Capítulo 26: Sun Wukong recorre tres islas en busca del remedio; Guanyin revive el árbol con agua bendita
Sun Wukong visita las islas inmortales de Penglai, Fangzhang y Yingzhou en busca de un remedio para el árbol de ginseng, pero ningún inmortal lo tiene; finalmente Guanyin desciende y resucita el árbol con el rocío sagrado de su jarrón de jade.
Vivir en el mundo exige guardar la paciencia en el corazón; cultivar el espíritu es recordar que una pulgada de templanza lo vale todo. Dicen que en la hoja afilada se esconde la voluntad de vivir, pero hay que pensar tres veces antes de ceder a la ira y el engaño. Los sabios antiguos nunca disputaron y su nombre perduró por siglos; los santos atesoraron virtud y su luz guió las eras venideras. Quien es fuerte encontrará siempre a alguien más fuerte que él: al final todo se desvanece en el vacío y la negación.
El gran inmortal Zhenyuan extendió la mano y sujetó al Peregrino.
—Conozco tus poderes y tu fama corre por todos los cielos —le dijo—. Pero esta vez has traspasado todos los límites y aunque fueras capaz de sacudir el firmamento, no escaparías de mis manos. Podría llevar el pleito hasta el mismísimo Buda del Occidente, pero lo que me debes sigue siendo el árbol.
Sun Wukong sonrió con la despreocupación de quien ya tiene resuelta la partida.
—Vaya un hombre tan pequeño de miras, maestro. Si lo que quería era que resucitara el árbol, ¿por qué no lo dijo desde el principio? Así nos habríamos ahorrado tanta batalla.
—¿Y si lo hubiera dicho desde el principio, me habrías perdonado tan a las claras?
—Suelta a mi maestro —propuso Sun Wukong— y yo te devuelvo el árbol vivo. Trato hecho.
Zhenyuan sopesó las palabras. El mono no podía ir a ninguna parte; el árbol seguía tendido en la tierra. Dio la orden y los discípulos desataron a Tang Sanzang, a Zhu Bajie y a Sha Wujing.
Sha Wujing murmuró al maestro:
—No sé qué trampa estará urdiendo el hermano mayor.
—No hay trampa —rezongó Zhu Bajie—. Esto se llama «hacer el favor en persona para después largarse». El árbol está muerto, ¿cómo va a revivirlo? Se inventará una búsqueda y nos dejará aquí abandonados.
—Él nunca nos abandonaría —dijo Tang Sanzang, y alzó la voz—: Wukong, ¿a dónde irás a buscar el remedio?
—Los antiguos dicen que los remedios vienen del mar —respondió Sun Wukong—. Voy a recorrer las tres islas y los diez continentes de los inmortales para encontrar quien sepa devolver la vida a lo muerto. Regresaré en tres días.
Tang Sanzang frunció el ceño.
—Tres días, de acuerdo. Pero si en tres días no has vuelto, comenzaré a recitar el encantamiento.
—Entendido. Obedezco.
Sun Wukong se ajustó la falda de piel de tigre, saludó al gran inmortal con una reverencia informal —«Cuida bien de mi maestro, dales té tres veces al día y seis comidas, y si los veo adelgazados no respondo por tus cazuelas»— y de un solo brinco se lanzó sobre su nube de cartwheel hacia el mar Oriental.
Voló tan veloz como el relámpago, tan rápido como la estrella fugaz, y antes de que pudiera contarse llegó a Penglai, el paraíso de los inmortales del Este. Desde la altura, la isla resplandecía bajo terrazas de jade y arcos de nácar. Descendió entre los pinos perfumados y encontró, en la entrada de la Gruta de la Nube Blanca, a los Tres Astros sentados en torno a un tablero de ajedrez: el Inmortal de la Longevidad observaba la partida mientras la Estrella de la Fortuna y la Estrella de la Prosperidad movían las piezas con la calma de quien tiene todos los siglos por delante.
—¡Hermanos! —los saludó Sun Wukong—. Buenos días a los tres.
Los Tres Astros apartaron el tablero y le devolvieron el saludo.
—¿Qué te trae por aquí, Gran Sabio? Creíamos que estabas ocupado protegiendo al monje Tang en su camino al Occidente.
—Hay un pequeño contratiempo. —Y Sun Wukong les contó la historia del árbol de ginseng, sin omitir los detalles que no le favorecían.
Los tres inmortales se miraron con consternación.
—Pero si ese árbol es la raíz primera del mundo vegetal —dijo la Estrella de la Longevidad—. ¿Sabes que con olerlo se viven trescientos años? ¿Y que con comerlo uno se gana cuarenta y siete mil? Nosotros cultivamos nuestra inmortalidad a fuerza de años de práctica; Zhenyuan Zi la tiene por herencia natural. Y tú le has matado la raíz.
—Lo sé, lo sé —dijo Sun Wukong, sin que el tono denotara arrepentimiento excesivo—. Por eso vengo a buscar el remedio.
—No lo tenemos, Gran Sabio. Esos remedios sirven para los seres vivos del mundo ordinario, no para raíces inmortales anteriores al cielo.
Sun Wukong frunció el ceño y las arrugas se multiplicaron en su frente como ríos en un mapa. La Estrella de la Fortuna intervino:
—Que no lo tengamos nosotros no quiere decir que no exista. No te desanimes tan pronto.
—El problema —dijo Sun Wukong— es que el maestro Tang me ha dado tres días. Y tú sabes cómo se pone con el encantamiento.
Los tres inmortales rieron.
—Eso está bien —dijo la Estrella de la Longevidad—. Si no fuera por ese freno, ya habrías perforado otros siete u ocho cielos. Mira: nosotros iremos al Observatorio de las Cinco Regiones a hacerle compañía al monje y a pedirle que amplíe el plazo. Tú sigue buscando.
Sun Wukong agradeció el gesto y partió de Penglai rumbo a Fangzhang, la segunda isla. Allí encontró al Emperador del Este, acompañado de Dongfang Shuo, el inmortal pícaro que una vez había robado los melocotones del paraíso. El Emperador escuchó la historia con paciencia y al final negó con la cabeza:
—Tengo una píldora de nueve transformaciones que puede sanar a los seres de carne y hueso, pero para un árbol inmortal no sirve de nada. Esa raíz es anterior al cielo y la tierra; ningún remedio corriente puede tocarla.
Sun Wukong se despidió sin aceptar siquiera la copa de licor de jade que le ofrecieron y puso proa a Yingzhou, la tercera isla, donde los Nueve Ancianos bebían vino de coral y cantaban bajo los árboles de perlas. También ellos escucharon y también ellos se encogieron de hombros:
—No hay remedio, Gran Sabio. Lo sentimos.
Sun Wukong bebió de pie una copa de jugo celeste, mordió un pedazo de loto azul y partió sin más demora. Voló de vuelta al mar Oriental y al divisar a lo lejos las siluetas del monte Pótala y el bosque de bambú púrpura, un calor le subió al pecho. Descendió sobre las rocas del acantilado y encontró a Guanyin Bodhisattva enseñando el Dharma a los Guardianes Celestiales, a Muzha y a la doncella del dragón bajo la sombra de los bambúes.
El Guardián de la Montaña salió a recibirlo.
—¡Sun Wukong! ¿A dónde vas?
—Mira que eres atrevido, oso pardo —respondió Sun Wukong de buen humor—. ¿No recuerdas que fue el Viejo Sun quien te perdonó la vida en el monte del Viento Negro? Ahora sirves a la Bodhisattva y vives en este paraíso. Lo menos que puedes hacer es llamarme «señor».
El oso, que en efecto le debía la vida y ahora ejercía como guardián de honor en el Pótala, sonrió de mala gana:
—Los grandes hombres no guardan rencor por viejas ofensas. La Bodhisattva me ha pedido que te reciba.
Sun Wukong adoptó su postura más solemne y siguió al guardián hasta el claro donde Guanyin aguardaba sentada entre las nubes de incienso.
—Wukong —dijo la Bodhisattva—, ¿dónde está Tang Sanzang ahora?
—En la montaña Wanshou, en el Observatorio de las Cinco Regiones, señora. —Sun Wukong dobló una rodilla—. El discípulo, sin conocer a Zhenyuan Zi, el Ancestro de los Inmortales Terrenales, destruyó su árbol de ginseng por un momento de ira. El inmortal tiene retenido a mi maestro y no puede continuar el camino. He recorrido las tres islas buscando un remedio y nadie lo tiene. Vengo a ponerme en vuestras manos.
Guanyin lo miró con aquellos ojos que lo habían visto todo desde antes de que el mundo tuviera nombre.
—¿Por qué no viniste primero aquí en lugar de dar esa vuelta por las islas?
Sun Wukong sintió que algo se destensaba en su pecho.
—¿Significa eso que vuestra merced tiene el remedio?
—En el fondo de mi jarrón de jade —dijo Guanyin con sencillez— guardo agua bendita de rocío celeste. Esa agua puede revivir cualquier árbol sagrado o planta inmortal.
—¿Lo ha probado antes?
—Una vez el Gran Patriarca Laozi apostó conmigo a ver quién tenía más poder y arrancó la rama de sauce de mi jarrón, la metió en su horno de alquimia y la quemó hasta que quedó seca y carbonizada. Me la devolvió así, tan tiesa como un palo. La introduje en el jarrón y al cabo de un día y una noche estaba tan verde y viva como la primera vez.
Sun Wukong dio una palmada.
—¡Entonces no hay ningún problema! Si pudo revivirse una rama quemada en el horno del inmortal, revivir un árbol que solo ha sido arrancado de la tierra es cosa de nada.
Guanyin le encomendó a sus discípulos el cuidado del bosque de bambú y se levantó con el jarrón en la mano. El loro blanco voló delante entonando su canto de jade, Sun Wukong siguió detrás, y así regresaron al Observatorio de las Cinco Regiones.
Cuando la nube de Guanyin apareció en el horizonte, Sun Wukong adelantó a toda velocidad y aterrizó en el patio gritando:
—¡La Bodhisattva viene! ¡Salid a recibirla!
Zhenyuan Zi, los Tres Astros y Tang Sanzang salieron juntos al portal de la sala principal. Tang Sanzang se postró en tierra, Zhu Bajie y Sha Wujing lo imitaron. El gran inmortal fue al encuentro de Guanyin con la cortesía de quien recibe a una igual en categoría sagrada. La Bodhisattva hizo los saludos de rigor, repartió dones de palabras amables y luego fue directamente al huerto.
El árbol de ginseng seguía tendido en tierra, las raíces al aire, las hojas secas y amarillas, el tronco sin una gota de vida. Guanyin ordenó a Sun Wukong que extendiera la mano izquierda, mojó la rama de sauce en el agua del jarrón y trazó sobre la palma del Peregrino el signo que despierta lo muerto. Luego le dijo que colocara la mano bajo las raíces y esperara hasta que brotara agua.
Sun Wukong apretó el puño y lo hundió bajo las raíces. En un instante manó un manantial transparente.
—Ese agua no puede tocarse con ningún recipiente de los cinco elementos —advirtió Guanyin—. Traed cucharas de jade para sacarla y regad el árbol desde las raíces hasta la copa.
El gran inmortal mandó buscar cuencos y tazas de jade. Los discípulos los alinearon en fila, los llenaron del manantial sagrado, y Sun Wukong, Zhu Bajie y Sha Wujing levantaron el árbol entre los tres, lo plantaron derecho en su lugar y apisonaron la tierra alrededor del tronco. Guanyin fue pasando los cuencos uno por uno, rociando el árbol con la rama de sauce mientras recitaba los sutras en voz baja.
El cambio fue tan lento como la salida del sol y tan irrevocable. Las raíces se apretaron contra la tierra. La corteza perdió su grisura. Por las ramas corrió algo parecido a una respiración. Las hojas volvieron, verdes y brillantes. Y entre el follaje, como farolillos de oro encendidos uno a uno, aparecieron los frutos.
Qingfeng y Mingyue los contaron dos veces con ojos muy abiertos.
—Antes de que los perdiéramos, eran veintidós —dijo Qingfeng—. Ahora hay veintitrés.
—Siempre fueron veintitrés —dijo Sun Wukong—. Yo solo tomé tres. El cuarto cayó al suelo y el Dios de la Tierra me explicó que estos frutos se funden con la tierra en cuanto la tocan. Zhu Bajie insistió en que yo lo había escondido, y así ha estado la confusión hasta hoy.
Guanyin sonrió apenas y dijo:
—Por eso os pedí que no usarais recipientes de los cinco elementos: este fruto teme al metal, la madera, el agua, el fuego y la tierra. Habría desaparecido en cualquier vasija ordinaria.
El gran inmortal estaba radiante. Mandó cortar diez frutos con el mazo de oro y organizó en la sala principal un banquete al que llamó la Reunión del Ginseng. Guanyin ocupó el asiento de honor, los Tres Astros se sentaron a la izquierda, Tang Sanzang a la derecha, Zhenyuan Zi presidió la mesa frente a los demás. Cada uno comió un fruto. Los discípulos del observatorio compartieron el que quedaba.
En la antigua caverna del monte Wanshou, el ginseng tarda nueve mil años en madurar. La raíz sagrada mostró sus brotes rotos y el rocío bendito le devolvió hojas y frutos. Los tres ancianos se reencontraron con viejos conocidos; los cuatro monjes hallaron en ello su destino anterior. Desde hoy, quien pruebe el fruto de ginseng será inmortal para siempre, sin principio ni fin.
Cuando el banquete terminó, Sun Wukong acompañó a Guanyin de regreso al Pótala y luego escoltó a los Tres Astros hasta Penglai. Al volver al Observatorio de las Cinco Regiones, Zhenyuan Zi dispuso vino y viandas sencillas y le propuso lo que llevaba días queriendo proponerle:
—Gran Sabio, lo que empezó como una disputa acaba hoy como algo mejor. Seamos hermanos juramentados.
No en vano se dice que de la pelea nace el reconocimiento. Los dos hicieron los ritos del juramento, y aquella noche durmieron bajo el mismo techo como hermanos de sangre nueva.
Tang Sanzang, que había estado esperando con la paciencia de quien ya ha aprendido que el camino siempre se resuelve, durmió esa noche con el corazón tranquilo.
Con méritos de vida se come la hierba inmortal; la longevidad se gana a fuerza de sobrevivir a los demonios.