Capítulo 98: El simio maduro y el caballo domado se liberan de la cáscara mortal; cumplida la misión, contemplan al Buda verdadero
Los peregrinos llegan a la Montaña del Espíritu y ascienden a la Gran Sala del Trueno; el Buda Shakyamuni les entrega los sutras, primero en blanco y luego con texto; las ocho páginas doradas se transmiten al Este mientras los peregrinos inician el regreso.
El simio maduro y el caballo domado se liberan de la cáscara mortal; cumplida la misión, contemplan al Buda verdadero
Seis o siete días de caminata después de dejar la ciudad del benefactor Kou resucitado, el paisaje fue cambiando de manera gradual pero inconfundible. Los árboles crecían más altos y más silenciosos, las flores de los senderos tenían colores que no existían en el mundo ordinario, y en cada aldea que cruzaban encontraban monjes rezando en los umbrales y familias con incensarios encendidos en las puertas. El territorio del Buda tenía una calidad diferente del aire.
En medio de un bosque de pinos plateados apareció la fachada de un templo-observatorio con torres que se perdían en la neblina. Un joven sacerdote taoísta de apariencia brillante estaba recostado contra la puerta de montaña como si los hubiera estado esperando. Cuando se acercaron, el joven los saludó por su nombre.
—¿No sois el monje sagrado que viene del Este?
Sun Wukong reconoció al Inmortal de la Cumbre Dorada, guardián de la Observatorio de Jade Verdadero al pie de la Montaña del Espíritu, que había recibido órdenes de la Bodhisattva Guanyin de dar la bienvenida a los peregrinos diez años antes.
—La Bodhisattva me dijo que llegaríais en dos o tres años —dijo el Inmortal con una sonrisa que no era de reproche—. Han pasado catorce.
—Los demonios no leen calendarios —respondió Sun Wukong.
El Inmortal recibió a los cuatro en el Observatorio de Jade Verdadero, les sirvió una cena celestial y les preparó baños con agua de hierbas aromáticas para que llegaran purificados a la montaña sagrada. Tang Sanzang se bañó y cambió sus ropajes de viaje por el manto bordado y el sombrero de birrete que había preservado desde Chang'an. Cuando salió vestido de nuevo, el Inmortal lo miró con aprobación.
—Ayer llegasteis con ropas ajadas y polvorientas. Hoy llegáis como lo que sois.
A la mañana siguiente, el Inmortal acompañó a los cuatro peregrinos hasta el comienzo del sendero verdadero de Lingshan y señaló hacia arriba, donde entre capas de niebla dorada y roja se distinguían las formas de una cima que pertenecía ya a otro orden de la realidad.
—Desde aquí caminad vosotros solos —dijo el Inmortal—. El camino de las nubes es para los que ya son divinos. El camino de tierra es para los que están en proceso de serlo.
No habían andado más de cinco li cuando el camino llegó a un borde de agua. Un río de anchura imposible —ocho o nueve li de orilla a orilla— cruzaba el camino con olas que no eran las olas de ningún río normal sino algo más antiguo y más profundo. Tang Sanzang se detuvo al borde del agua con el corazón acelerado.
—¿Nos hemos equivocado de camino? No hay barca, no hay puente...
—Hay un puente —dijo Sun Wukong señalando.
A un lado del vado había una tabla colgada con tres caracteres: Vado de las Nubes Flotantes. Y el puente era un solo tronco de madera, tan fino y liso como el brazo de una persona, tendido sobre las aguas turbulentas.
Zhu Bajie se postró en el suelo.
—Yo no paso por ahí aunque me cueste la iluminación.
—Mirad —dijo Sun Wukong, y cruzó el tronco de un extremo al otro con paso firme y ligero como si fuera una acera ancha, llegó al otro lado y saludó agitando la mano.
Tang Sanzang movió la cabeza negativamente. Zhu Bajie se mordía los dedos. Sha Wujing miraba el agua con cara de quien calcula olas. En ese momento, desde el cauce del río, llegó el sonido de una barca que se acercaba. En la barca había un hombre que remaba de pie.
—¡Arriba, que os paso! ¡Arriba!
Tang Sanzang miró la barca y notó que no tenía fondo: solo madera en los bordes, sin tablones en la base, como un marco vacío que flotaba sobre el agua por razones que no eran de carpintería. El barquero era el Buda Receptor, también conocido como el Buda del Báculo Luminoso.
Sun Wukong reconoció al Buda inmediatamente pero guardó silencio. Llamó a la barca para que se acercara a la orilla.
—¿Cómo voy a subir a una barca sin fondo? —protestó Tang Sanzang—. Me caería al agua.
—Esta barca —respondió el barquero con calma— lleva desde el principio de los tiempos cruzando a los viajeros. Ha sobrevivido tormentas que habrían hundido cualquier embarcación de madera ordinaria. No tiene fondo porque no lo necesita.
Sun Wukong tomó a Tang Sanzang del brazo y lo empujó suavemente hacia la barca. El maestro pisó el borde sin tablones y resbaló hacia el agua, pero la mano del barquero lo sujetó antes de que cayera. Tang Sanzang se encontró de pie en la barca, atónito de no estar mojado, mirando sus propios pies como si esperara ver el río debajo.
Los demás subieron sin problemas. La barca cruzó el vado con una suavidad que contrastaba con la violencia de las aguas. A mitad de camino, el barquero señaló hacia el río.
—Mirad.
Había un cuerpo flotando en el agua, llevado suavemente por la corriente.
—¡Un muerto! —exclamó Tang Sanzang.
—Ese sois vos, maestro —dijo Sun Wukong.
—Ese eres tú —confirmó Zhu Bajie.
—Ese eres tú —añadió Sha Wujing.
El barquero remó en silencio y repitió:
—Ese eres tú. Felicidades.
Tang Sanzang miró el cuerpo que flotaba en el río con la calma de alguien que contempla algo que ya no le pertenece. Era él, o lo que había sido él: el envoltorio de carne y hueso que había cargado durante cuarenta y cinco años, que había escalado montañas y cruzado desiertos, que había tiritado de frío en las noches de la montaña y sudado bajo el sol del verano. El cuerpo que se alejaba por el río parecía en paz.
Desprendido del cuerpo de carne y hueso, el espíritu verdadero se une a sus afines. Hoy, cumplida la travesía, nace el Buda: lavados los treinta y seis granos de polvo de los sentidos.
La barca llegó a la orilla opuesta. Tang Sanzang saltó a tierra con una ligereza que no había tenido en décadas. Los cuatro peregrinos miraron hacia atrás: la barca había desaparecido.
El sendero ascendente hacia la Gran Sala del Trueno comenzó entre pinos azules y bambúes de jade, con ciervos blancos y grullas que no se asustaban de los viajeros. Monjes y devotos laicos de ambos sexos que vivían en los claustros de la montaña los saludaban con las palmas juntas mientras pasaban.
En la puerta de la Gran Sala del Trueno, cuatro Guardianes Dorados los recibieron y los hicieron esperar mientras pasaban el mensaje capa a capa hasta llegar al Buda Shakyamuni en el trono del loto. El Buda recibió la noticia con una expresión que era la iluminación misma: serena, luminosa, infinita.
—El monje sagrado de la Gran Tang ha llegado.
Tang Sanzang entró con sus tres discípulos en la Gran Sala, que era más grande por dentro que cualquier edificio que hubiera visto antes, con columnas que se perdían en una altura insondable y un trono de loto que despedía luz propia. Se postró tres veces y presentó el pasaporte imperial sellado por veinte reinos a lo largo de catorce años.
El Buda leyó el documento con calma y se lo devolvió. Luego explicó que el este, el territorio de la Gran Tang, estaba lleno de personas que necesitaban las enseñanzas de los tres tesoros del dharma: los sutras sobre el cielo, los tratados sobre la tierra y las escrituras para guiar a los muertos. Treinta y cinco colecciones, más de quince mil volúmenes.
—Os daré todos los que podáis llevar —dijo el Buda, y mandó a sus dos guardianes Ananda y Kasyapa llevar a los cuatro a la Sala de los Tesoros a comer.
La cena en la Sala de los Tesoros era la más extraordinaria que habían tenido en catorce años de viaje: frutas que no existían en el mundo ordinario, tés que tenían la textura del silencio, pasteles que sabían a lo que la mente invocaba en ese momento. Zhu Bajie comió con el aplomo sereno de quien al fin se siente en su lugar.
Después de la cena, Ananda y Kasyapa llevaron a los cuatro a la sala donde estaban los volúmenes. Los estantes llegaban hasta el techo, cada caja sellada con una etiqueta de papel rojo que indicaba el título en caligrafía de pincel fino. Los guardianes fueron sacando colección tras colección, apilandolas ordenadamente.
En ese momento, con discreción de quien pide algo que considera su derecho, Ananda se inclinó hacia Tang Sanzang.
—¿Habéis traído algún obsequio para nosotros?
Tang Sanzang respondió con honestidad que el largo camino no le había dejado llevar nada de valor. Ananda y Kasyapa intercambiaron una mirada y empaquetaron los volúmenes sin hacer más comentarios.
En el camino de bajada, Sun Wukong notó que el paquete de los sutras emanaba luz pero no el calor habitual que acompaña a los textos sagrados. A mitad de descenso, un viento poderoso llegó de ninguna parte y arrebató el paquete completo del lomo del caballo blanco. Los cuatro corrieron a recoger los volúmenes que caían dispersos sobre la ladera, y cuando los recogieron y los abrieron, encontraron páginas en blanco.
Tang Sanzang palideció.
—Páginas en blanco. Hemos venido catorce años para llevar a casa páginas en blanco.
Sun Wukong, que ya intuía lo que había ocurrido, explicó a sus compañeros lo que era evidente: Ananda y Kasyapa, al no recibir ningún regalo, habían empaquetado la versión sin texto de los sutras. En el dharma no existen gestos de cortesía vacíos: si alguien transmite algo sin nada a cambio, transmite el vacío.
Los cuatro subieron de vuelta a la Gran Sala del Trueno. Sun Wukong anunció el problema con la franqueza que lo caracterizaba. El Buda escuchó con una sonrisa sin reproche.
—No hay transmisión sin reciprocidad —dijo—. Tampoco hay transmisión válida del vacío a quienes aún no pueden recibirlo. Mandad que Ananda y Kasyapa entreguen los textos con caracteres. Y Tang Sanzang, ¿tenéis algo que ofrecer?
Tang Sanzang recordó el cuenco de piedra que el Emperador Taizong le había dado al partir de Chang'an como salvoconducto para pedir comida en las posadas del camino. Lo sacó y lo entregó con las dos manos.
Ananda lo tomó y los dos guardianes desaparecieron en la Sala de los Tesoros. Volvieron con cinco mil cuarenta y ocho volúmenes, uno por cada día de los catorce años del viaje. Esta vez las páginas estaban llenas de caracteres que brillaban con luz propia.
Tang Sanzang y sus discípulos cargaron los volúmenes, se postraron ante el Buda en tres genuflexiones, y recibieron la instrucción final: los ocho Guardianes Dorados los escoltarían de vuelta al este en ocho días, el tiempo exacto para completar el ciclo de cinco mil y cuarenta y ocho días que era la duración sagrada de la misión.
En el momento en que los cuatro peregrinos cruzaban la puerta de la Gran Sala del Trueno de regreso al mundo, el Buda se volvió hacia la Bodhisattva Guanyin, que había permanecido a un lado observando todo con la serenidad de quien ve cumplirse exactamente lo que planeó.
—Diez años —dijo el Buda—. Dijiste que llegarían en dos o tres.
—La misericordia no controla el tiempo —respondió la Bodhisattva—. Solo establece la dirección.
Los cuatro Guardianes Dorados desplegaron sus nubes bajo los pies de los peregrinos, y en un instante la Montaña del Espíritu quedó atrás mientras volaban hacia el este con el peso de los sutras y la ligereza de quien ya no tiene nada que temer.