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Capítulo 99: El número nueve al cuadrado se completa y los demonios cesan; las tres veces tres se cumplen y el Tao retorna a su origen

La tortuga blanca cruza a los peregrinos de vuelta al este pero los arroja al agua al recordar una promesa incumplida; los sutras mojados se secan sobre las rocas del río Celestial; la nonagésimo primera tribulación completa el ciclo sagrado de ochenta y una pruebas.

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El número nueve al cuadrado se completa y los demonios cesan; las tres veces tres se cumplen y el Tao retorna a su origen

Mientras los ocho Guardianes Dorados llevaban a los cuatro peregrinos de vuelta al este por las nubes, la Bodhisattva Guanyin revisaba en su palacio el libro de tribulaciones que los dioses guardianes habían llevado durante los catorce años del viaje. El libro enumeraba ochenta tribulaciones con detalle preciso: la primera vida del Buda Crisálida de Oro reencarnada como Tang Sanzang, el abandono del bebé en el río, la búsqueda del padre asesino, el encuentro con el tigre a la salida de la ciudad, la caída al barranco, la doble montaña, el dragón que devora al caballo, el incendio nocturno, la pérdida del manto, la recogida de Zhu Bajie, el viento del demonio amarillo, el río de arena, la recogida de Sha Wujing...

La lista llegaba hasta la ochenta: el vado de las Nubes Flotantes donde Tang Sanzang se desprendió de su cuerpo mortal.

La Bodhisattva contó las tribulaciones.

—Ochenta —dijo—. Faltan nueve más nueve: el número sagrado del budismo exige que sean ochenta y una.

Envió un mensajero inmediatamente a alcanzar a los Guardianes Dorados. El mensaje que le transmitió al capitán fue breve: debía añadirse una tribulación más antes de que los peregrinos llegaran al Este.

El capitán de los Guardianes Dorados escuchó la instrucción con la serenidad de quien cumple órdenes que no puede discutir. Con un gesto, retiró el viento que sostenía la nube, y los cuatro peregrinos, el caballo blanco y todos los fardos de sutras cayeron desde el cielo.

Aterrizaron en tierra sin hacerse daño. Tang Sanzang miró alrededor con el corazón acelerado. Reconoció el paisaje: el brillo del agua, el sonido de la corriente, los álamos en la orilla. Era el Río Celestial.

—¿Cuánto falta para el otro lado? —preguntó.

Sun Wukong miró el río con sus ojos de fuego.

—Esta es la orilla oeste —dijo—. La aldea de los Chen está al este.

Zhu Bajie protestó ruidosamente sobre la ineficiencia de los Guardianes Dorados. Sha Wujing señaló que probablemente había una razón. Sun Wukong sonrió con la mitad de la boca sin explicar nada: sabía perfectamente por qué habían sido dejados en esa orilla.

En ese momento, desde el agua, emergió la enorme cabeza blanca de la tortuga que los había cruzado al oeste tantos años atrás.

—¡Maestro Tang! ¡He esperado todos estos años a que regresarais!

Los cuatro peregrinos, aliviados, saludaron a la tortuga con genuino afecto. La tortuga subió a la orilla y se ofreció para cruzarlos. Subieron todos: Tang Sanzang a un lado del cuello, Sun Wukong al otro, Zhu Bajie en la cola, Sha Wujing sosteniendo la rienda del caballo blanco que avanzaba sobre el lomo de la tortuga como si fuera tierra firme.

La travesía transcurrió con tranquilidad durante varias horas. El sol comenzaba a declinar sobre las colinas del este cuando la tortuga, a punto de llegar a la orilla opuesta, levantó la cabeza y dijo:

—Maestro, cuando partisteis al oeste, me prometisteis preguntar al Buda cuántos años de vida me quedan. ¿Lo hicisteis?

Tang Sanzang abrió la boca para responder, y en ese momento recordó: no lo había hecho. En los momentos de la audiencia ante el Buda, con la emoción de haber llegado después de catorce años, con la crisis de los sutras en blanco y la segunda audiencia para recibir los textos verdaderos, había olvidado por completo la petición de la tortuga.

Un hombre honesto no puede mentir en el momento en que su honestidad cuesta más. Tang Sanzang guardó silencio.

La tortuga entendió ese silencio como la respuesta que era. Con un movimiento súbito y enérgico, se sacudió y se hundió en las aguas del río. Los cuatro peregrinos, el caballo y todos los fardos de sutras cayeron al agua.

La tribulación ochenta y una había llegado.

Tang Sanzang, que ya había dejado atrás su cuerpo mortal en el Vado de las Nubes Flotantes, flotó sin ahogarse. El caballo blanco, que era en realidad el príncipe dragón del Mar del Oeste, nadó con facilidad. Zhu Bajie y Sha Wujing, que habían vivido muchos años en el agua antes de convertirse en discípulos, nadaron sin esfuerzo. Sun Wukong usó su vara para ayudar al maestro a llegar a la orilla.

Los fardos de sutras estaban empapados. Lo que los demonios no habían podido robar durante la tormenta de la noche anterior ahora estaba mojado por el agua del río.

Pero no arruinado. Tang Sanzang los extendió uno por uno sobre las piedras planas de la orilla, y el sol de la tarde y el viento del río comenzaron a secarlos lentamente. Mientras tanto, una tormenta de viento, truenos, relámpagos y niebla que llegó durante la noche intentó llevarse los volúmenes. Sun Wukong giró su vara como una rueda de fuego alrededor de los libros durante toda la noche, protegiéndolos con la energía pura del yang, y cuando el alba llegó la tormenta cesó.

Un cuerpo de yang puro se alegra al girar hacia el sol, los demonios de yin no se atreven a mostrar su fuerza. Sabed que el agua tiene poder sobre los sutras verdaderos, pero no les teme al trueno ni al relámpago ni a la niebla. Desde este momento la calma regresa a la conciencia correcta, desde ahora la paz lleva hasta el país de los inmortales. Las huellas en la piedra de secar los sutras permanecen, y ningún demonio llegará jamás a ese lugar.

Por la mañana, al examinar los volúmenes, descubrieron que varios folios del Sutra de los Actos del Buda se habían pegado a las piedras y al desprenderse habían perdido algunas páginas. Tang Sanzang se lamentó de la pérdida. Sun Wukong lo calmó señalando que el cielo y la tierra no son perfectos, y que una escritura que reflejara esa imperfección era quizás más verdadera que una que pretendiera la perfección que no existe.

Unos pescadores que pasaban por la orilla los reconocieron: eran hombres de la aldea de los Chen. Corrieron a avisar a los ancianos del clan, y en poco tiempo llegó Chen Cheng con sus arrendatarios y sirvientes, inclinándose y preguntando por qué los grandes maestros estaban secando textos sagrados en las piedras del río en lugar de descansar en la aldea.

Tang Sanzang explicó brevemente el episodio de la tortuga. Chen Cheng insistió en que los acompañaran a la aldea, y Tang Sanzang, viendo que los sutras ya estaban casi secos, aceptó.

En la aldea de los Chen, los peregrinos fueron recibidos con la hospitalidad que se guarda para quienes han salvado vidas. Chen Cheng había construido en aquellos años un templo en honor a los cuatro viajeros, con estatuas de los cuatro en el altar principal, fondos de incienso y dos guardianes de madera pintada custodiando la puerta. La cosecha había sido abundante todos los años desde que los peregrinos habían pasado la primera vez.

Los hijos que habían sido salvados del sacrificio a la tortuga —Chen Guanbao y Yi Chengjin— vinieron a arrodillarse ante Tang Sanzang con la gratitud de adultos que recuerdan haber estado a punto de morir de niños.

Las familias de la aldea organizaron un banquete tras otro. Zhu Bajie, que ya no tenía el mismo apetito que antes —quizás algo había cambiado en su naturaleza desde el Vado de las Nubes Flotantes—, comió con moderación pero comió. Sun Wukong nunca había comido mucho y no empezó ahora. Sha Wujing meditaba entre plato y plato. Tang Sanzang apenas probó bocado, satisfecho todavía con la comida celestial de la Sala de los Tesoros.

A medianoche, cuando la aldea dormía, Tang Sanzang reunió a sus discípulos en voz baja.

—Llegamos a donde queríamos llegar. El camino de vuelta aún tiene distancia. El hombre verdadero no anuncia su partida.

Recogieron los sutras en silencio, cargaron los fardos en el caballo blanco, y Sun Wukong abrió la puerta del templo con un hechizo sin hacer ruido. Salieron a la oscuridad del camino del este con la misma discreción con que habían salido de la aldea de los Chen en la otra dirección, catorce años atrás.

Desde el cielo, la voz de los ocho Guardianes Dorados descendió sobre ellos.

—Los que corren, seguidnos.

Un viento fragante los envolvió y los levantó del suelo. El camino del este se abría ante ellos, ahora desde el cielo, como un río de estrellas que conducía de vuelta a casa.