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Capítulo 94: Los cuatro monjes celebran en el jardín imperial y el demonio abriga en vano deseos mundanos

Los peregrinos son agasajados en el jardín imperial del reino de la India; Tang Sanzang compone poemas para el rey mientras espera con angustia la fecha de boda; Sun Wukong se transforma en abeja para vigilar a su maestro en los aposentos interiores.

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Los cuatro monjes celebran en el jardín imperial y el demonio abriga en vano deseos mundanos

Los tres discípulos fueron recibidos en el trono por el rey de la India, quien los examinó con una mezcla de curiosidad y temor mal disimulado. Sun Wukong dio un paso adelante sin esperar invitación, y cuando los guardias intentaron detenerlo señaló con lógica impecable que los hombres de fe avanzan a cada paso que pueden. Zhu Bajie y Sha Wujing lo siguieron. Tang Sanzang, al ver a sus discípulos avanzar así de confiados, se levantó de su asiento para pedirles que se moderaran.

Sun Wukong aprovechó el momento para señalar al rey una incongruencia: había invitado a Tang Sanzang como yerno, pero lo tenía de pie como si fuera un sirviente. El rey, desconcertado, mandó traer un taburete bordado.

Luego Sun Wukong presentó la historia de cada uno de los peregrinos al rey: su propia historia de rebelde celestial domado por el Buda, la caída de Zhu Bajie desde el cargo de Almirante Celestial por sus amoríos con la Diosa Chang'e, y la condena de Sha Wujing a las arenas del Río Flotante por romper una copa de jade en el banquete del Durazno. El rey escuchó cada relato con los ojos cada vez más abiertos, oscilando entre el honor de haber conseguido tales invitados y el terror de tenerlos en su palacio.

Cuatro días de banquetes se sucedieron en los jardines imperiales. El jardín era magnífico: senderos de piedra de colores, balaustradas labradas, terrazas con flores de todas las estaciones, estanques donde los peces dibujaban círculos lentos bajo el sol de la mañana. Tang Sanzang admiró las cuatro pinturas de las estaciones que decoraban los biombos dorados del pabellón principal, y el rey, halagado, le pidió que compusiera versos propios a imitación de los poemas pintados.

Tang Sanzang, cuya mente de poeta y monje siempre había sabido separar el corazón interno del comportamiento externo, tomó el pincel que le ofrecían y escribió cuatro poemas sobre las estaciones del año:

El sol derrite el hielo que ciñe la tierra, el jardín imperial florece de nuevo cada día. El viento templado y la lluvia generosa bendicen al pueblo, el río fluye limpio, los caminos están libres de polvo.

El rey aplaudió los versos con sincero entusiasmo. Los músicos de la corte los pusieron en melodía aquella misma tarde.

Mientras tanto, en el pabellón del jardín donde los tres discípulos pasaban el tiempo, Zhu Bajie dormitaba con el estómago lleno, Sha Wujing meditaba en silencio, y Sun Wukong calculaba el tiempo que faltaba para el día fijado para la boda con una preocupación que le impedía comer más de lo necesario.

En la noche, cuando el rey se había retirado y los cuatro quedaron solos en el pabellón, Tang Sanzang se volvió hacia Sun Wukong con el ceño fruncido.

—¿Qué vamos a hacer el día doce? —preguntó el maestro—. Que quede claro que no voy a casarme con nadie, sea quien sea esa princesa.

—Maestro, he mirado al rey con mis ojos de fuego —respondió Sun Wukong—. Hay algo en él que está oscurecido, como quien comparte techo con alguien que trae mala fortuna. Aún no he podido ver a la princesa. Si es un demonio, mis ojos lo sabrán en cuanto la vea.

—¿Y si resulta ser una mujer real?

—Entonces os casáis y disfrutáis de la riqueza de este reino —dijo Zhu Bajie desde su esquina, en un tono que merecía un golpe en la cabeza pero era tan genuinamente esperanzador que nadie se lo dio.

Tang Sanzang le dirigió una mirada de advertencia y amenazó con recitar el encantamiento de la diadema si seguían probando su paciencia. El pabellón se sumió en un silencio que solo interrumpían las ranas del estanque.

Llegó el día doce antes del amanecer. El rey convocó a los cuatro peregrinos a la sala del trono y anunció que, considerando los deseos de la princesa, que no quería ver las caras poco convencionales de los tres discípulos durante la ceremonia, sería más conveniente que los tres salieran de la ciudad con la documentación debidamente sellada, dejando a Tang Sanzang solo para la boda.

El rey selló el pasaporte imperial con el sello de jade y entregó lingotes de plata y oro a modo de regalo de familia política. Zhu Bajie, cuya relación con el dinero era complicada pero consistente, los aceptó antes de que nadie pudiera objetar. Sun Wukong se inclinó ante el rey, tomó la mano de Tang Sanzang y le apretó los dedos discretamente mientras le decía en voz baja:

—Quedaos aquí tranquilo. Yo regreso.

Tang Sanzang, que no quería quedarse pero no tenía otro plan, tuvo que soltar la mano de su discípulo y verlos marchar. Los guardias los escoltaron fuera del palacio, luego fuera de las murallas de la ciudad.

En la posada, Sun Wukong arrancó un pelo de su propio cuerpo y lo sopló con aliento mágico. El pelo tomó su forma exacta y se quedó en la posada conversando con Zhu Bajie y Sha Wujing con la voz y los gestos de Sun Wukong. El cuerpo verdadero del Gran Sabio se elevó en el aire, se contrajo hasta el tamaño de la palma de una mano, y luego se hizo aún más pequeño: una abeja dorada con las alas del color de la miel madura y el aguijón brillante como una aguja de plata.

Alas amarillas, boca dulce, aguijón afilado, vuela con el viento en zigzag caprichoso. Roba el néctar de las flores sin que nadie lo note, y a veces lo que roba no es miel sino secretos.

La abeja cruzó las murallas del palacio sin que nadie la detuviera, voló por los pasillos de los aposentos reales, se posó en la bóveda de la sala del trono, y desde allí observó que Tang Sanzang estaba sentado en su taburete bordado con la frente fruncida y los ojos perdidos en los frescos de la pared. La abeja descendió y se posó sobre el borde del sombrero de birrete del maestro.

—Maestro, he venido —susurró la abeja al oído de Tang Sanzang—. No os preocupéis.

Solo Tang Sanzang podía escuchar ese susurro. El maestro, que había estado conteniendo la respiración desde el amanecer, sintió que algo en su pecho se aflojaba.

Un funcionario de palacio entró a anunciar que la reina, las concubinas del harén y la princesa esperaban al rey y al prometido en el Pabellón de la Urraca para la ceremonia del matrimonio. El rey se levantó con una sonrisa de padre satisfecho y extendió el brazo para acompañar a Tang Sanzang. La abeja dorada, invisible entre los pliegues de la capucha del manto del monje, fue con ellos.

En el Pabellón de la Urraca, la falsa princesa esperaba rodeada de doncellas, perfumada y enjoyada, con una expresión de deseo mundano que no encajaba bien con la pureza que se esperaba de ella. Pero para los ojos de la abeja posada en el hombro de Tang Sanzang, la apariencia de la princesa brillaba con una luz extraña, no la de un ser humano, sino la de algo más antiguo que llevaba mucho tiempo esperando ese momento.