Capítulo 66: Maitreya Revela el Misterio y la Peregrinación Continúa
Sun Wukong trae a la Tortuga y la Serpiente de Wudang, pero también caen en la bolsa. Es Maitreya, el Buda del Futuro, quien descubre el enigma: el Monstruo de las Cejas Amarillas es su propio paje escapado, y la bolsa es la Bolsa de las Semillas del Hombre. Sun Wukong lo derrota desde dentro, liberando a todos los prisioneros y quemando el templo falso.
La Tortuga y la Serpiente Caen
La Tortuga Negra y la Serpiente Divina de la Montaña Wudang descendieron hacia el Pequeño Templo del Trueno con una dignidad que hacía pensar que estaban de visita y no en misión de rescate. Eran seres de una antigüedad que superaba la de la mayoría de los demonios, y su poder era del tipo que no necesita demostrarse porque se siente en el aire como un cambio de presión antes de una tormenta.
Sun Wukong los observaba desde las nubes con la esperanza cautelosa de quien ha sido decepcionado antes.
El Monstruo de las Cejas Amarillas salió a recibirlos con el mismo desparpajo con que había recibido a los Veintiocho Asterismos: sin miedo visible, con esa sonrisa que Sun Wukong ya había aprendido a desconfiar. Cuando el monstruo sacó la bolsa de tela blanca y la abrió con el gesto casual de quien abre una ventana, la Tortuga y la Serpiente tuvieron apenas un instante para comprender lo que estaba ocurriendo antes de desaparecer dentro del tejido ordinario de la bolsa.
Sun Wukong apretó los dientes. El patio del templo volvió a vaciarse. El monstruo cerró la bolsa y se la guardó entre las ropas con la indiferencia de quien archiva un documento sin importancia.
Había agotado el cielo. Los guerreros celestes habían caído. Los guardianes de Wudang habían caído. El Gran Sabio necesitaba otra clase de ayuda, y para encontrarla tendría que pensar de manera diferente.
El Dios de Turno Susurra
Fue el dios de turno, ese funcionario menor del orden cósmico que registra los eventos del día y los archiva para su revisión posterior, quien encontró a Sun Wukong sentado en su nube con la cabeza entre las manos y el aspecto de alguien que ha estado calculando posibilidades durante horas sin encontrar ninguna satisfactoria.
El dios de turno era un ser discreto, de apariencia burocrática, que llevaba siempre un libro de registro bajo el brazo y un pincel detrás de la oreja. No era un guerrero ni un sabio ni un inmortal de categoría. Era, simplemente, alguien que sabía cosas porque era su trabajo saberlas.
—Gran Sabio —dijo el dios de turno con la cautela de quien se sabe en posesión de información importante pero no quiere asumir la responsabilidad de haberla dado—, quizás deberíais buscar a alguien que conozca esa bolsa desde dentro.
Sun Wukong lo miró.
—¿Quién conoce esa bolsa desde dentro?
El dios de turno consultó su libro de registro, pasó varias páginas, y encontró lo que buscaba.
—Su dueño original —dijo finalmente—. La bolsa no fue creada por el monstruo. Fue robada.
Maitreya Aparece
El Buda del Futuro, Maitreya, tenía su residencia en el Cielo Tushita, que es el penúltimo cielo antes de la iluminación completa y se caracteriza por un ambiente de júbilo permanente que refleja el carácter de su habitante principal. Maitreya era conocido en el mundo como el Buda Sonriente, la figura rechoncha y risueña que se ve en la entrada de muchos templos, con el vientre expuesto y una sonrisa que abarca toda su cara como si el mundo entero fuera una broma que solo él entiende del todo.
Sun Wukong llegó al Tushita con la urgencia estampada en cada movimiento y encontró al Buda del Futuro exactamente como siempre estaba: sentado en su trono de loto, sonriendo, rodeado de su séquito de discípulos y guardianes.
—Gran Sabio —dijo Maitreya antes de que Sun Wukong abriera la boca—, ya sé por qué venís. Y tengo que confesaros algo que me avergüenza, en la medida en que los budas podemos sentirnos avergonzados.
Sun Wukong se detuvo.
—El monstruo —continuó Maitreya, y su sonrisa se volvió un poco más pequeña, más seria—, es mi paje. Se llama el Niño de las Cejas Amarillas. Huyó hace tiempo robando varios de mis tesoros, y debo admitir que no presté suficiente atención a su paradero.
—¿Vuestro paje —repitió Sun Wukong con una voz muy controlada— ha capturado a mi maestro, a mis hermanos, a los Veintiocho Asterismos, a la Tortuga y la Serpiente de Wudang?
—Así es —dijo Maitreya—. Y la bolsa que usa es la Bolsa de las Semillas del Hombre: un tesoro que contiene la esencia de todas las existencias posibles. No puede ser destruida desde fuera. Solo puede ser vencida desde dentro.
Hubo una pausa.
—¿Cómo se vence desde dentro? —preguntó Sun Wukong.
La sonrisa de Maitreya recuperó todo su ancho.
—Con una sandía muy bien elegida —dijo.
La Gran Sandía
Sun Wukong tardó un momento en comprender. Cuando comprendió, su propia cara se abrió en una sonrisa que hacía pendant con la del Buda del Futuro.
La estrategia era simple en concepto y requeríría precisión en la ejecución. Sun Wukong se transformaría en una sandía: una sandía enorme, perfectamente madura, irresistiblemente apetecible. La dejaría donde el Niño de las Cejas Amarillas la encontrara. El monstruo, que tenía la debilidad de los seres que acumulan poder sin desarrollar sabiduría, no podría resistir engullirla.
Y una vez dentro del monstruo, Sun Wukong haría lo que siempre hacía cuando estaba en el lugar equivocado: todo el daño posible.
Maitreya acompañó al Gran Sabio de regreso al Pequeño Templo del Trueno, pero se quedó en las nubes, a distancia prudente, observando. Era la distancia que mantiene alguien que sabe que lo que viene a continuación es necesario pero prefiere no presenciarlo desde demasiado cerca.
Sun Wukong descendió al patio del templo en su nueva forma: una sandía de proporciones extraordinarias, con una piel rayada de verde brillante y un aroma a fruta madura que impregnó el aire del templo como una promesa.
El Niño de las Cejas Amarillas salió de su pabellón atraído por el aroma antes de que ningún guardián le dijera que había algo inusual en el patio. Sus cejas amarillas se alzaron en una expresión que en cualquier otro contexto habría sido cómica.
—Qué sandía más hermosa —murmuró.
Y la engulló de un bocado.
La Batalla Interior
Lo que sucedió dentro del Niño de las Cejas Amarillas fue algo que los textos médicos de la época no tenían categorías para describir. Sun Wukong, una vez dentro, recuperó su forma de mono en el espacio reducido del estómago del monstruo y empezó a trabajar con la vara de hierro con el entusiasmo metódico de un artesano experto.
El monstruo saltó. El monstruo rugió. El monstruo rodó por el suelo del patio agarrándose el vientre con ambas manos mientras sus propios guardianes retrocedían aterrados. No había precedente en su experiencia para un dolor de esta naturaleza: era como si todo el interior de su cuerpo hubiera decidido rebelarse simultáneamente.
—¡Sacadlo! —gritó el Niño de las Cejas Amarillas, y su voz había perdido toda la autoridad que había tenido durante los días de su triunfo—. ¡Sacad a ese maldito mono de mi estómago!
Pero nadie podía sacarlo, porque el problema estaba dentro, y lo de dentro no se puede solucionar desde fuera.
La voz de Maitreya llegó entonces desde las nubes con la serenidad de quien habla desde un lugar donde el ruido no llega:
—Niño de las Cejas Amarillas. Esta aventura ha terminado. Es hora de volver.
El monstruo se detuvo. El nombre que le había dado Maitreya, "niño", contenía toda la relación que había entre ellos: la deuda de haber sido criado, enseñado, protegido. Era una palabra que no se puede escuchar sin sentir el peso de todo lo que implica.
—Que el mono salga —dijo el Niño de las Cejas Amarillas con una voz mucho más pequeña—. Prometo rendirme.
Sun Wukong salió con la vara en la mano y la expresión de alguien que no está del todo convencido de que las promesas de los demonios sean suficiente garantía. Pero la presencia de Maitreya en las nubes era garantía suficiente.
La Rendición y la Liberación
Maitreya descendió al patio del templo con esa ligereza que tienen los seres que han dejado de tener peso propio. El Niño de las Cejas Amarillas se arrodilló ante él con la bolsa de tela blanca en las manos, ofreciéndola de vuelta.
—¿Dónde está el mazo? —preguntó Maitreya.
El monstruo sacó de entre sus ropas el mazo con que había golpeado el gong de oro, ese instrumento que Sun Wukong había tardado tanto en escapar. Era, en realidad, el mazo con que Maitreya golpeaba su propio gong en el Tushita: otro tesoro robado junto con la bolsa.
Maitreya tomó ambos objetos y los examinó brevemente.
—Están en buen estado —dijo—. Bien cuidados, al menos.
—Los cuidé —murmuró el Niño de las Cejas Amarillas—, porque eran vuestros.
Había algo en esa frase, en esa explicación pequeña y casi infantil, que detuvo brevemente la rabia de Sun Wukong. El monstruo había robado los tesoros de su maestro, pero los había conservado intactos, y en ese cuidado había algo que se parecía a la nostalgia.
Maitreya abrió la bolsa de las Semillas del Hombre y la invirtió sobre el suelo del patio. Lo que salió fue un torrente de seres: primero los Veintiocho Asterismos, que emergieron parpadeando y ajustándose las armaduras; luego la Tortuga Negra y la Serpiente Divina, que se estiraron con la dignidad ofendida de quienes no están acostumbrados a este tipo de indignidades; y finalmente Tang Sanzang, Zhu Bajie y Sha Wujing, que salieron tambleándose y mirando a su alrededor con la expresión de quien no sabe exactamente cuánto tiempo ha pasado.
—¡Maestro! —Sun Wukong estuvo al lado de Tang Sanzang antes de que el monje terminara de orientarse.
Tang Sanzang lo miró con esa mezcla de alivio y ligera reproche que era su reacción habitual a los rescates de su primer discípulo.
—Estoy bien, Wukong —dijo—. ¿Dónde estamos?
—En un lugar que vamos a dejar inmediatamente —respondió el Gran Sabio.
El Fuego del Templo Falso
Antes de retomar el camino, Sun Wukong hizo una cosa más. Sacó de su oreja la vara de hierro, la expandió a su tamaño completo, y con ella recorrió el Pequeño Templo del Trueno pabellón por pabellón, derribando las paredes de madera y tumbando las falsas estatuas de jade. Lo que no cayó con la vara, lo encendió.
El incendio del Pequeño Templo del Trueno fue un espectáculo que los guerreros celestes que habían venido a rescatar a los peregrinos observaron desde las nubes con sentimientos contradictorios: satisfacción ante la destrucción de un lugar de engaño, y también algo parecido al alivio de quien descubre que el problema que parecía irresoluble tenía solución después de todo.
Las llamas eran altas y limpias, del color del amanecer. Consumieron las tejas falsas, los altares falsos, las imágenes falsas de Buda que el Niño de las Cejas Amarillas había fabricado para atrapar incautos. En el humo que subía hacia el cielo había algo que se parecía a una confesión: la admisión de que lo falso, por bien construido que esté, no puede durar.
Maitreya se había llevado ya a su paje de regreso al Tushita. Los guerreros celestes habían regresado al cielo a reportar sus experiencias con la moderación que impone la dignidad. La Tortuga y la Serpiente habían retornado a la Montaña Wudang sin comentarios, que era exactamente la actitud que cabría esperar de seres de su antigüedad.
El Camino Continúa
Tang Sanzang montó de nuevo en su caballo blanco cuando el templo ya no era más que brasas y humo. Sus tres discípulos tomaron sus posiciones habituales: Sun Wukong adelante, Zhu Bajie y Sha Wujing a los costados, el bagaje distribuido según la costumbre de miles de leguas de camino compartido.
El maestro miró hacia el oeste, hacia donde el sol comenzaba su descenso hacia las montañas que todavía quedaban por cruzar. Era un horizonte que nunca parecía acercarse del todo, ese horizonte donde el Buda esperaba con las escrituras que habían de salvar al mundo. Pero Tang Sanzang había aprendido, en años de viaje, que la distancia no era el obstáculo real. El obstáculo real era siempre interior, y el camino hacia el Oeste era también, en cada paso, un camino hacia adentro.
—Maestro —dijo Sun Wukong, que caminaba delante y había estado en silencio más tiempo del que era habitual en él—, ¿estáis bien de verdad?
Tang Sanzang tardó un momento en responder.
—He estado pensando en lo que significa —dijo finalmente— que la bolsa que nos capturó se llame la Bolsa de las Semillas del Hombre. Qué clase de nombre es ese para un arma.
—Es el nombre de un contenedor —dijo Sun Wukong—. Las armas más peligrosas siempre son las que contienen.
El maestro asintió lentamente, como si eso fuera exactamente lo que había estado tratando de articular.
La peregrinación continuó hacia el oeste, con el polvo del camino dorado por la luz del atardecer y los cuatro viajeros proyectando cuatro sombras largas sobre la tierra que quedaba atrás.