Capítulo 93: El Jardín de Jeta guarda antiguas historias y en el reino de la India el maestro recibe una pelota de boda
Los peregrinos se hospedan en el Templo Budista de Jeta, donde un anciano monje les habla de una joven encerrada; al llegar a la capital de la India, la princesa falsa lanza una pelota de boda que acierta en la cabeza de Tang Sanzang.
El Jardín de Jeta guarda antiguas historias y en el reino de la India el maestro recibe una pelota de boda
Medio mes después de la victoria sobre los rinocerontes de Jin Ping, los peregrinos divisaron en el horizonte los tejados de una gran ciudad desconocida, y entre la ciudad y el camino encontraron una montaña cubierta de pinos viejos. Tang Sanzang observó la montaña con algo parecido al temor, y Sun Wukong le recordó que conforme se acercaban al territorio del Buda, los demonios cedían paso a la geografía sagrada.
Al pie de la montaña, en un recodo del camino donde la sombra de los pinos hacía fresco incluso al mediodía, encontraron la fachada de un templo antiguo de tejas azules y muros color carmesí, a medio camino entre lo nuevo y lo venerable. Un letrero en piedra decía: Templo Budista de la Donación del Oro.
—Jeta —murmuró Tang Sanzang desde su caballo—. Este debe ser el Jardín de Jeta, donde el Buda predicó sus sermones más grandes.
Zhu Bajie, que había pasado años oyendo los textos sin retenerlos, hizo un comentario sobre buscar ladrillos de oro en el suelo, porque según la historia el benefactor que compró el jardín para el Buda lo había pagado cubriéndolo de oro. Sun Wukong le acalló con un gesto.
Entraron al templo y encontraron en los claustros exteriores a decenas de mercaderes y viajeros descansando con sus cargas, algunos dormidos sobre sus fardos. Un monje joven de aspecto sereno salió a recibirlos en el patio del templo:
Rostro como luna llena, cuerpo como el árbol de la iluminación. Sostiene su bastón entre mangas que ondean en el viento, sus sandalias de paja conocen el camino de piedra.
Los monjes del templo sirvieron una cena sencilla y fragante. Cuando terminaron, Tang Sanzang preguntó por el nombre del templo y el anciano abad, que se había unido a ellos en la mesa, confirmó que en efecto aquel era el sitio donde había predicado el Buda Shakyamuni, comprado con oro real por el benefactor Sudatta para el príncipe Jeta. En el jardín del fondo todavía se conservaban las bases de piedra del pabellón original, y cuando llovía fuerte a veces aparecían entre el barro monedas y perlas de la época.
También explicó por qué los mercaderes pernoctaban en el templo en lugar de seguir su camino: la Montaña de los Ciempiés, al sur, albergaba una colonia de ciempiés gigantes que atacaban a los viajeros nocturnos. Al primer canto del gallo quedaba el paso libre, así que los comerciantes esperaban en el templo hasta ese momento.
—Nosotros haremos lo mismo —decidió Tang Sanzang.
La luna de cuarto creciente iluminaba el jardín con una claridad suave y plateada cuando Tang Sanzang y Sun Wukong salieron a dar un paseo nocturno. El anciano abad los siguió en silencio, y cuando llegaron a una terraza desde la cual se veía el fondo del jardín, el viejo se detuvo y escuchó. Desde algún lugar en el interior del edificio llegaba un llanto contenido, el llanto de alguien que llora en silencio en la noche creyendo que nadie lo oye.
El abad hizo retirarse a los otros monjes y se postró ante Tang Sanzang.
—Reverendo, he esperado este momento durante más de un año. Lo que tengo que deciros no es para oídos comunes.
Y relató la historia: el año anterior, en esa misma noche de luna creciente, un viento llegó desde el palacio real de la capital y depositó en el jardín del templo a una joven de extraordinaria belleza. La joven dijo llamarse princesa del reino de la India, hija del rey, arrastrada por el viento desde el jardín del palacio mientras contemplaba las flores a la luz de la luna.
—La encerramos en una habitación —continuó el abad—, porque no sabíamos qué hacer con ella. Los monjes no podemos tener mujeres entre nosotros. Para evitar problemas con los otros residentes, difundimos la versión de que era una loca. Ella, que es muy inteligente, lo entendió y cooperó: durante el día finge demencia, se revuelca en su propio desaseo, balbucea incoherencias. Pero cuando llega la noche y todo está en silencio, llora pensando en su padre y en su madre.
—¿Y en la capital? —preguntó Sun Wukong—. ¿Nadie ha notado que la princesa desapareció?
—Eso es lo más extraño —respondió el abad—. He preguntado con discreción. Nadie en la capital menciona que la princesa haya desaparecido. La princesa sigue apareciendo en palacio, sigue asistiendo a los banquetes, sigue cumpliendo sus funciones. Como si nunca hubiera desaparecido.
La implicación era clara: había una princesa falsa en el palacio, y la princesa verdadera estaba encerrada en aquel templo fingiendo locura.
—Cuando lleguéis a la capital —dijo el anciano—, os pido que uséis vuestros poderes para devolver la hija verdadera a sus padres y exponer al impostor que ocupa su lugar.
Tang Sanzang y Sun Wukong lo guardaron todo en su corazón. Poco después cantó el gallo, los mercaderes comenzaron a recoger sus bultos, y los peregrinos partieron entre la luz azul del amanecer siguiendo el camino sur.
A mediodía llegaron a la capital de la India, una ciudad de muros de hierro y torres doradas, con calles tan amplias que varios carros podían cruzarse en ellas sin estrecharse. El aspecto de la ciudad, los ropajes de sus habitantes, los palacios y mercados, recordaban de manera llamativa a la Gran Tang del Oriente, y Tang Sanzang lo comentó con nostalgia.
Encontraron la posada oficial para visitantes extranjeros y se instalaron. El funcionario de la posada, al ver llegar al grupo de peregrinos con un monje hermoso y tres acompañantes de aspecto inusual, se mostró nervioso pero correcto. Les informó de algo importante: la princesa del reino llevaba tres días arrojando desde un pabellón decorado una pelota bordada para elegir marido. El que recibiera la pelota se convertiría en el esposo de la princesa y futuro yerno del rey. El evento era ese mismo día.
—Maestro —dijo Sun Wukong—, ¿recordáis lo que nos dijo el anciano del templo de Jeta? Una princesa falsa en el palacio. Deberíamos ir a verla de cerca.
Tang Sanzang vaciló: sus hábitos de monje lo hacían reacio a acercarse a los fastos de una boda. Pero Sun Wukong insistió, y finalmente el maestro accedió a mezclarse entre la multitud que se agolpaba frente al pabellón.
La princesa estaba en el balcón, rodeada de cincuenta doncellas, con la pelota bordada de hilo dorado en las manos. Sun Wukong la observó con sus ojos capaces de ver a través de las apariencias y notó algo que lo puso en guardia: un aura extraña, no la de un ser humano corriente, sino la de algo más antiguo y diferente.
Pero antes de que pudiera advertir a su maestro, la princesa echó la pelota con un lanzamiento preciso que voló a través de la multitud y aterrizó exactamente en la cabeza de Tang Sanzang, tumbándole el sombrero de birrete.
La multitud entera estalló en vítores.
—¡Ha acertado en el monje! ¡Ha acertado en el monje!
Tang Sanzang atrapó la pelota por instinto. La muchedumbre se abalanzó hacia él queriendo tocarla, queriendo participar del momento de buena fortuna, y Sun Wukong tuvo que crecer hasta tres veces su tamaño normal y poner una cara que hizo retroceder a la gente varios pasos.
Las doncellas del pabellón descendieron a buscar al agraciado. Tang Sanzang, con la pelota en los brazos y una expresión de alarma pura en el rostro, fue conducido en procesión hasta el palacio, donde el rey lo esperaba en el trono.
—Maestro —susurró Sun Wukong antes de que los separaran—, cuando estéis ante el rey, pedid que nos convoquen a los tres. Yo sabré qué hacer.
Luego regresó a la posada, donde Zhu Bajie ya había oído las noticias y se lamentaba de no haber ido él mismo al pabellón, convencido de que una pelota lanzada desde esa altura habría sido más probable que acertara en su nariz que en la cabeza del maestro. Sha Wujing no se dignó responder a esa teoría.
No tardó en llegar un funcionario real con un decreto: los tres discípulos del monje sagrado eran convocados al palacio. Zhu Bajie se alegró. El funcionario que los acompañaba a pie, mirando de reojo las caras de los tres, tuvo que hacer un esfuerzo visible para no salir corriendo.