Capítulo 96: El benefactor Kou recibe con alegría a los monjes sagrados y Tang Sanzang rechaza las riquezas del mundo
Los peregrinos son recibidos por el generoso Kou, un filántropo que ha alimentado a miles de monjes; tras el banquete de despedida, una noche de lluvia los sorprende en un templo en ruinas, y ladrones atacan la casa de Kou y los culpan a ellos.
El benefactor Kou recibe con alegría a los monjes sagrados y Tang Sanzang rechaza las riquezas del mundo
La primavera se había convertido en verano sin que los peregrinos lo notaran demasiado, ocupados como estaban en seguir el camino del oeste. El aroma de los melocotones maduros reemplazó al de los cerezos en flor, los arroyos de montaña bajaban más llenos y ruidosos, y los campos de trigo ondulaban dorados a ambos lados del camino. Media hora después de cruzar las puertas de una ciudad nueva, los cuatro se detuvieron en una calle principal donde dos ancianos conversaban bajo un pórtico.
Tang Sanzang dejó a sus discípulos en el centro de la calle con instrucciones de mantener la cabeza baja y no asustar a nadie, y él solo se acercó a los ancianos para pedir orientación.
—¿Alguna familia de esta ciudad acepta alojar a monjes peregrinos? —preguntó.
—En la calle mayor, la puerta con forma de tigre en relieve —respondió uno de los ancianos sin interrumpir su conversación—. Casa del benefactor Kou. En la puerta tiene una tablilla que dice "Diez mil monjes bienvenidos". Llegad, que él no os rechazará.
Encontraron la casa sin dificultad: un portón imponente con la tablilla de madera lacada negra donde se leían en caracteres dorados las cuatro palabras prometidas. Zhu Bajie quiso entrar directamente, pero Sun Wukong lo detuvo señalando que era mejor esperar a que alguien saliera para no causar alarma.
Un criado salió con una balanza y una cesta de la compra. Al ver a los cuatro peregrinos soltó ambas cosas y corrió adentro a gritar que había extraños en la puerta. El señor Kou, un hombre de sesenta y cuatro años apoyado en un bastón de madera, salió sin esperar más. Vio al grupo, y en lugar de retroceder avanzó con una sonrisa que conocía bien el aspecto poco convencional de los hombres de fe.
—¡Entrad, entrad! —exclamó.
Los condujo a través de un pasillo hasta una suite de habitaciones dedicadas a los visitantes religiosos: una sala de oración, una biblioteca de sutras, un comedor. El señor Kou los escuchó con creciente emoción mientras Tang Sanzang explicaba su misión.
—Vosotros cuatro —dijo el señor Kou con voz emocionada— sois los que yo llevaba veinte y cuatro años esperando. Hace tiempo me prometí alimentar a diez mil monjes en mi vida para ganarme méritos espirituales. Esta mañana llevaba contados nueve mil novecientos noventa y seis. Sois los cuatro que completan el número. Os pido que os quedéis al menos un mes, que yo mismo organizaré una ceremonia de culminación y luego os acompañaré con carruajes y caballos hasta donde el camino de Lingshan comience.
Tang Sanzang, conmovido por la sinceridad del hombre, aceptó por unos días. La señora Kou vino a conocerlos, superando la aprehensión inicial que le causaron los discípulos para descubrir que bajo aquellos rostros inusuales había seres de corazón gentil. Los dos hijos del benefactor, estudiantes jóvenes que volvían de sus lecciones, también se presentaron y dialogaron con los peregrinos sobre las distancias entre los continentes del mundo y las aventuras del viaje de catorce años.
Los días pasaron entre banquetes vegetarianos, ceremonias budistas organizadas con veinticuatro monjes locales, música de laúdes y flautas, y conversaciones tranquilas en la biblioteca de sutras. Zhu Bajie, que en principio habría querido quedarse indefinidamente, fue el único que no opuso resistencia cuando Tang Sanzang anunció la partida al cabo de dos semanas.
La señora Kou quiso pagar ella también dos semanas de hospitalidad. Los hijos quisieron añadir otra quincena más. Tang Sanzang rechazó todos los ofrecimientos adicionales con la firmeza suave de quien sabe que la gratitud excesiva es otra forma del apego, y el maestro del camino no puede permitirse el apego aunque sea al agradecimiento.
El día de la partida fue una pequeña fiesta. El señor Kou distribuyó invitaciones a los vecinos, los parientes y los amigos de los cuatro puntos de la ciudad. Contrató músicos, consiguió una fila de banderas de colores, invitó a una congregación de monjes y a un grupo de sacerdotes taoístas. El cortejo de despedida salió de la casa Kou como si fuera una procesión imperial y acompañó a los peregrinos hasta diez li más allá de las puertas de la ciudad, donde estaba preparado un último refrigerio en el pabellón de los viajeros.
El señor Kou lloró cuando se despidieron, y Tang Sanzang le prometió que cuando regresara de Lingshan con las escrituras se detendría de nuevo en su casa.
Los peregrinos anduvieron otras cuatro o cinco horas. La tarde cayó de improviso, como ocurre en verano, y con ella un cielo de nubarrones que se formó en cuestión de minutos. Zhu Bajie protestó que habían dejado un lecho cómodo para acabar mojados en un camino. Tang Sanzang lo silenció con una mirada.
Sun Wukong divisó a cierta distancia del camino las siluetas de un edificio entre los árboles: un arco de piedra semiderruido con un tablero de madera vieja que todavía conservaba cuatro caracteres casi borrados por el tiempo: Templo del Resplandor Sagrado. Bajo ese arco y en las habitaciones colindantes encontraron refugio justo cuando el primer trueno sacudió el cielo.
El templo estaba abandonado: los corredores derruidos, el altar cubierto de polvo, ningún guardián a la vista. Los cuatro se instalaron en los rincones más secos, sentados o de pie según el espacio, y pasaron la noche en ese silencio tenso que imponen la lluvia y la oscuridad desconocida. Nadie durmió bien. Los truenos se sucedían sobre el tejado agujereado y el agua caía entre las vigas como un recordatorio de que el camino no hace favoritismos ni con los santos ni con los pilgrims.
Hacia el amanecer la lluvia amainó. Los cuatro salieron del templo con los ropajes húmedos y los huesos doloridos.
Lo que ninguno de ellos sabía era que esa misma noche, en la casa del benefactor Kou a cincuenta li de allí, una banda de ladrones había aprovechado la oscuridad y el caos de la lluvia para irrumpir en el hogar del filántropo. Habían golpeado a varios criados, robado objetos de valor, y huido antes de que los vecinos pudieran organizarse. En el caos de los testimonios que siguieron al robo, alguien mencionó que los cuatro extranjeros de aspecto extraño que el señor Kou había alojado se habían ido esa misma tarde.
Los rumores, una vez que empiezan a circular, no esperan confirmación.