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Capítulo 91: La Prefectura de Jin Ping y las linternas de oro; los demonios del Abismo Xuanying raptan al maestro

Los peregrinos llegan a la Prefectura de Jin Ping durante la festividad de las linternas de Yuan Xiao; tres demonios disfrazados de Budas roban el aceite sagrado y raptan a Tang Sanzang para llevarlo a la Cueva Xuanying del Monte Dragón Verde.

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La Prefectura de Jin Ping y las linternas de oro; los demonios del Abismo Xuanying raptan al maestro

Cinco o seis días después de abandonar el Condado de Yuhua, los peregrinos divisaron desde la distancia las murallas de una nueva ciudad, sus torres sin banderas recortadas contra el cielo pálido del invierno que cedía. Al acercarse por la puerta oriental, encontraron el bullicio de bazares y mesones, el aroma del aceite frito y el rumor de una multitud que miraba de reojo a los extranjeros con sus rostros poco comunes: la nariz larga de Zhu Bajie, el rostro oscuro de Sha Wujing, los ojos rojos de Sun Wukong.

Tang Sanzang sudaba frío temiendo que sus discípulos provocaran un incidente. Pasaron varias bocacalles sin detenerse hasta que vieron la puerta de un templo con tres caracteres grabados en piedra: Templo de la Nube Misericordiosa. Tang Sanzang sugirió entrar a descansar y pedir comida, y los otros aceptaron sin rechistar.

El templo era hermoso: pabellones enjoyados, asientos de jade, salones de meditación bañados por la luz de la luna que se filtraba entre los cipreses. Un monje joven salió a recibirlos y, al saber que Tang Sanzang venía de la Gran Tang del Imperio del Este, se postró en tierra con una veneración que desconcertó al maestro.

—En nuestra tierra, los devotos anhelan reencarnar en China, la tierra de los Budas encarnados —explicó el monje—. Ver a su reverencia con esa gracia y esos ropajes confirma que ha cultivado su mérito en vidas anteriores.

Tang Sanzang los invitó a todos a entrar. Los monjes del templo recibieron a los peregrinos con un festín de vegetales aromáticos y arroz perfumado. Al final de la cena, cuando Tang Sanzang anunció que debían continuar al día siguiente, los anfitriones los retuvieron con noticias de la festividad más importante del año.

—Hoy es el decimotercer día del primer mes —dijeron los monjes—. En dos días llegará Yuan Xiao, la gran fiesta de las linternas. En esta prefectura, que los lugareños llaman Jin Ping, el gobernador tiene por costumbre iluminar todos los barrios durante tres noches. Y en el Puente de las Linternas de Oro hay tres enormes lámparas de oro macizo que llevan encendidas desde tiempos inmemoriales.

Tang Sanzang, que en su afán de llegar a Lingshan había perdido la cuenta de los días y las estaciones, aceptó quedarse. Esa noche observaron desde los patios del templo cómo los vecinos traían ofrendas de luz para el altar del Buda. Al día siguiente el maestro cumplió su voto de barrer la torre pagoda del templo, subiéndola piso por piso enfundado en su manto de monje, y contemplando desde lo alto la ciudad entera tendida como un tapiz de tejas grises.

Llegó la noche del decimoquinto día, la noche de Yuan Xiao. Los monjes del templo convencieron a Tang Sanzang de ir al centro de la ciudad para ver las famosas Linternas de Oro. Era una noche de plenilunio, y la luna y las linternas competían en esplendor, multiplicándose la una en las otras hasta que la ciudad entera parecía arder con una luz que no quemaba.

La luna sube como bandeja de plata bruñida, las linternas responden con bordados de fuego. En el Puente de Oro, los mortales y los dioses contemplan juntos el fulgor que dura tres noches.

En el Puente de las Linternas de Oro, Tang Sanzang y los monjes se acercaron a admirar tres lámparas del tamaño de tinajas, construidas con filigrana de hilo de oro y paredes de vidrio translúcido. El aceite que ardía en su interior despedía un perfume que no era de este mundo: dulce, cálido, con resonancias de flores de azahar y resinas de montaña.

—¿Qué aceite es este? —preguntó Tang Sanzang.

—Aceite de azahar aromático —respondieron los monjes—. El más valioso del mundo. Cada libra vale treinta y dos taeles de plata. Las tres tinajas contienen en total mil quinientas libras de aceite, lo que suma casi cincuenta mil taeles de plata. Doscientas cuarenta familias del condado vecino cumplen por turnos con esta ofrenda anual. Se dice que si el aceite se agota durante las tres noches, los Budas lo han aceptado y el año será de abundancia. Si queda aceite al finalizar, el año traerá sequía y malas cosechas.

—Y siempre se agota —añadió uno de los monjes con voz reverente—, porque los Budas descienden cada año a recogerlo.

Apenas había pronunciado estas palabras cuando un viento rugió desde el norte, y la multitud que llenaba el puente se dispersó en todas direcciones. Los monjes tiraron del brazo de Tang Sanzang.

—¡Los Budas llegan, maestro! ¡Retirémonos para mostrar respeto!

Pero Tang Sanzang se resistió. Si los Budas descendían, él quería postrarse ante ellos. Dejó que los monjes y la multitud huyeran, y cuando el viento cesó y tres figuras luminosas aparecieron en el cielo flotando hacia las linternas, el maestro subió corriendo a lo más alto del puente y se postró con la frente en el suelo frío de piedra.

Sun Wukong, que había observado todo con sus ojos capaces de ver a noventa mil li, reaccionó un instante demasiado tarde.

—¡Maestro, esas no son figuras sagradas! ¡Son demonios!

Tiró del brazo de Tang Sanzang para levantarlo, pero el viento ya había regresado con una violencia repentina. Las luces de las linternas se apagaron de golpe como si alguien hubiera soplado tres velas enormes. En la oscuridad absoluta que siguió, un rugido ensordecedor llenó el aire, y Tang Sanzang desapareció.

Zhu Bajie buscó a su maestro a gritos entre la multitud en pánico. Sha Wujing llamó en todas direcciones. Sun Wukong levantó la vista al cielo y vio el rastro de un viento cargado de olor a aceite que se alejaba hacia el noreste.

—Maestro capturado —dijo con una calma que era otra forma del horror—. Los demonios se lo han llevado junto con el aceite de las linternas. Regresad al templo y guardad los equipajes. Yo seguiré ese viento.

Transformado en un rayo de luz dorada, el Gran Sabio Igualado al Cielo se lanzó por el cielo nocturno siguiendo el rastro del viento maligno. Corrió toda la noche sin detenerse, y cuando el alba comenzaba a teñir el horizonte, vio ante él una montaña inmensa y oscura: el Monte Dragón Verde, con sus barrancos apilados como fortalezas de roca y sus cimas perdidas en nubes permanentes.

Cuatro funcionarios celestiales disfrazados de pastores que conducían tres ovejas le salieron al paso desde una ladera.

—Gran Sabio, venimos a transmitiros información —dijeron los cuatro, revelando su verdadera forma—. Los tres demonios que residen en esta montaña son los Reyes Evita-el-Frío, Evita-el-Calor y Evita-el-Polvo. Son rinocerontes transformados en demonios con más de mil años de cultivación. Desde hace generaciones engañan a las autoridades de Jin Ping adoptando la apariencia de Budas y robando el aceite de azahar. Este año vieron a vuestro maestro y lo reconocieron como un monje sagrado, así que se lo llevaron también. Pretenden cortarle la carne y freírla en aceite de azahar.

Sun Wukong sintió un escalofrío que recorrió su espinazo de arriba abajo.

—¿Dónde está la entrada a su cueva?

—Al pie de aquel barranco, una puerta de piedra grabada con el nombre de Cueva Xuanying del Monte Dragón Verde.

Los cuatro funcionarios celestes desaparecieron. Sun Wukong encontró la puerta de piedra, medio abierta, y desde el exterior gritó con voz de trueno:

—¡Monstruos! ¡Devolved a mi maestro ahora mismo!

Dentro de la cueva, los tres demonios habían tomado declaración a Tang Sanzang, quien, aterrorizado y esposado con cadenas de hierro, había respondido con fidelidad a todas sus preguntas: su nombre, su origen, su misión, los nombres y poderes de sus tres discípulos. Al escuchar el nombre de Sun Wukong, los tres reyes demonios se miraron entre sí con aprensión.

—El que vació el Palacio del Dragón y atemorizó los diez infiernos —murmuró el Rey Evita-el-Frío—. Encadenad al monje en la cámara del fondo. Capturaremos primero a los tres discípulos y los asaremos todos juntos.

Salieron a la puerta armados con sus hachas, sus espadas y sus garrotes de madera, al frente de una horda de demonios con cabeza de toro que ondeaban banderas con los nombres de los tres reyes. Sun Wukong los miró con sus ojos de fuego y reconoció bajo los disfraces la naturaleza de aquellos seres: cuernos de rinoceronte cubiertos con pieles pintadas, pezuñas duras como la piedra bajo botas de seda.

La batalla comenzó con el primer golpe de la vara de Sun Wukong, que chocó contra el hacha del Rey Evita-el-Frío con un sonido metálico que hizo temblar la montaña entera.