Capítulo 55: La lascivia maligna acosa a Tang Sanzang; la pureza del espíritu preserva el cuerpo incorrupto
Sun Wukong y Zhu Bajie descubren que el demonio que secuestró a Tang Sanzang es una escorpiona gigante de la Cueva de la Pipa. Guanyin dirige a Sun Wukong al Oficial Estelar Mao Ri, un gallo celestial cuyo canto derrota a la escorpiona, liberando al maestro de sus garras.
Cuando Sun Wukong y Zhu Bajie se disponían a usar sus poderes para neutralizar a aquellas mujeres del Reino de las Mujeres, oyeron el grito de Sha Wujing a sus espaldas y se volvieron de pronto: Tang Sanzang había desaparecido. Sun Wukong saltó a las nubes y escudriñó el horizonte con la palma de la mano a modo de visera; vio una columna de polvo arremolinándose hacia el noroeste. Llamó a sus hermanos a voz en grito, montaron sobre el viento y persiguieron aquella espiral de ceniza hasta que llegaron al pie de una montaña donde el torbellino se deshacía en nada.
Buscaron sin hallar rastro alguno hasta que descubrieron, detrás de un gran peñasco que hacía de biombo, una puerta de piedra con seis caracteres grabados: Monte Veneno — Cueva de la Pipa. Zhu Bajie levantó el rastrillo para golpear la puerta, pero Sun Wukong lo detuvo.
—Hermano, no te apresures —dijo—. Aguarda aquí con el caballo mientras yo entro a explorar.
Pronunció un conjuro, sacudió el cuerpo y se transformó en una abeja de vuelo silencioso. Cruzó por una rendija de la puerta y se internó en los aposentos interiores, donde una mujer-demonio de extraordinaria hermosura presidía una pérgola florida rodeada de doncellas. Pronto dos sirvientas aparecieron con dos bandejas humeantes: una de bollos de carne humana, la otra de bollos de pasta de judías. A una señal de la señora, dos doncellas condujeron a Tang Sanzang desde el fondo del palacio. El maestro tenía el semblante amarillo y los ojos enrojecidos por el llanto.
—Está envenenado —pensó Sun Wukong desde su escondrijo.
La demonio descendió de la pérgola, tomó al maestro de la mano con dedos de bambú tierno y le dijo con voz melosa que en aquella cueva podría rezar sus sutras en paz y que ella sería su compañera de camino para siempre. Tang Sanzang guardó silencio. Entonces la demonio le ofreció los bollos: tomó el de judías y ofreció al espíritu el de carne sin abrirlo.
—¿Por qué no lo partes? —preguntó la demonio con una sonrisa.
—Los monjes no partimos la carne —respondió Tang Sanzang.
—Pero si ayer bebiste del Río Madre e Hijo, ¿cómo es que hoy rechazas la carne y aceptas la pasta dulce?
Tang Sanzang, sin comprender la insinuación, respondió con una sentencia:
—El agua alta apresura el barco; la arena que cede enlentece al caballo.
Sun Wukong comprendió que la demonio quería turbar el entendimiento del maestro, y salió de su disfraz de golpe, blandiendo el bastón de hierro. La demonio escupió una columna de humo que envolvió la pérgola, ordenó que recluyesen al maestro y salió al exterior empuñando un tridente de tres púas.
—¡Mono insolente! ¿Cómo te atreves a irrumpir en mi morada?
Se trabó un combate feroz. Zhu Bajie acudió en ayuda de su hermano y la lucha se prolongó sin que ninguno cediera terreno. Pero la demonio empleó un ardid mortal: alzó el cuerpo de golpe y clavó en la cabeza de Sun Wukong lo que parecía la punta de su cola. El gran sabio lanzó un grito de dolor y retrocedió tambaleándose.
—¡Ay, ay, ay! —gemía, apretándose el cráneo con ambas manos.
Zhu Bajie, asombrado, se burló de él:
—Tú que siempre presumes de tener la cabeza más dura del cielo…
—No es broma —dijo Sun Wukong—. Ni el hacha de los Veintiocho Astros, ni el fuego del horno del Viejo Laozi me habían hecho daño. Y esta cosa me ha pinchado y ahora tengo la cabeza como partido en dos.
Sha Wujing examinó el lugar donde decía que le dolía. No había herida visible, pero el veneno actuaba por dentro. Los tres hermanos se sentaron al pie de la montaña, sin poder avanzar, preguntándose qué criatura podría herir así la cabeza del inmortal más resistente de los tres mundos.
Mientras deliberaban, vieron venir por el camino del sur a una anciana que cargaba una cesta de bambú verde llena de verduras. Sha Wujing propuso preguntarle, pero Sun Wukong la miró con más atención y vio una nube de luz auspiciosa sobre su cabeza y vapores perfumados envolviéndola.
—¡Hermanos, arrodillaos! —exclamó—. Es la Bodhisattva.
Los tres se postraron. La anciana soltó la cesta, se elevó en el aire y mostró su forma verdadera: la Guanyin de la Canasta de Pez, con su halo de compasión y su bambú florido. Sun Wukong voló hasta ella y le suplicó orientación.
—Este demonio es de los más peligrosos —dijo la Bodhisattva—. Su tridente no son más que sus dos pinzas frontales, y lo que os ha clavado no es arma ninguna: es el aguijón de su cola, llamado el Clavo Venenoso que Derriba Caballos. Su naturaleza verdadera es la de una escorpiona gigante. Antaño fue a la montaña del Trueno Sonante a escuchar los sutras del Buda Tathagata, y cuando el Buda intentó apartarla con la mano, ella le clavó el aguijón en el pulgar izquierdo. Incluso el Tathagata sufrió ese dolor sin poder ocultarlo. Para vencerla necesitáis pedir ayuda a alguien que yo no puedo enviaros: id al Oficial Estelar Mao Ri en el Palacio de la Luz, en la Puerta Oriental del Cielo.
Dicho esto, la Bodhisattva se disolvió en un resplandor dorado que regresó al Mar del Sur.
Sun Wukong desplegó su nube de voltijetas y en un instante llegó a la Puerta Oriental del Cielo. El Rey Celestial del Crecimiento y los cuatro Mariscales Estelares lo saludaron. Le dijeron que el Oficial Mao Ri había estado en el Observatorio Estelar por orden del Emperador de Jade y que quizás ya regresaba al Palacio de la Luz. En efecto, al asomarse Sun Wukong a las puertas del palacio vio acercarse una comitiva de soldados celestes que escoltaban al Oficial Estelar, aún con sus vestiduras bordadas en oro para la audiencia imperial. Era una figura de porte majestuoso: coronado con los Cinco Picos y envuelto en nubes de siete estrellas, con un abanico de plumas de martin pescador y cinturón de jade refulgente.
Sun Wukong le explicó el motivo de su visita. El Oficial, sin pedir siquiera regresar a informar al Emperador de Jade, dijo:
—La Bodhisattva me nombra, y una causa tan urgente no admite demora. Vayamos.
Llegaron juntos al pie del Monte Veneno. El Oficial curó a Zhu Bajie con un simple toque en los labios y un soplo, disolviendo el veneno de la cola que también a él había alcanzado. Después curó a Sun Wukong del entumecimiento que aún le persistía en la corona.
Zhu Bajie derribó la puerta a golpes de rastrillo. La demonio salió furiosa con su tridente, arrojando fuego por la nariz y humo por la boca. Cuando estuvo lo bastante cerca, Sun Wukong y Zhu Bajie retrocedieron a propósito para que la criatura cruzara el biombo de piedra.
—¡Oficial Mao Ri, es vuestra hora! —gritó Sun Wukong.
El Oficial Estelar se irguió en la ladera y mostró su forma verdadera: un gallo enorme de doble cresta, con la cabeza erguida a la altura de un hombre, los ojos furiosos y las espuelas largas como lanzas. Cantó una vez. La escorpiona se detuvo en seco. Cantó por segunda vez. El cuerpo de la demonio se ablandó como cera al fuego. En un instante, ante los ojos atónitos de todos, quedó reducida a lo que siempre había sido: una escorpiona del tamaño de una pipa de música, retorciéndose en el polvo del camino.
La cresta florida se alza como corona de batalla, las garras son de piedra y los ojos de tormenta. No es ave cualquiera que grazna en los tejados: es estrella hecha carne, y su canto es una sentencia. La escorpiona que osó pinchar el pulgar del Buda vuelve hoy a su forma primera, al suelo, a la nada.
Zhu Bajie se abalanzó sobre la criatura y la aplastó con su rastrillo hasta convertirla en una pasta oscura. El Oficial Estelar se despidió con una reverencia, se envolvió en luz dorada y ascendió de regreso al Cielo.
Los tres hermanos entraron en la cueva. Las doncellas que servían a la demonio se postraron:
—Señores, nosotras no somos espíritus malignos. Fuimos raptadas del Reino de las Mujeres. Vuestro maestro está en la cámara interior, llorando.
Sun Wukong entró al fondo y llamó:
—Maestro.
Tang Sanzang lo vio llegar con sus tres discípulos y la alegría le devolvió el color al rostro. Zhu Bajie le contó todo: la intervención de Guanyin, el viaje de Sun Wukong al Cielo, el canto del gran gallo celestial. El maestro agradeció a cada uno con las palmas juntas.
Encontraron arroz y fideos vegetarianos en la despensa, prepararon una comida sencilla y comieron. Luego condujeron a las doncellas cautivas fuera de la cueva, les señalaron el camino de regreso al Reino de las Mujeres, prendieron fuego a la cueva y, cuando las llamas acabaron de consumirla, Tang Sanzang montó en el caballo blanco y el grupo reemprendió la marcha hacia el oeste, dejando atrás el humo negro del Monte Veneno.