Gong de Oro
El Monstruo de las Cejas Amarillas salió a recibirlos en el patio central. Era enorme: más de tres metros de altura, con brazos que parecían troncos de árbol y unas cejas amarillas tan prominentes que le daban a su cara la apariencia de estar perpetuamente sorprendido. Llevaba una armadura que podría haber pertenecido a un general celestial, y en su mano derecha sostenía un gong de oro del tamaño de una rueda de carreta.
—¡Bienvenidos, peregrinos! —tronó con una voz que hizo vibrar los adornos de jade del templo—. El Pequeño Templo del Trueno os esperaba.
—¿Quién sois vos? —preguntó Sun Wukong, con la vara de hierro ya en posición de combate.
—Soy el guardián de este sagrado lugar —respondió el monstruo—. Y vosotros sois exactamente los huéspedes que necesitaba.
La batalla comenzó sin más preámbulos. Sun Wukong lanzó su vara hacia las cejas amarillas del monstruo, Zhu Bajie arremetió con su rastillo y Sha Wujing bailó su báculo. El Monstruo de las Cejas Amarillas era formidable: golpeaba con el gong de oro con una destreza que hacía que sus movimientos tuvieran una música propia, una percusión terrible que atronaba el patio.
Tang Sanzang permanecía cerca de la puerta, apretando los sutras contra su pecho con los nudillos blancos.
Fue entonces cuando el monstruo hizo algo inesperado. En lugar de seguir combatiendo, elevó el gong de oro sobre su cabeza y lo golpeó con un mazo que había sacado de ninguna parte visible. El sonido que produjo no fue el tañido normal de un gong: fue un rugido que atravesó el aire como una ola y envolvió a Sun Wukong en una vibración que le paralizó todos los músculos.
—¡Hermano mayor! —gritó Zhu Bajie.
Pero ya era demasiado tarde. El gong de oro se abrió como una jaula y engulló al Gran Sabio Sun Wukong en su interior. La tapa se cerró. El sonido cesó. Y Sun Wukong desapareció dentro del instrumento con un último grito de rabia que se fue apagando como una llama bajo el agua.
Tang Sanzang, Zhu Bajie y Sha Wujing fueron capturados a continuación sin que el monstruo necesitara apenas esfuerzo. Los falsos discípulos budistas los amarraron con cuerdas celestiales mientras el Monstruo de las Cejas Amarillas observaba con la satisfacción de quien ha completado una tarea larga y trabajosa.
La Bolsa de Tela Blanca
La noticia del atrapamiento del Gran Sabio llegó al cielo con la velocidad de las calamidades. Los Veintiocho Asterismos, aquellas constelaciones que Wukong conocía como compañeros de batallas anteriores, descendieron en formación hacia el Pequeño Templo del Trueno dispuestos a rescatar a los prisioneros.
Eran veintiocho guerreros celestes, cada uno con el poder de una estrella, y llegaron al templo con el estruendo que precede a las tormentas grandes. El Monstruo de las Cejas Amarillas los esperaba en el patio central con una sonrisa que los guerreros celestes interpretaron mal: tomaron la seguridad del monstruo por arrogancia, y la arrogancia les pareció una buena señal.
No lo era.
El monstruo no sacó el gong esta vez. En su lugar, de entre sus ropas extrajo una bolsa de tela blanca tan ordinaria en apariencia que varios de los guerreros celestes se miraron entre sí con confusión. Era del tamaño de una bolsa de arroz mediana, cosida con hilo rojo, sin ningún adorno visible.
—¿Eso es su arma? —preguntó uno de los asterismos, desconcertado.
El monstruo abrió la bolsa. La abrió simplemente, sosteniéndola por el fondo, y la bolsa se expandió. No fue una expansión gradual y comprensible: fue una explosión de espacio, como si dentro de la bolsa hubiera un universo plegado que de repente se desplegara para engullir todo lo que había fuera de ella.
Los Veintiocho Asterismos desaparecieron en la bolsa de tela blanca antes de que ninguno de ellos pudiera reaccionar. El patio del templo quedó súbitamente vacío excepto por el monstruo, que cerró la bolsa con el mismo gesto casual con que se cierra una compra de mercado.
La Fuga del Gran Sabio
Dentro del gong de oro, Sun Wukong había estado trabajando sin descanso. La oscuridad dentro del instrumento era absoluta, pero el Gran Sabio no necesitaba luz para pensar. Había intentado transformarse en insecto para escurrirse por alguna grieta, pero el gong no tenía grietas. Había intentado usar su vara para romper las paredes desde dentro, pero el metal del gong absorbía los golpes sin deformarse.
Finalmente, cuando ya llevaba horas encerrado y sus transformaciones habituales se habían estrellado contra las propiedades mágicas del instrumento, recordó algo que había aprendido en una batalla muy antigua: el punto débil de las jaulas mágicas no siempre es la pared más gruesa sino la junta más fina.
Transformó uno de sus pelos en un cuerno minúsculo, de los que usa la estrella Kang Jinlong —el Cuerno del Dragón del Corredor Celeste— para perforar metales encantados, y con él trabajó durante horas en la juntura entre el cuerpo del gong y su borde. Cuando finalmente la juntura cedió y el aire de la noche se coló por la abertura, Sun Wukong salió transformado en una corriente de aire antes de que el metal pudiera cerrarse de nuevo.
El patio del templo estaba vacío. La luna iluminaba las tejas con una luz fría que no decía nada. Sun Wukong, en su forma de mono, se quedó inmóvil un momento escuchando el silencio del templo falso y sintiendo el peso de todo lo que había perdido en aquellas horas: su maestro, sus hermanos, los Veintiocho Asterismos.
Necesitaba ayuda. Una ayuda de la que no disponía en el cielo, porque el cielo ya había enviado lo que tenía y había sido insuficiente.
La Montaña Wudang
Sun Wukong viajó hacia el norte en su nube de viaje, dejando atrás el Pequeño Templo del Trueno con sus prisioneros invisibles. Tenía en mente una sola dirección: la Montaña Wudang, donde residía Xuantian Shangdi, el Señor Supremo del Cielo Norte, conocido también como el Verdadero Guerrero, una deidad de poder inmenso y carácter incorruptible.
La Montaña Wudang aparecía en los horizontes del norte como una visión: picos que atravesaban las nubes, templos colgados de los acantilados como nidos de pájaros milenarios, y en su cúspide más alta, rodeado de humo de incienso perpetuo, el palacio del Verdadero Guerrero.
Sun Wukong descendió ante las puertas del palacio y anunció su nombre a los guardianes. La reputación del Gran Sabio abría muchas puertas en el cielo, y también en las moradas de los inmortales terrenales.
Xuantian Shangdi lo recibió en su sala principal: una figura alta de porte militar, con armadura negra y la espada Kunjian a su costado. Detrás de él, como siempre, estaban sus dos guardianes eternos: la Tortuga Negra, antigua como el tiempo, y la Serpiente Divina, cuya lengua bífida degustaba continuamente los movimientos del destino.
—Gran Sabio —dijo el Verdadero Guerrero—, he escuchado vuestro problema incluso antes de que llegaseis. El Pequeño Templo del Trueno, la bolsa de tela blanca que devora ejércitos. Es un asunto que requiere atención.
—Necesito vuestra ayuda —dijo Sun Wukong sin rodeos—. Y la de vuestros guardianes.
El Verdadero Guerrero asintió. La Tortuga y la Serpiente se pusieron de pie con movimientos que contenían eras geológicas de práctica. Y Sun Wukong sintió, por primera vez desde que había salido del gong de oro, algo parecido a la esperanza.
Pero la batalla más difícil aún estaba por comenzar.