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Capítulo 97: Sun Wukong rescata el espíritu de Kou del inframundo y la verdad aclara la injusticia

Los peregrinos son encarcelados injustamente por el asesinato del benefactor Kou; Sun Wukong visita el inframundo para traer de vuelta el espíritu de Kou, quien regresa a la vida para atestiguar la verdad y liberar a los peregrinos.

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Sun Wukong rescata el espíritu de Kou del inframundo y la verdad aclara la injusticia

La banda de ladrones que había asaltado la casa del benefactor Kou esa misma noche de lluvia había huido hacia el oeste por el mismo camino que los peregrinos. Al alba los encontraron en un barranco contando el botín, y la tentación de asaltar también a los cuatro viajeros resultó irresistible. Los ladrones salieron al camino bloqueando el paso y exigiendo dinero.

Sun Wukong se acercó con expresión afable, reconoció a los ladrones como un grupo sin experiencia que actuaba por primera vez, y los inmovilizó con un hechizo de detención que les paralizó el cuerpo sin silenciarlos. Cuando Tang Sanzang escuchó que el botín que llevaban era de la casa del benefactor Kou, tomó la decisión inmediata de devolverlo.

—Nos alojó durante dos semanas con generosidad ilimitada —dijo el maestro—. Lo mínimo que podemos hacer es devolver lo que le han robado.

Recogieron todo el oro, la plata y los ornamentos, los cargaron en el caballo blanco, y marcharon de vuelta hacia la ciudad. Lo que ninguno previó era que el ejército del prefecto, enviado a capturar a los supuestos culpables del asalto, los encontraría caminando de vuelta con el botín en manos.

La madre de los hijos del benefactor Kou, que había visto el asalto desde debajo de la cama y en su terror confundió a los peregrinos con los ladrones, había denunciado a Tang Sanzang y sus discípulos con nombres y descripciones. La denuncia decía: Tang Sanzang prendió las antorchas, Zhu Bajie gritó las órdenes de matar, Sha Wujing cargó el oro y la plata, Sun Wukong fue quien mató a golpes al anciano Kou.

Los soldados rodearon a los cuatro peregrinos, los ataron con cuerdas a pesar de que llevaban encima los objetos robados con manifiesta intención de devolverlos, los pusieron en portadores de madera y los llevaron a la prefectura. El prefecto, que era un hombre recto pero que esa mañana tenía prisa por recibir a un superior venido de la capital, ordenó que los encerraran en la cárcel hasta que pudiera ocuparse del caso con calma.

En la celda, Tang Sanzang lloraba en silencio. Zhu Bajie murmuraba quejas al universo. Sha Wujing meditaba estoicamente. Sun Wukong sonreía.

—Maestro, esta es vuestra tribulación de esta etapa del camino —dijo Sun Wukong—. El destino ha decidido que paséis esta noche en la cárcel. Dejad que ocurra.

Los carceleros intentaron ponerle a Sun Wukong un lazo de apriete en la cabeza, pero el lazo se rompió tres veces seguidas sin dejar marca. Irritados, lo empujaron dentro y cerraron la puerta.

Pasada la medianoche, cuando todos los presos dormían y los carceleros roncaban, Sun Wukong se redujo al tamaño de un insecto, se escurrió por las ranuras del techo de tejas y salió a la noche estrellada.

En forma de pequeño grillo volador, primero fue a la casa del benefactor Kou. En el velatorio, la familia lloraba sobre el ataúd. Sun Wukong se posó sobre la madera de la tapa y tosió con la voz del difunto. El terror que se desató en la habitación fue considerable. Los hijos se postraron. La señora Kou, con más sangre fría que nadie, se acercó al ataúd temblando.

—¿Eres tú, marido?

—No estoy vivo —respondió la voz del difunto que era Sun Wukong—. El rey del inframundo me manda para deciros que la señora mintió al denunciar a los cuatro monjes. Su nombre en el inframundo quedará manchado por haber enviado a hombres inocentes a la cárcel. Los dioses guardianes de la cárcel ya han protestado ante el rey del inframundo. Si los monjes no son liberados antes del amanecer, toda la familia sufrirá las consecuencias.

La señora Kou, que en el fondo sabía perfectamente que había mentido, se derrumbó en el suelo prometiendo ir a la prefectura al alba a retirar la denuncia.

Sun Wukong voló entonces a la residencia del prefecto. En el salón principal había un cuadro de un oficial montado en un caballo moteado, con escuderos y parasol, que resultó ser el retrato del tío abuelo del prefecto, venerado como antepasado tutelar. Sun Wukong se posó en el marco del cuadro y carraspeó con voz de anciano digno. El prefecto, que estaba levantándose temprano para sus oraciones matinales, salió de su habitación y se encontró con la voz del antepasado diciéndole que había enviado a la cárcel a cuatro monjes santos sin investigar los hechos.

—Los carceleros ya están siendo anotados en los registros infernales —advirtió la voz—. Si no los liberas antes de que salga el sol, la consecuencia vendrá por otra vía.

El prefecto, pálido, prometió liberar a los presos al amanecer.

Sun Wukong voló hasta el condado vecino, adoptó una forma gigantesca en el cielo, asomó una pierna de dimensiones colosales que cubrió la mitad del patio del tribunal y anunció con voz de trueno que si los cuatro monjes santos no eran liberados inmediatamente, aplastaría primero a todos los funcionarios y luego a toda la ciudad. Los magistrados del condado se prosternaron en masa prometiendo hablar con el prefecto.

Satisfecho, Sun Wukong regresó a la cárcel y se durmió en su catre.

Por la mañana, cuando el prefecto abrió el tribunal, llegaron al mismo tiempo los hijos del benefactor Kou retirando la denuncia, los magistrados del condado con sus advertencias sobre la cólera divina, y la noticia de que un mensajero del cielo había visitado la casa del difunto. El prefecto, convencido de que la situación trascendía su jurisdicción ordinaria, ordenó liberar a los presos.

Tang Sanzang y sus discípulos comparecieron ante el tribunal sin someterse a ninguna reverencia: eran ellos quienes habían resultado agraviados, no el tribunal. Sun Wukong exigió la devolución inmediata del caballo blanco y todos los equipajes, amenazando con represalias si faltaba un solo objeto. El prefecto, los magistrados y todos los funcionarios presentes obedecieron sin chistar.

Pero Tang Sanzang quiso ir más lejos. Propuso visitar la casa del difunto Kou para que quedaran claros los hechos ante todos, y añadió con naturalidad que Sun Wukong podría traer de vuelta al difunto para que testificara en persona.

—¿Traer al muerto de vuelta? —repitió el prefecto.

—Es lo que hace —respondió Zhu Bajie sin fanfarronería, con el tono de quien habla de algo cotidiano.

Sun Wukong se elevó en el cielo ante los ojos de todo el tribunal y las calles cercanas. Cruzó el umbral del inframundo sin necesidad de invitación: los Diez Reyes del Infierno lo recibieron con sus mejores deferencias, acostumbrados ya a sus visitas. Sun Wukong preguntó por el espíritu de Kou Feng, el benefactor de sesenta y cuatro años que había muerto de una patada la noche anterior.

Le dijeron que el espíritu de Kou había sido recibido por el Bodhisattva Dizang, señor del inframundo, quien lo tenía como asistente en el registro de las buenas acciones. Sun Wukong fue al Palacio de las Nubes de Jade, donde Dizang lo recibió con la misma cortesía de siempre.

—Ese hombre fue muy generoso en vida —dijo Dizang—. Lo tengo empleado aquí como archivero de los registros de méritos. Si lo necesitas de vuelta, puedo devolverle doce años más de vida terrena.

Sun Wukong agradeció la generosidad, recogió el espíritu de Kou en su manga como si fuera un soplo de viento tibio, y regresó al mundo de los vivos con la velocidad de su nube. En la sala funeraria de la casa Kou, donde todavía estaba reunida la familia alrededor del ataúd, Zhu Bajie quitó la tapa de madera con un solo movimiento. Sun Wukong sopló el espíritu hacia el interior del cuerpo.

Un minuto de silencio. Luego el pecho del difunto se movió. Kou Feng abrió los ojos, miró el techo de su propia sala funeraria, y se incorporó lentamente sobre los cojines del ataúd.

—Maestro —dijo mirando a Tang Sanzang—, me han salvado de la muerte. Esta deuda no tiene medida.

Ante el prefecto, los magistrados, la familia y los vecinos que se habían agolpado en la casa, el resucitado contó exactamente lo que había ocurrido: los ladrones desconocidos habían entrado con antorchas y palos, habían abierto todos los cofres, y uno de ellos lo había matado de una patada cuando intentó interceder. Los cuatro monjes no tuvieron nada que ver.

La señora Kou no levantó los ojos del suelo en todo el tiempo que duró el relato.

El prefecto pronunció el veredicto en voz alta reconociendo que el error había sido suyo, ofreció sus disculpas formales a Tang Sanzang, y ordenó que se levantara un nuevo banquete de despedida. Kou Feng, todavía algo aturdido por su reciente experiencia de regresar a la vida, organizó de nuevo la procesión de banderas y músicos para acompañar a los peregrinos fuera de la ciudad.

Esta vez Tang Sanzang no aceptó ningún retraso. Al cabo de los discursos y las reverencias, los cuatro peregrinos pusieron el camino del oeste entre ellos y la ciudad, y no miraron atrás.