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Capítulo 64: El Ermitaño del Bosque y la Hada del Albaricoque

En la Cuesta de las Zarzas, el espíritu del pino rapta a Tang Sanzang y lo lleva a la Ermita de los Inmortales del Bosque, donde cuatro espíritus arbóreos lo entretienen con versos y filosofía zen, hasta que la seductora Hada del Albaricoque intenta doblar su voto de castidad.

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La Cuesta de las Zarzas

Después de dejar atrás el reino de Jisai con sus pagodas y sus peces demoníacos, los cuatro peregrinos retomaron el camino hacia el oeste. El otoño había cedido el paso a un invierno temprano, y los árboles que flanqueaban la senda derramaban sus últimas hojas doradas sobre la tierra helada. Tang Sanzang avanzaba en su caballo blanco con esa quietud que le era propia, recitando en voz baja los sutras que conocía de memoria, mientras sus tres discípulos caminaban a su alrededor como satélites de un planeta sereno.

La cordillera que se alzaba ante ellos no tenía nombre en los mapas que llevaban, pero los aldeanos de la última comarca la llamaban la Cuesta de las Zarzas, por la espesura impenetrable de arbustos espinosos que cubría sus laderas. Era un lugar de silencio extraordinario: ni pájaros cantaban en aquellas ramas, ni insectos zumbaban en la maleza. El único sonido era el crujido de las ramas bajo el viento y el rumor distante de algún arroyo invisible.

—Qué lugar tan extraño —murmuró Sha Wujing, mirando hacia los árboles con sus ojos acuosos—. Incluso el viento aquí huele diferente. Como a resina antigua y tierra húmeda.

—Es simplemente un bosque de montaña —dijo Sun Wukong, aunque sus ojos de mono escaneaban el horizonte con la desconfianza que le era congénita—. Sigamos adelante antes de que oscurezca.

Pero el maestro Tang Sanzang se había detenido. Miraba hacia la ladera con una expresión que sus discípulos no sabían descifrar: ni miedo ni curiosidad exactamente, sino una especie de ensoñación, como si el bosque le susurrara algo que solo él podía escuchar.

—Esos pinos —dijo suavemente—, ¿no os parecen extraordinariamente antiguos?

Sun Wukong siguió la dirección de su mirada. Efectivamente, los pinos que bordeaban el camino eran monumentales: sus troncos, más gruesos que tres hombres abrazados, se alzaban hacia el cielo gris como columnas de un templo natural. Sus raíces habían partido la roca y se extendían por el suelo como serpientes petrificadas.

—Maravillosos árboles —concedió el Gran Sabio—. Pero sigamos caminando, Maestro. No me fío de los bosques que están demasiado tranquilos.

Fue entonces cuando ocurrió. Un viento repentino, cargado con el aroma de la resina de pino, envolvió a Tang Sanzang como una mano invisible. El caballo blanco relinchó y se encabritó. Cuando Sun Wukong se volvió, el maestro había desaparecido.

El Decimoctavo Caballero

Tang Sanzang no había perdido el conocimiento, pero tampoco podía decir con certeza qué le había sucedido. Estaba caminando —o más bien, flotando— a través de una arboleda de pinos gigantescos, guiado por una presencia que no podía ver pero que sentía como una mano firme en su hombro. El suelo bajo sus pies era blando como musgo, y el aire tenía esa densidad particular de los lugares que nunca han visto el sol directamente.

Al cabo de lo que le pareció una eternidad, el bosque se abrió en un claro. En el centro del claro se alzaba una ermita de madera que parecía haber crecido de la tierra misma, tan perfectamente integrada estaba en el paisaje. Sus vigas eran troncos apenas desbastados, su tejado estaba cubierto de corteza de abedul, y alrededor de ella crecían flores que Tang Sanzang no había visto nunca, de colores que no sabría nombrar.

En el umbral de la ermita estaba un anciano de aspecto venerable. Llevaba una túnica verde oscuro que recordaba el color de las agujas de pino, y su barba blanca caía sobre su pecho como una cascada helada. Su porte era el de alguien que ha vivido fuera del tiempo el tiempo suficiente para haberle perdido el respeto.

—Reverendo monje —dijo el anciano con una voz que resonaba como el viento entre las ramas—, bienvenido a nuestra modesta morada. Soy conocido en estas colinas como el Décimo Octavo Caballero.

Tang Sanzang se inclinó con la reverencia que le era habitual.

—Venerable señor, me habéis traído aquí sin mi consentimiento. Mis discípulos estarán buscándome con angustia.

—Vuestros discípulos —dijo el anciano con una sonrisa que contenía siglos de sabiduría— son capaces de encontrar lo que buscan. Por esta noche, permitidme ofreceros hospitalidad. Hay otros que desean conoceros.

La Ermita de los Inmortales del Bosque

El interior de la ermita era más espacioso de lo que su exterior prometía, un fenómeno que Tang Sanzang había aprendido a no cuestionar en sus viajes por el mundo mágico. Tres figuras le esperaban sentadas alrededor de una mesa de madera sobre la que humeaban tazas de té y había dispuestos varios rollos de escritura.

El primero era un hombre de aspecto severo y recto, vestido con ropas azul oscuro, que se presentó como el Señor Recto Solitario. El segundo era delgado y ágil, con un aire de alguien que podría saltar al cielo en cualquier momento, y dijo llamarse el Joven Sobrevolanubes. El tercero era un anciano de cara rosada y movimientos lentos y serenos, que se presentó como el Viejo Espanta-Nubes.

Tang Sanzang los observó con la percepción agudizada por años de viaje. El Décimo Octavo Caballero era un pino. El Señor Recto Solitario era un ciprés. El Joven Sobrevolanubes era un enebro. El Viejo Espanta-Nubes era un bambú. Todos eran espíritus arbóreos que habían alcanzado la forma humana después de siglos de cultivo.

—Reverendo monje —dijo el Décimo Octavo Caballero, sirviendo té en la taza de su huésped—, os hemos traído porque sentimos en vuestro aura el peso del camino hacia el oeste. Somos viejos y estamos más allá del bien y del mal, pero aún nos interesa la sabiduría. ¿Nos haríais el honor de compartir con nosotros algunos versos?

Tang Sanzang, que nunca había podido resistirse a una invitación poética, sintió cómo la tensión de su situación se disolvía en el placer anticipado de los versos.

El Torneo de Poesía

El Décimo Octavo Caballero comenzó con un poema al pino:

Mis raíces besan la roca que no cambia,
mis ramas escriben el cielo que no cabe.
Ni la nieve me doblega ni el sol me hastía:
soy la permanencia que el tiempo no sabe.

El Señor Recto Solitario respondió con un poema al ciprés:

Crezco derecho porque el cielo lo merece,
mi sombra es fría como el honor que no cede.
Los hombres me plantan en tumbas y jardines:
guardo los muertos y cuido los vivientes.

El Joven Sobrevolanubes cantó al enebro:

Fragante y oscuro entre los grandes árboles,
pequeño en forma pero inmenso en constancia.
El invierno revela lo que el verano oculta:
solo quien resiste merece la fragancia.

El Viejo Espanta-Nubes recitó al bambú:

Vacío por dentro, por eso doy paso al viento.
No tengo madera, pero tampoco me rompo.
Los sabios me estudian para aprender el arte
de doblarse sin romperse ante lo que es invento.

Tang Sanzang escuchó cada poema con la cabeza ligeramente inclinada, saboreando cada imagen como quien saborea un té raro. Cuando llegó su turno, el monje cerró los ojos un momento y luego recitó:

Vengo de lejos y hacia lejos voy,
sin más equipaje que este corazón vacío.
Los árboles permanecen, yo paso como el río:
mi hogar es el camino, mi hogar es el hoy.

Los cuatro espíritus arbóreos aplaudieron con genuina admiración. Aquella noche transcurrió en un intercambio de versos, filosofía zen y observaciones sobre la naturaleza del tiempo y la iluminación que Tang Sanzang encontró, pese a la incomodidad de su situación, verdaderamente estimulante.

La Hada del Albaricoque

Fue cerca de la medianoche cuando algo cambió en el ambiente de la ermita. Una fragancia nueva se mezcló con el aroma del té y la resina: dulce y perturbadora, como flores de primavera en el corazón del invierno. Los cuatro espíritus arbóreos intercambiaron miradas que Tang Sanzang no supo leer.

Ella entró sin que nadie abriera la puerta.

Era joven —o tenía la apariencia de la juventud, que no es lo mismo— y su belleza era del tipo que hace daño: perfecta y fría como una estatua de jade. Llevaba ropas de seda color rosa que recordaban los pétalos de los albaricoques en flor, y su pelo estaba adornado con flores reales que no se marchitaban. Sus ojos tenían el brillo de quien conoce el poder que ejerce y lo usa sin remordimientos.

—Reverendo monje —dijo con una voz que era música y veneno al mismo tiempo—, ¿qué hace aquí solo, privado de toda compañía femenina, en este frío y solitario camino?

Tang Sanzang se puso de pie y juntó las palmas ante su pecho con la rigidez de alguien que necesita toda su concentración para mantener una posición.

—Soy un monje —dijo—. Mi única compañía es el Dharma. Mi único destino es el Oeste. Os pido que os marchéis, señora.

La joven se acercó con la calma de quien sabe que el tiempo juega a su favor.

—Los votos son palabras —murmuró—. Las palabras las escribe el mundo. Pero el cuerpo tiene su propia escritura, más antigua y más verdadera.

—Las palabras de Buda —respondió Tang Sanzang con firmeza— son más antiguas que cualquier cuerpo.

El diálogo continuó así durante lo que pareció mucho tiempo: ella acercándose, él manteniéndose firme con la terquedad virtuosa de alguien que sabe exactamente qué perdería si cediera. Los cuatro espíritus arbóreos observaban en silencio, sin intervenir, como testigos de una prueba que no les concernía pero les fascinaba.

La Hada del Albaricoque era, en efecto, el espíritu de un albaricoque milenario. Había cultivado su forma durante siglos y había aprendido que la belleza era el arma más eficaz en el arsenal de los espíritus femeninos. Pero Tang Sanzang era inmune a las armas que funcionan sobre la debilidad, porque su debilidad no era la carne sino otra cosa más sutil y más difícil de nombrar.

Al final, ella se retiró con la gracia de quien aplaza una batalla que considera ya ganada.

El Rescate al Amanecer

Sun Wukong había pasado la noche buscando a su maestro con furia creciente. Su vara de hierro había barrido la ladera de la montaña en todas direcciones, y sus ojos de fuego habían escaneado el bosque sin encontrar rastro del monje desaparecido. Zhu Bajie y Sha Wujing lo seguían a distancia prudente, conociendo el humor de su hermano mayor cuando la ansiedad se convertía en rabia.

Fue el olfato de mono del Gran Sabio lo que finalmente encontró el camino: un rastro tenue de incienso de ermita que se mezclaba con el aroma de los árboles. Siguiéndolo, los tres discípulos llegaron al claro donde estaba la Ermita de los Inmortales del Bosque.

Tang Sanzang salió a recibirlos con la cara pálida pero los ojos tranquilos.

—Hermano —dijo Wukong, mirando la ermita con ojos que ya calculaban—, ¿qué tipo de espíritus son éstos?

—Espíritus arbóreos —respondió el maestro—. Venerables y cultivados, aunque... hubo una visita en la noche que no fue bienvenida.

La expresión de Sun Wukong se tensó.

—Estáis bien, Maestro.

—Estoy bien —confirmó Tang Sanzang—. Pero no creo que debamos quedarnos más tiempo aquí.

Zhu Bajie, que había estado mirando la ermita con el interés particular que ponía en las estructuras donde podría haber comida, tomó una decisión propia. Con el rastillo de nueve dientes empezó a golpear los árboles que rodeaban el claro, uno tras otro, con el entusiasmo destructivo que lo caracterizaba.

—¡Hermano Zhu! —gritó Tang Sanzang.

—Maestro —respondió el cerdo sin detener su tarea—, si no los castigamos, el próximo viajero que pase por aquí sufrirá lo que vos sufrísteis.

Sun Wukong, que rara vez se alineaba con la brutalidad de Bajie, esta vez no intervino. Los espíritus arbóreos habían raptado al maestro, y eso merecía una respuesta. Bajo los golpes del rastillo, los grandes árboles del claro —el pino milenario, el ciprés recto, el enebro fragante, el bambú sereno, y también el arce, el albaricoque, el osmanto y el ciruelo— crujieron y se partieron, liberando a sus espíritus en una nube de hojas y resina que se disolvió en el aire de la mañana.

La Ermita de los Inmortales del Bosque quedó vacía, sus vigas de madera húmedas de rocío y sus flores mágicas marchitándose en la luz del amanecer.

Los cuatro peregrinos retomaron el camino hacia el oeste, dejando atrás la Cuesta de las Zarzas con su silencio peculiar y sus árboles que ya no eran más que árboles.