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Capítulo 56: El espíritu enloquecido mata a bandoleros; el Camino se extravía y el mono del corazón es liberado

Tang Sanzang y sus discípulos tropiezan con una banda de salteadores en la montaña. Sun Wukong mata a dos de ellos y luego al hijo del anciano que los cobija, colmando la paciencia del maestro, quien pronuncia el encantamiento del aro de hierro y expulsa a Sun Wukong de la peregrinación por segunda vez.

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La mente del espejo sin mancha se llama claridad; cuando no surge ni un solo pensamiento, reina la quietud. Sujeta bien al mono y al caballo, no los sueltes, cuida el espíritu con diligencia, no lo exhibas. Suprime los seis ladrones, comprende los tres vehículos, corta todos los lazos y la verdad se vuelve nítida. La lascivia desterrada para siempre abre la puerta del Buda; sentado en la orilla occidental, disfruta la ciudad del Paraíso.

Cuando Tang Sanzang fue rescatado de la Cueva de la Pipa y sus discípulos derrotaron a la demonio escorpiona, la pequeña comitiva reanudó la marcha. Era ya la estación de los calores, y el camino les devolvía el aroma del tomillo silvestre y el canto del oropéndola entre los bambúes. Pero el maestro no había olvidado los días de cautiverio, y viajaba con la espalda más encorvada y el corazón más pesado que de costumbre.

Al bajar por el lado occidental de una gran montaña, encontraron ante ellos un trecho de tierra llana. Zhu Bajie, que caminaba delante fustigando al caballo, protestaba de que la bestia no aceleraba el paso, y él tenía hambre. Sun Wukong agitó el bastón de hierro y dio un grito; el caballo salió disparado como una flecha durante dos decenas de li hasta que moderó el trote por sí solo. Ni el más feroz de los demonios podía hacer que los caballos corriesen como la voz de Sun Wukong, pues desde los tiempos en que fue nombrado Guardián de la Caballeriza Imperial en el Gran Cielo, todos los équidos del mundo llevan impreso en el instinto el miedo al mono.

Cuando Tang Sanzang logró sujetar las riendas, oyó un golpe de platillo y de entre los arbustos surgieron más de treinta hombres armados con lanzas, garrotes y sables. Dos jefes al frente, uno de cara verde y colmillos como un demonio del año nuevo, el otro con ojos saltones y barba amarilla como clavos de acero, bloquearon el camino.

—¡Monje! ¿Adónde vas? Deja el equipaje y te perdonamos la vida.

Tang Sanzang se apeó del caballo temblando y juntó las palmas:

—Señores, soy un sacerdote enviado por el Gran Tang al Oeste a buscar las escrituras sagradas. Hace años que viajamos; lo poco que llevábamos se ha consumido. Los monjes vivimos de la mendicidad. Por favor, déjennos pasar.

—Sin dinero, deja el caballo y el hábito —respondió el jefe de cara verde.

—Este hábito fue cosido pieza a pieza con tela mendigada de puerta en puerta. Quitármelo sería matarme.

El bandolero levantó el garrote. Tang Sanzang, acorralado, dijo una mentira piadosa:

—Esperen. Mi discípulo viene detrás y lleva algo de dinero.

Los bandoleros lo ataron a un árbol y esperaron. Cuando Sun Wukong llegó disfrazado de joven monje con un fardo al hombro, negoció con los salteadores con tal desenfado que hasta ofreció repartir el tesoro en tres partes, incluyendo una para él. Los bandoleros, divertidos, bajaron la guardia. Entonces Sun Wukong sacó de la oreja la aguja de bordar —el bastón de hierro en su forma menor— y cuando los hombres se rieron del regalo irrisorio, la hizo crecer hasta el grosor de un cubo de pozo. La plantó en el suelo y los retó a moverla. Ninguno pudo.

Con dos golpes tendió a los dos jefes en el polvo, muertos. Los demás huyeron como pájaros espantados.

Tang Sanzang bajó del árbol, montó en el caballo y salió al galope hacia el este por equivocación, tan alterado estaba. Zhu Bajie y Sha Wujing lo alcanzaron y lo reencaminaron. El maestro le pidió a Sun Wukong que tuviese piedad de los bandoleros que quedaban, pero Sun Wukong ya había terminado su faena.

Después de enterrar los dos cadáveres con las manos y el rastrillo de Zhu Bajie, Tang Sanzang pronunció un oratorio sobre la tumba improvisada, rompió una rama de bambú verde a modo de incienso y rezó la oración de los difuntos, pidiendo en voz alta que en el Tribunal del Inframundo los muertos no demandasen al monje peregrino sino al discípulo de apellido Sun, que había actuado solo. Sun Wukong se acercó a su vez a la tumba, la golpeó tres veces con el bastón y dijo:

—Bandoleros apestados, escuchadme: vuestros garrotes me golpearon quince o veinte veces sin hacerme cosquillas. Me irritasteis, y en un descuido os maté. Id a quejaron donde queráis — el Emperador de Jade me conoce, los Reyes Celestiales me siguen, los Veintiocho Astros me respetan. En los diez tribunales del infierno serví de amo a los Reyes Yama, y los Cinco Espíritus Errantes fueron mis pajes. No hay tribunal en los tres mundos donde no me conozcan. Id y presentad vuestra demanda.

Tang Sanzang se estremeció ante aquel discurso de soberbia y regañó al discípulo con dureza creciente mientras recogían el equipaje y volvían al camino. Pero Sun Wukong respondía con insolencia, y el maestro se contuvo a duras penas.

Esa noche llegaron a una aldea y pidieron alojamiento a un anciano de apellido Yang, de setenta y cuatro años. La esposa del anciano los recibió mejor que el marido, que al principio huyó espantado al ver las caras de los tres discípulos. Después de cenar arroz y verduras, se instalaron a dormir en un cobertizo del jardín trasero.

Pero en la aldea rondaba la misma banda de salteadores, y entre ellos estaba el hijo único del anciano Yang — un mozo de malos hábitos que desde hacía cinco días no volvía a casa, como el propio padre confesó esa noche con vergüenza a Tang Sanzang. El maestro escuchó en silencio, temiendo en su corazón que aquel hijo fuese uno de los hombres que Sun Wukong había matado en la montaña.

A medianoche, el hijo del anciano llegó con sus compañeros, cocinó arroz, y cuando fue al jardín a buscar leña descubrió el caballo blanco. Su mujer le explicó que eran los monjes peregrinos del Gran Tang. El mozo salió al salón con los ojos brillando de codicia y de rencor:

—¡Compañeros, tenemos suerte! Los que mataron a nuestros jefes están durmiendo en el jardín de mi padre.

Mientras los bandoleros afilaban cuchillos y comían, el anciano Yang escuchó todo desde detrás de la pared. Fue de puntillas al cobertizo y despertó a los cuatro peregrinos en voz muy baja.

—Salid por la puerta trasera. Yo fingiré que duermo. Id rápido.

Tang Sanzang le tomó las manos al anciano y se lo agradeció con lágrimas. Salieron en silencio: Zhu Bajie con el equipaje, Sha Wujing con el caballo, Sun Wukong con el cayado de nueve anillos del maestro.

Al despuntar el alba los bandoleros irrumpieron en el jardín y encontraron el cobertizo vacío con la puerta trasera abierta. Salieron en tropel al camino y corrieron hasta divisar a los peregrinos en la distancia. Tang Sanzang oyó el griterío, volvió la cabeza y vio la nube de polvo que levantaban veinte o treinta hombres armados.

—¡Discípulo, los bandoleros nos alcanzan!

—Maestro, tranquilícese —dijo Sun Wukong, y se volvió a esperar a sus perseguidores con el bastón en alto.

—¡Sólo asústalos! ¡No mates a nadie! —gritó Tang Sanzang.

Pero Sun Wukong no obedeció. Rodeado en un instante por el círculo de lanzas y garrotes que lo atacaban por todas partes, giró el bastón como un molino y barrió a los hombres uno tras otro. Los que lo rozaron murieron; los que lo tocaron cayeron con los huesos rotos; unos pocos escaparon corriendo sin mirar atrás. Luego preguntó a uno de los heridos cuál era el hijo del anciano Yang. El hombre señaló a uno vestido de amarillo. Sun Wukong le cortó la cabeza de un tajo, la recogió por el pelo y corrió hasta el caballo del maestro.

—Maestro, aquí está la cabeza del hijo ingrato del anciano Yang.

Tang Sanzang vio la cabeza chorreante de sangre, lanzó un grito de horror y cayó del caballo. Cuando recuperó el aliento, su rostro no expresaba miedo sino una cólera fría y profunda. Comenzó a murmurar el encantamiento del aro de hierro.

Sun Wukong cayó de rodillas, agarrándose la cabeza con las dos manos mientras el aro se ceñía y se ceñía.

—¡Maestro, para! ¡Para! ¡Lo que tengas que decirme, dímelo!

Tang Sanzang dejó de recitar. Habló con voz monótona, sin mirar al discípulo:

—Ayer mataste a los dos jefes de los bandoleros. Ya te reprendí. Esta noche ese anciano nos salvó la vida abriéndonos la puerta trasera con riesgo propio. Su hijo era un malhechor, es verdad, pero no te había hecho nada a ti. Y además has vuelto a matar a muchos hombres más. Te he aconsejado innumerables veces que cultives la compasión. No hay en ti ni una sola semilla de bondad. No te quiero en esta peregrinación. Vuelve a donde viniste.

—Maestro…

—Vuelve al Monte de las Flores y la Fruta. Yo seguiré solo.

Sun Wukong sabía que el maestro hablaba en serio. Se inclinó hasta tocar el suelo con la frente, y cuando levantó la cabeza no dijo nada. Se puso en pie, se sacudió el polvo del hábito y saltó a su nube de voltijetas. En un instante no quedó de él más que el eco del viento entre los bambúes.

Tang Sanzang se enderezó, montó en el caballo blanco y siguió hacia el oeste sin volver la cabeza. Zhu Bajie y Sha Wujing lo siguieron en silencio, cargando el equipaje, sin atreverse a decir una palabra.

El camino era largo y la montaña, inmensa. Y el mono del corazón vagaba solo entre las nubes, sin saber aún a dónde lo llevaría su siguiente destino.