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Capítulo 75: El mono del corazón perfora el cuerpo del yin y el yang; el rey demonio retorna al camino verdadero

Wukong entra en la Cueva del León Camello disfrazado de explorador demonio, pero es descubierto por el Tercer Gran Rey y metido en la botella del yin y el yang. Escapa perforando la botella con una aguja de rescate que Guanyin le dio en el Monte de la Serpiente Enrollada, y se hace tragar deliberadamente por el León de Melena Azul. Desde el interior del estómago del demonio lo atormenta de tal manera que el monstruo suplica clemencia y promete cargar al maestro Tang Sanzang en litera.

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El gran sabio Sun Wukong entró por las puertas de la Cueva del León Camello con paso seguro. A ambos lados del primer patio: cráneos apilados como colinas, huesos esparcidos como bosque. Cabellos humanos pisoteados convertidos en fieltro, carne humana descompuesta en polvo de tierra. Tendones humanos colgados de los árboles secos, brillando blancos bajo el sol. Un mar de sangre, una montaña de cadáveres, y un hedor que ningún mortal habría soportado. En el patio este, pequeños demonios desollaban vivos a sus presas; en el oeste, hervían y asaban carne humana. Si el gran rey mono no hubiera tenido el coraje que tenía, ningún otro ser de carne y hueso habría podido avanzar un paso.

Cruzando la segunda puerta, el ambiente cambió por completo: árboles centenarios, bambú de jade, flores de los inmortales, yerbas raras. Un reino sereno y bello, de una amplitud que no podría adivinarse desde fuera.

Siete u ocho li más adentro, Wukong llegó a la tercera puerta. Se pegó al marco y miró de reojo hacia arriba.

En lo alto, sobre tres tronos, estaban sentados los tres grandes demonios.

El del centro: colmillos como sierras, cabeza redonda, frente cuadrada, rugido de trueno, ojos de relámpago, nariz respingada hacia el cielo, cejas ardientes de rojo. Cuando avanzaba, cien bestias perdían el aliento; cuando se sentaba, mil demonios temblaban. Era el rey de las bestias: el León Azul de Melena Antigua.

A su izquierda: ojos de fénix con iris doradas, colmillos amarillos, piernas gruesas, trompa larga de pelaje plateado que parecía tanto cabeza como cola. Frente redonda con cejas fruncidas. Voz delgada como la de una doncella, cara de jade como la de un buey monstruoso. Era el Elefante Amarillo de Colmillos Dorados, de muchos siglos de cultivo.

A su derecha: alas doradas en el cráneo de una orca, ojos de estrella con pupila de leopardo. De norte a sur en un solo vuelo, feroz y valiente. Transformación en vuelo, risa que hace palidecer al dragón, garras que hacen temblar a todas las aves. Era el Gran Garuda de los Noventa Mil Li de Vuelo.

A sus lados, un centenar de jefes de todas las clases de demonios, completamente armados, con una fuerza que aplastaba el aire.

Wukong no sintió ni una gota de miedo. Con paso decidido entró, depuso sus campanillas y su mazo, y dijo:

—Grandes reyes.

Los tres grandes demonios sonrieron.

—Pequeño Taladro de Viento, has vuelto. ¿Qué noticias de Sun Wukong en la patrulla?

—Grandes reyes, no me atrevería a decirlo.

—¿Por qué no te atreves? —preguntó el primero.

—Vi a alguien agachado en un barranco afilando un bastón. Tenía el tamaño de un guardián del camino, pero de pie mediaría diez zhangs. Murmuraba: «Bastón, pronto mostrarás tus poderes. Con diez mil demonios, los mato a todos y luego ejecuto a los tres reyes.» Supe que era Sun Wukong y vine a avisaros.

El León Azul se puso a sudar.

—Hermanos, ya os dije que no convenía meterse con Tang Sanzang. Ese discípulo tiene poderes enormes. Ha venido preparado a macharnos. ¿Qué hacemos? Llamad a todos los pequeños demonios de afuera, cerrad las puertas y dejadlos pasar.

Un jefe demonio se apresuró a informar:

—Gran rey, los de afuera ya se dispersaron todos.

—¿Cómo? ¿Se fueron solos? Pues cerrad las puertas, cerrad las puertas.

Los demonios cerraron a toda prisa todas las puertas exteriores e interiores con fuertes cerrojos.

Wukong pensó: «Si cierran todo y me preguntan cosas de la cueva que no sé responder, me descubrirán. Mejor los asusto un poco más para que las dejen abiertas y yo pueda escapar cuando sea necesario.»

Se acercó de nuevo al trono:

—Grandes reyes, hay más.

—¿Qué más dijo?

—Dijo que va a desollar al Gran Rey, descuartizar al Segundo y arrancar los tendones al Tercero. Y si cierran las puertas, se transformará en mosca, se colará por las rendijas y los atrapará a todos.

El León Azul palideció más.

—Hermanos, mucho cuidado. En esta cueva nunca hay moscas. Si veis alguna, es Sun Wukong.

Wukong, escondiéndose en un rincón, arrancó un pelo de detrás de la nuca, lo sopló y ordenó:

—¡Transfórmate!

El pelo se convirtió en una mosca dorada que voló directo a la cara del León Azul.

El demonio mayor se agitó.

—¡Hermanos, está aquí!

El desorden se desató: palos, escobas, todos persiguiendo la mosca en el interior del salón.

El gran sabio no pudo contenerse. Soltó una risita. Y en ese instante su cara mostró su verdadero aspecto.

El Tercer Gran Rey —el Garuda— saltó y lo agarró del brazo:

—¡Hermano mayor, casi nos engaña!

—¿Quién engaña a quién? —preguntó el León Azul.

—Este que informaba no era el Pequeño Taladro de Viento. Es Sun Wukong en persona. Seguramente encontró al explorador en algún lugar, no sabemos si lo mató o lo capturó, se transformó en él y vino a engañarnos.

Wukong, atrapado, protestó:

—¿Yo Sun Wukong? Soy el Pequeño Taladro de Viento. Cometéis un error.

El León Azul llamó a un jefe demonio.

—¿Reconocéis al Pequeño Taladro de Viento? Este, ¿es él?

—Gran rey, el Pequeño Taladro de Viento aparece tres veces al día a reportar. Es su cara, pero en este momento vi que se le escapó una sonrisa y le apareció un hocico de dios del trueno.

El Garuda ordenó:

—¡Traed cuerdas!

Los demonios ataron a Wukong de pies y manos. Le levantaron la ropa. Sí: debajo de la transformación, el cuerpo seguía siendo el de Sun Wukong —pelo amarillo, muslos rojos, cola inconfundible. Las setenta y dos transformaciones del gran sabio cambiaban perfectamente la cara y la ropa, pero el cuerpo de mono nunca terminaba de transformarse del todo cuando se convertía en persona.

—Cara de Pequeño Taladro de Viento, cuerpo de Wukong —dictaminó el León Azul—. Es él.

Mandó traer vino para celebrar el mérito del Garuda.

—Pero espera —interrumpió el Garuda—. Wukong sabe escabullirse. Antes de beber, metámoslo en la botella.

El León Azul aprobó. Llamó a treinta y seis pequeños demonios: entraron a la bodega, abrieron la puerta del tesoro y sacaron la botella. Solo dos pies y cuatro pulgadas de altura, pero requería treinta y seis hombres para transportarla, dispuestos según el número de las estrellas del Cielo —porque contenía el qi completo del yin y el yang, con las ocho trigramas, los veinticuatro alientos del año, y nadie podía moverla sin esa disposición sagrada.

Desataron a Wukong, le quitaron la ropa, lo pusieron ante la abertura de la botella. El vaporcillo interno del tesoro aspiró, y Wukong fue succionado dentro. Sellaron la botella y pusieron un sello en la tapa.

Los demonios volvieron a beber festejando.

—Ahora ese mono no verá jamás el camino al oeste. Para volver a buscar las escrituras tendría que volver a nacer.

En el interior de la botella, Wukong, reducido por las fuerzas del tesoro, se acomodó en posición de loto. Al rato, notó que hacía fresco. Y casi rio.

—¿Este es el tesoro famoso? ¿Que disuelve en agua en un momento? Si está tan fresco así, me podría quedar siete u ocho años aquí sin problema.

Error. Lo que Wukong no sabía era que la botella solo disolvía a quien hablaba dentro de ella. Un año en silencio, un año de frescura. Pero en el momento en que alguien pronunciaba palabras, el fuego llegaba.

Wukong no había terminado la frase cuando las llamas llenaron el interior. Por fortuna, recordó el sello de evitar el fuego y se sentó en el centro sin quemarse.

Pero media hora después, cuarenta serpientes surgieron del interior a morderlo. Wukong extendió los brazos, las agarró todas y las apretó hasta convertirlas en ochenta pedazos. Luego aparecieron tres dragones de fuego que lo envolvieron de arriba abajo. Esto ya era difícil de aguantar.

Pensó: «Si sigo así, el fuego me llegará al corazón. Debo crecer y reventar esto.»

Pronunció el encantamiento:

—¡Crece!

Creció. Pero la botella también creció con él. Encogió. La botella también encogió.

—Dios mío —murmuró—. ¿Cómo es que cuando yo crezco ella crece, y cuando yo encojo ella encoge también?

Y entonces notó un dolor en el tobillo. Se palpó: el fuego lo había ablandado.

—¡Ahora soy un inválido! —Y sin poder controlarlo, las lágrimas le corrieron.

—Maestro mío —susurró—, cuando me puse bajo tu tutela, la bodhisattva Guanyin me aconsejó el camino recto. Juntos atravesamos montañas, sometimos demonios, incorporamos a Bajie, a Sha Wujing, sufrimos mil y una dificultades esperando llegar juntos al oeste. Y ahora caigo yo aquí, dentro de esta botella, y te dejo solo a mitad de la montaña, sin poder seguir adelante. Quizás mi nombre fue demasiado famoso, y esa fama trajo este desastre.

En medio de su angustia, recordó de repente: «La bodhisattva Guanyin me dio tres pelos de rescate en el Monte de la Serpiente Enrollada, para momentos de verdadero peligro. ¿Los tengo aún?»

Se palpó todo el cuerpo. Sí: en la nuca, tres pelos extremadamente rígidos.

—Todos mis otros pelos están blandos del fuego. Estos tres están duros como agujas. Esto es lo que me va a salvar.

Se mordió el labio, aguantó el dolor y arrancó los tres pelos. Sopló sobre ellos:

—¡Transformaos!

Uno se convirtió en un taladro de diamante. Otro en una lámina de bambú. El tercero en una cuerda de algodón. Armó el conjunto como un arco de carpintero con el taladro montado, apretó el pie contra el fondo de la botella y comenzó a taladrar, vuelta tras vuelta. Al fin, la botella cedió: un agujero pequeño que dejó pasar la luz.

—¡Salvado! —exclamó.

Se encogió, se transformó en un insecto palo —finísimo como un pelo, largo como una ceja— y salió por el agujero. Una vez fuera, volvió a su forma real. El aire fresco del mundo llegó a sus pulmones.

Y la botella, ahora perforada, dejó escapar todo su qi de yin y yang: quedó fría y vacía.

Wukong no escapó todavía. Se transformó de nuevo en una diminuta cigarra acuática, más fina que un pelo, y voló hasta posarse en la cabeza del León Azul.

El Lion Azul, que bebía vino con sus hermanos, dejó de pronto su copa:

—Tercer hermano, ¿ya se habrá disuelto el mono?

—¿Tan pronto? Falta tiempo.

—Que traigan la botella.

Los treinta y seis pequeños demonios fueron a buscarla. Notaron que estaba mucho más ligera. Corrieron a avisar:

—Gran rey, la botella pesa menos.

—¡Tonterías! La botella del yin y el yang está llena del qi de los cielos. ¿Cómo va a pesar menos?

Un demonio más atrevido la levantó él solo y la subió al salón:

—¿No lo ves? ¡Pesa como una pluma!

El León Azul quitó el sello y miró adentro. Completamente vacío, con luz pasando por un agujero en el fondo. Se le escapó un grito:

—¡Está vacía como un cuenco volteado!

Desde la cabeza del demonio, Wukong no pudo reprimirse:

—¡Y el mono ya voló como el viento!

Los demonios oyeron la voz:

—¡Se fue, se fue! ¡Cerrad las puertas!

Wukong sacudió el cuerpo, recuperó sus ropas y su bastón, mostró su cara verdadera, saltó fuera de la cueva y desde lejos gritó:

—¡Demonios, no os creáis que sois tan grandes! Vuestro dichoso tesoro tiene un agujero ahora. Solo sirve para hacer sus necesidades en él.

Y con el corazón ligero y haciendo ruido, subió a su nube y regresó donde estaba Tang Sanzang.

El venerable maestro estaba de rodillas en el suelo, con puñados de tierra como incienso, rezando al cielo vacío.

—¡Maestro, aquí estoy!

Tang Sanzang lo abrazó.

—Wukong, cuánto sufriste. Estás lejos tanto tiempo y yo no dejaba de pensar en ti. ¿Qué pasó allá arriba?

Wukong le contó todo: el disfraz de explorador, la botella, el taladro de rescate, la cigarra acuática. Tang Sanzang escuchó con el corazón en un puño.

—¿No combatiste con los demonios entonces?

—No.

—Entonces todavía no podemos pasar la montaña.

—¡Claro que podemos! —protestó Wukong—. ¿Por qué dice eso, maestro?

—Sin ver un resultado claro, sin vencer claramente, ¿cómo voy a seguir?

—Maestro, hay tres demonios y miles de pequeños. ¿Cómo puedo yo solo?

—Pues que Bajie y Sha Wujing te acompañen.

Wukong reflexionó.

—Tiene razón. Sha Wujing se queda con el maestro; Bajie me acompaña a mí.

Zhu Bajie protestó:

—Hermano, yo soy tosco y torpe. ¿De qué te sirvo?

—Eres alguien, aunque sea poco. Ya sabes lo que dicen: «Hasta una ventosidad añade viento.» Algo ayudas.

—Está bien, está bien. Pero en los momentos difíciles no me abandones.

El maestro les dio su bendición. Bajie se armó con su rastrillo, y los dos subieron a la montaña en un remolino de viento y nubes.

La cueva estaba cerrada a piedra y lodo. Wukong golpeó la puerta con el bastón:

—¡Demonios, salid a combatir!

Los pequeños demonios informaron al interior. El León Azul, sudando, confesó a sus hermanos:

—Ese mono entró antes disfrazado, nos engañó a todos, logró escapar de la botella y ahora vuelve a desafiarnos. ¿Quién se atreve a salir primero?

Silencio absoluto. Nadie habló.

—¡Si nadie sale, bajamos nosotros en el nombre de esta cueva! ¡No podemos quedar en ridículo ante ese mono!

Tomó su armadura, su sable y salió. Era imponente:

Frente de hierro, cráneo de cobre con el yelmo resplandeciente; penachos del casco que danzan como llamas de colores. Ojos que lanzan relámpagos, llameantes como el sol; sienes con mechones que vuelan como la llama roja. Garras curvas como plata, afiladas y letales; colmillos en sierra, densos y certeros. Armadura de oro sin una sola costura visible, cinto de dragón que revela la grandeza del poderío. Sable de acero en la mano, brillante como el hielo, valentía sin igual en el mundo de los hombres. Un rugido como trueno que sacude la tierra: «¿Quién llama a mi puerta?»

—Aquí tu abuelo Sun, el Gran Sabio Igual al Cielo —respondió Wukong.

El León Azul sonrió con malicia:

—¿Tú eres Sun Wukong? ¡Atrevido mono! No me metí contigo, ¿por qué vienes tú a provocarme?

—«Donde el viento sopla se forman las olas; sin marea el mar se queda en calma.» Fuisteis vosotros los que planeásteis comerme el maestro. ¿Qué esperabais?

—Entonces quieres combatir.

—Exacto.

—Pues no voy a usar el ejército entero contra un solo mono. Combate individual, sin ayuda de nadie.

Wukong llamó a Bajie para que se apartara. El demonio se plantó en posición de combate y propuso:

—Te dejo darme tres hachazos. Si los aguantas, dejo pasar a tu maestro. Si no, tráelo aquí para que nos lo comamos.

Wukong se rió.

—Trae papel y tinta: que quede por escrito. Aunque me hagas hachazos hasta el año que viene, no me pondrán ni un rasguño.

El León Azul alzó el sable con furia y lo trajo sobre la cabeza de Wukong. Wukong inclinó la cabeza a recibir el golpe. Sonido seco: ni un corte, ni una marca.

—¡Buen cráneo duro! —exclamó el demonio con asombro.

Wukong sonrió:

«Cráneo de cobre y cerebro de hierro, sin igual en el mundo; hacha y mazo no pueden quebrarlo desde que era joven. Lo forjó el horno del Anciano del Elixir sin descanso; cuatro estrellas de las constelaciones supervisaron su construcción. No lo puede romper el agua en cien inmersiones, tablones de nervio lo cubren por dentro y por fuera. Tang Sanzang temió que no fuera suficientemente firme, y le añadió encima un aro de oro sagrado.»

El León Azul anunció su segundo golpe:

«Forjado en el horno de fuego dorado, cien veces pulido con arte divino. Filo siguiendo las Tres Estrategias, temple según los Seis Artes de la Guerra. Delgado como cola de mosca verde, blanco como la cintura de una serpiente albina. En la montaña las nubes tiemblan, en el mar las olas se encrespan. Pulido sin fin, templado sin número, guardado en la cueva oscura para el combate glorioso. A tu cráneo de monje lo corta en dos mitades como calabazas.»

—Vaya —respondió Wukong—, ¿me tomas por una calabaza? Que vengan los dos hachazos juntos.

El sable cayó de nuevo. Wukong ofreció la cabeza. El sable partió el cráneo en dos mitades. Wukong se revolvió en el suelo: ahora eran dos Wukong.

El demonio retrocedió, aterrado.

Zhu Bajie, que miraba desde lejos, rio:

—¡El viejo monstruo resultó buen carnicero! ¡Ahora son cuatro personas!

—Oí que sabes hacer la división del cuerpo —dijo el León Azul—. ¿Por qué me la enseñas aquí delante de mí?

—¿División? —preguntó Wukong—. No es eso. Diste un hachazo y se multiplicaron. Si dieras diez mil, serían veinte mil.

—Quizás sabes multiplicarte pero no sabes volverte uno. Si puedes hacerlo, atácame con un golpe de bastón.

—Dijiste tres hachazos. Solo diste dos. Si me atacas antes de tiempo, no me llamo Sun.

—Tienes razón.

Wukong rodó por el suelo, volvió a ser uno, sacó el bastón y lo blandió hacia la cabeza del demonio. El León Azul paró el golpe con el sable:

—¡Mono impudente! ¿Qué es ese bastón roto que se atreve a venir a pegarme?

—¿No conoces mi bastón? Tiene fama en el cielo y en la tierra.

«Forjado en nueve rondas de hierro estelar, el Anciano del Elixir lo hizo en su horno. El rey Yu lo pidió y lo nombró Perla Divina; con él midió los cuatro mares y los ocho ríos. Estrellas en su interior grabadas en secreto, puntas recubiertas de láminas de oro. Flores densas en su madera que asustan a los demonios, dragones y fénix tallados encima y debajo. Se llama Bastón de las Delicias Espirituales, guardado en el fondo del mar sin que nadie lo vea. Cuando vuela se envuelve en nubes de cinco colores. El Abuelo Sun lo obtuvo después de muchas pruebas. Puede ser tan grande como el Pico del Sur o tan fino como el hilo de una aguja de coser. Tan ancho como el Sur, tan fino como una aguja; su longitud y grosor varían a mi voluntad. Alza suavemente: aparecen nubes de colores. Lanza con fuerza: brilla como un relámpago. Su frío invisible congela a quien se acerca, hilos de niebla de muerte flotan por el aire. Con él domo dragones y someto tigres; he recorrido los confines del cielo y la tierra. Con él alboroté el Palacio Celestial, su poder dispersó el festín del Durazno. Los Reyes Celestiales no pudieron con él, Nezha en combate no pudo resistirlo. Le pegué a los dioses y no encontraron refugio, diez mil soldados celestiales huyeron ante él. Los generales del trueno protegían la Sala de la Luz, y yo lo usé para atacar hasta ese lugar sagrado. De un golpe derribé el palacio de la Osa Mayor, de vuelta me sacudí y abrí el pabellón del Polo Sur. El Rey Celestial de Jade vio la ferocidad del bastón, y pidió al Buda Tathagata que me enfrentara. Victoria y derrota en la batalla son cosa natural, la calamidad y el desastre no tienen camino previsto. Cinco siglos completos purgué en la montaña, hasta que la bodhisattva del Mar del Sur me aconsejó. Un monje de la gran Tang nació en el este, hizo sus votos solemnes ante el cielo. En la ciudad de las almas rescató a los muertos sin nombre, en la montaña sagrada solicitó los sutras. En el camino al oeste hay demonios y fantasmas, avanzar por ese sendero es siempre difícil. Ya sabiendo que el bastón no tiene igual en el mundo, me pidió que fuera su compañero en el viaje. Los espíritus malignos que lo tocaron van al abismo, su carne se convierte en polvo rojo, los huesos en harina. Por donde paso los demonios mueren bajo el bastón, son incontables, diez mil y mil y más. Arriba golpeé y dejé en ruinas el Palacio de la Osa, abajo destruí el Pabellón de los Jueces del Infierno. En el aire, al lanzarlo, sacudí montañas y ríos; corta más que la espada nueva de Taisui. Con él protejo a Tang Sanzang en todo el camino, y los demonios de toda la tierra lo han sentido ya.»

El demonio, sacudido por esa letanía, se lanzó al combate con el sable. Wukong lo recibió con el bastón. Combatieron veinte asaltos y ninguno cedía.

Zhu Bajie, que había estado mirando desde abajo con impaciencia, no aguantó más. Saltó con su rastrillo y atacó al demonio por el frente. El León Azul, que no esperaba ese ataque de flanco, soltó el sable y huyó hacia la cueva.

—¡Persíguelo! —gritó Wukong.

Zhu Bajie, envalentonado, corría detrás. El León Azul se paró de golpe ante la pendiente, se sacudió y mostró su forma verdadera. Abrió la boca de par en par para tragarse a Bajie.

Bajie, aterrado, se lanzó a los arbustos. Se quedó quieto entre las espinas y los zarzales, sin importarle los arañazos, con el corazón agitado, escuchando los golpes del bastón a lo lejos.

Wukong llegó corriendo. El demonio abrió también la boca para Wukong. Pero Wukong lo esperaba. Guardó el bastón y avanzó directamente hacia la boca abierta. El León Azul lo tragó de un bocado.

Bajie, desde los arbustos, se lamentó en voz baja:

—Este Wukong sin juicio. El demonio venía a comerte y tú en lugar de huir vas a su encuentro. Ahora que te ha tragado, ¿quién sabe si mañana serás un monje o ya solo un excremento del tamaño conveniente?

El demonio, victorioso, regresó a la cueva. Sus hermanos lo recibieron con algazara.

—¿Qué atrapaste?

—A Sun Wukong —respondió orgulloso.

—¿Dónde está?

—Lo tragué.

El Garuda se alarmó:

—¡Hermano mayor, os lo dije: a Sun Wukong no se lo come uno!

Desde el interior del estómago, Wukong respondió:

—Muy al contrario. Soy muy nutritivo y además mato el hambre.

Los pequeños demonios corrieron a avisar:

—¡Gran rey, Sun Wukong está hablando dentro de vuestro estómago!

El León Azul ordenó:

—Traed agua con sal. Lo hago vomitar.

Los demonios trajeron medio cuenco de agua salada caliente. El gran demonio la bebió de un trago y vomitó con fuerza. Wukong, dentro, no se movió ni un milímetro. El demonio vomitó hasta que le dieron vueltas los ojos y se le rompió la bilis. El mono, impasible.

El León Azul, agotado, jadeó:

Sun Wukong, ¿no sales?

—¡Todavía es pronto! ¡Aquí dentro hace un calorcito estupendo!

Los pequeños demonios transmitieron las palabras.

—Gran rey, dice que quiere pasar el invierno aquí dentro.

—Pues hago meditación en ayuno. No como en tres meses y muero de hambre ese mono desconsiderado.

—Muy bien, mi amo —dijo Wukong desde dentro—. Pero yo traje mi cocinita plegable para el viaje con el maestro. Aquí me preparo el hígado, el intestino, el estómago y los pulmones, cocinados poco a poco. Me dura hasta la primavera.

El Segundo Gran Rey, el Elefante, se estremeció:

—Hermano, ese mono es capaz de hacerlo.

—¿Dónde puede poner el fogón? —preguntó el Garuda, nervioso.

—En el hueso de la bifurcación, que es plano —respondió Wukong—. Encenderé fuego, y el humo subirá por la nariz y dará estornudos, y como el techo no es suficiente, le abriré un agujero en la coronilla para que salga el humo.

El León Azul, aunque presumía de no tener miedo, sintió un escalofrío auténtico. En voz alta ordenó:

—Que traigan mi vino medicinal. Se lo echo encima para matarlo.

Wukong, oliendo el aroma del vino que llegaba desde el esófago, dijo para sí:

—No le dejes beber eso.

Y se instaló justo bajo la garganta con la boca abierta como una trompeta. Cuando el demonio tragó la primera copa, Wukong la atrapó entera. Segunda copa: también. Siguieron siete u ocho copas, y todas llegaron al estómago de Wukong, no al del demonio.

El León Azul soltó la última copa con extrañeza:

—Normalmente con dos copas siento fuego en las entrañas. Esta vez bebí siete u ocho y ni se me puso la cara roja.

Y es que Wukong, con ese vino que nunca bebía mucho, comenzó a tener la euforia del alcohol. Se puso a hacer piruetas dentro: plantarse de manos, dar volteretas, agarrarse a las vísceras para hacer columpios, hacer el pino, dar saltos mortales, bailar sin parar.

El gran demonio, incapaz de soportar más el dolor, cayó al suelo retorciéndose.

Y nadie en la cueva sabía si estaba vivo o muerto.