Capítulo 45: El Gran Sabio deja su nombre en el Templo de los Tres Puros; el Rey Mono muestra su poder en el Reino de Chechi
Los tres discípulos, disfrazados de los Tres Puros, engañan a los Inmortales de Chechi para que beban su orina como agua santa. Al día siguiente, Sun Wukong derrota al Gran Inmortal Fuerza del Tigre en el concurso de invocar la lluvia, controlando en secreto a los dioses del viento, las nubes, el trueno y los Reyes Dragón, que se manifiestan visiblemente ante el rey.
Sun Wukong pellizcó a Sha Wujing con la mano izquierda y a Zhu Bajie con la derecha: los dos discípulos se pusieron alerta de golpe. Los tres siguieron sentados en el altar, inmóviles como estatuas de barro lacado, mientras los sacerdotes entraban al salón con sus antorchas y sus faroles y miraban en todas las esquinas sin encontrar nada anormal.
El Gran Inmortal Fuerza del Tigre se rascó la cabeza.
—¿Quién comió todas las ofrendas?
—Parece que fue trabajo de personas —dijo Fuerza del Ciervo—. Todo tiene marcas de dientes, las pieles peladas, los huesos escupidos. ¿Por qué no se ve a nadie?
El Gran Inmortal Fuerza de la Oveja tuvo una idea:
—Maestros, no os preocupéis. Llevamos veinte años rezando día y noche con sincera devoción. El Cielo debe de haberlo notado. Es posible que los propios Tres Puros hayan bajado en persona a aceptar las ofrendas. Ya que su divina carroza aún no ha partido, podríamos aprovechar para pedirles agua sagrada y píldoras de cinabrio para presentar al rey.
—Tienes razón —acordaron los otros dos.
Ordenaron a los sacerdotes menores que tocaran los instrumentos y recitaran el Sutra de la Moral y el Camino. Fuerza del Tigre se puso las vestiduras ceremoniales, alzó la tableta de jade y se prosternó ante los tres Inmortales del altar, que eran en realidad Sun Wukong, Zhu Bajie y Sha Wujing con los ojos entrecerrados.
Fuerza del Tigre proclamó sus méritos: veinte años de trabajo, la supresión del budismo, el templo construido, el rey conservado en su trono. Y pidió el agua sagrada y las píldoras de larga vida para el monarca.
Zhu Bajie, en pánico silencioso, murmuró al Mono:
—¿Qué hacemos? Comimos sus ofrendas y ahora nos piden agua sagrada. Si no respondemos, se darán cuenta.
—¿Tenemos algo que darles? —murmuró Sha Wujing.
—Dejadlo en mis manos —dijo el Mono—. Cuando yo tenga algo, vosotros también tendréis.
Fuerza del Ciervo se sumó a la súplica con otra larga proclama de devociones. Los sacerdotes menores esperaban en silencio. El Mono abrió la boca finalmente:
—Jóvenes Inmortales, dejad de postraros. Queremos daros esta agua sagrada pero tampoco queremos que sea demasiado fácil.
Los sacerdotes aplaudieron con entusiasmo. Trajeron recipientes: Fuerza del Tigre cargó una tinaja grande que colocó en el suelo del altar; Fuerza del Ciervo puso una palangana de arena sobre la mesa de las ofrendas; Fuerza de la Oveja vació un florero de sus flores y lo dejó en el centro.
—Salid todos al patio —ordenó el Mono—. No se puede revelar el secreto del Cielo ante ojos mortales.
Los sacerdotes obedecieron y cerraron los paneles del salón. El Mono se puso en pie, levantó su camisón de tigre y orinó en el florero. Zhu Bajie, que llevaba todo el banquete aguantando las ganas, soltó sobre la palangana de arena un chorro que sonó como el río Lüliang desbordado. Sha Wujing llenó media tinaja.
Los tres volvieron a sus posiciones.
—Jóvenes Inmortales, podéis entrar a tomar el agua sagrada.
Los sacerdotes irrumpieron con reverencias. Los Inmortales mayores distribuyeron el agua en cuencos. Fuerza del Tigre fue el primero en beber. Se limpió los labios, frunció el ceño.
—¿Está buena? —preguntó Fuerza del Ciervo.
—No del todo —respondió el otro, con la boca torcida—. Tiene un cierto sabor ácido.
Fuerza de la Oveja tomó su sorbo.
—Huele a orina de cerdo.
El Mono, desde el altar, escuchó las palabras que lo delataban. Calculó que ya era tiempo de marcharse con estilo.
—¡Atención, sacerdotes! Escuchadme bien. ¿Dónde han visto que los Tres Puros bajen a estos sótanos? Somos monjes de la Gran Tang en camino al oeste. Esta noche nos colamos a comer vuestras ofrendas. Os habéis bebido nuestra orina. ¡Devolvednos las gracias!
Los sacerdotes tomaron escobas, tinajas, tejas y piedras y lanzaron todo contra el altar. El Mono cogió a Sha Wujing con la mano izquierda y a Zhu Bajie con la derecha, irrumpió por la puerta, se lanzó al cielo en su nube y voló de vuelta al Templo Zhiyuan. Los tres se desnudaron, se echaron a dormir como si nada hubiera pasado.
Antes del alba, el rey celebraba corte. Tang Sanzang mandó al Mono que solicitara el sello en el pasaporte. Los cuatro entraron al palacio con el pasaporte extendido. Pero apenas el rey lo leía, llegaron los tres Inmortales furiosos a declarar todo lo ocurrido: los dos discípulos muertos en la puerta, los quinientos monjes liberados, las estatuas sagradas arrojadas al retrete, las ofrendas comidas, el agua sagrada que resultó ser orina.
El rey, que era hombre de gratitudes largas, se levantó del trono para recibir a los Inmortales.
Sun Wukong impugnó cada cargo ante el rey con lógica implacable: dos testigos muertos no son prueba; los monjes liberados tampoco tienen testigos vivos; y en cuanto a haber profanado el templo la noche pasada, ¿cómo iban unos forasteros recién llegados a conocer la ubicación de un templo privado?
El rey titubeó. En ese momento llegaron varios ancianos del pueblo a pedir lluvia: llevaba toda la primavera sin llover y las cosechas estaban en peligro.
El rey tuvo una idea:
—Monje Tang, ¿cuánto saber tenéis en materia de lluvia?
—Un poco —respondió Sun Wukong antes de que Tang Sanzang pudiera pensar.
—Entonces esto es lo que haremos: si vosotros y los Inmortales competís por invocar la lluvia y uno de los dos la trae, le perdonamos todos los cargos y le damos el sello en el pasaporte. El que no traiga lluvia será juzgado.
Sun Wukong aceptó con una reverencia y una sonrisa.
El altar ya estaba preparado: una plataforma de tres zhangs de alto, con las banderas de las veintiocho constelaciones en torno, un incensero de bronce, dos candelabros de bronce con velas encendidas, una tableta de oro con los nombres de los dioses del trueno, cinco tinajas con agua clara sobre la que flotaban ramas de sauce, cinco estacas con los nombres de los enviados de los cinco truenos, rodeadas cada una de dos sacerdotes con mazas para golpear los postes.
El Gran Inmortal Fuerza del Tigre subió al altar sin ceder el paso.
—¿No me dejáis ir primero? —preguntó el Mono.
—Haced vuestro trabajo primero —respondió Fuerza del Tigre con desdén.
El Mono se santificó:
—Bien. Entonces al menos explicad las señales para saber de quién es la lluvia.
—Un golpe de mazo: el viento. Dos golpes: las nubes. Tres: el trueno y el relámpago. Cuatro: la lluvia. Cinco: todo se despeja.
El Inmortal subió, quemó el talismán, pronunció el conjuro, golpeó el mazo una vez. A media altura del cielo apareció un ligero movimiento de aire.
Zhu Bajie empezó a ponerse nervioso.
—Hermano mayor, la primera señal ya funcionó.
—Silencio —dijo el Mono—. Dejad que yo actúe.
El Mono arrancó un pelo, sopló sobre él y creó un doble de sí mismo que se quedó junto a Tang Sanzang. Luego su alma verdadera ascendió al cielo y llamó a voz en grito a la Madre del Viento y al Segundo Señor del Viento.
—Deteneos. Estoy protegiendo al monje Tang en su viaje al oeste. En este momento compito con un sacerdote falso por ver quién invoca la lluvia. Vosotros no debéis ayudar al sacerdote. Si movéis siquiera un pelo con vuestro viento, os doy veinte golpes de bastón a cada uno.
Los dioses del viento cerraron su saco y ataron la cuerda.
En el altar, el mazo sonó una segunda vez. En el cielo asomaron nubes oscuras. El Mono interceptó al Niño de las Nubes y al Señor de la Niebla.
—Lo mismo que les dije a los del viento os digo a vosotros.
Las nubes se disiparon. El sol salió resplandeciente. Zhu Bajie se echó a reír.
—¡Ese sacerdote solo sirve para engañar al rey! ¡Le falló el viento y ahora le fallan las nubes!
El Inmortal, cada vez más nervioso, soltó el cabello, desenvainó la espada, quemó otro talismán y golpeó el mazo por tercera vez. Desde la Puerta Sur del Cielo bajaron el General Deng con el dios del trueno y la diosa del relámpago. El Mono los interceptó en el aire.
—¿Con qué autoridad venís?
—El sacerdote emitió los documentos oficiales y los quemó —explicó el General Deng—. El Jade Emperador recibió el rito y nos envió de acuerdo a las normas. No somos nosotros los que elegimos a quién obedecer.
—Entiendo —dijo el Mono—. Entonces quedaos quietos hasta que yo os dé la señal. Ayudadme a mí, no al sacerdote.
El trueno calló. El relámpago se apagó.
Luego llegaron los cuatro Reyes Dragón, respondiendo también a los conjuros del Inmortal. El Mono los interceptó a todos.
—Aoshun, hermanos, detened la lluvia. Quien traiga la lluvia hoy seré yo, no ese sacerdote.
El Rey Dragón Aoshun recordó al Mono con afecto.
—Gran Sabio, todavía tenemos preso a ese cocodrilo pequeño de antes, esperando vuestra decisión.
—Haced con él lo que consideréis justo. Pero primero, hoy, ayudadme.
Los dragones asintieron.
El Mono regresó a su cuerpo doble, lo reabsorbió y llamó al sacerdote desde abajo:
—Las cuatro señales ya sonaron y no llegó nada. Es mi turno.
El Inmortal bajó del altar a regañadientes. El Mono subió con el maestro.
—Maestro, yo me encargo. Vos sentaos y recitad el Sutra del Corazón.
Tang Sanzang se acomodó en el centro del altar y comenzó a recitar en silencio. Cuando terminó el sutra, el Mono sacó el bastón de la oreja, lo hizo girar en el viento y lo señaló al cielo.
La Madre del Viento abrió su saco. El Segundo Señor del Viento soltó la cuerda. Un vendaval barrió la ciudad, arrancó tejas, dobló árboles, levantó arena, agitó banderas en el palacio real.
El Mono señaló por segunda vez. Las nubes cubrieron el cielo. La oscuridad era tan densa que no se veía la puerta del palacio de los Cinco Fénix.
El Mono señaló por tercera vez. El dios del trueno y la diosa del relámpago cruzaron el cielo. Las descargas sacudieron la montaña de la Horquilla de Hierro. Los destellos dorados salieron del Mar Oriental. El rey en la torre temblaba; los nobles de la corte se acurrucaban.
—General Deng —gritó el Mono desde el altar—, ¡asegúrate de golpear a los funcionarios corruptos y a los hijos ingratos! ¡Que sirva de escarmiento!
El trueno redoblaba cada vez más fuerte.
El Mono señaló por cuarta vez. Los cuatro Reyes Dragón soltaron sus aguas. La lluvia cayó desde la hora del dragón hasta antes de la hora del caballo: las calles de Chechi se inundaron, las zanjas desbordaron, los campos bebieron.
El mensajero del rey llegó al altar empapado:
—Santo Monje, ya es suficiente. Más lluvia dañaría los cultivos.
El Mono señaló por quinta vez. En un instante: el trueno se recogió, el viento se durmió, la lluvia paró, las nubes se deshicieron. El sol irrumpió como si nunca hubiera estado nublado.
El rey, desde la torre, llamó a sus ministros:
—¡Qué monje tan capaz! Nuestro Inmortal también sabe traer lluvia, pero cuando quiere que pare, la lluvia fina sigue durante medio día. Este monje quiere que pare y para de inmediato. ¡El cielo completo en un instante!
El rey ordenó sellar el pasaporte y dejar ir a los peregrinos. Ya tenía el sello en la mano cuando los tres Inmortales se arrojaron ante el trono con grandes reverencias.
—Majestad, esa lluvia no fue obra del monje. Fue gracias a nuestro poder taoísta. Yo envié los documentos, quemé los talismanes, golpeé el mazo: los dragones vinieron por mi llamado. El monje llegó tarde y se aprovechó del momento. La lluvia sigue siendo nuestra.
El rey, eternamente indeciso, vaciló.
El Mono se adelantó un paso.
—Majestad, si el Inmortal invocó a los dragones, que los haga aparecer ahora. Yo también puedo invocarlos. El que logre que los dragones se manifiesten visiblemente habrá ganado.
El rey aceptó el reto. El Inmortal llamó a los dragones una y otra vez. Los dragones, en presencia del Mono, no asomaron ni una escama.
—Los dragones están en casa —mintió el Inmortal.
—¡Están en casa y yo los traeré! —anunció el Mono.
Levantó la voz al cielo:
—¡Aoshun! ¡Hermanos! ¡Apareced en forma visible ante el rey!
Los cuatro Reyes Dragón salieron de las nubes en sus formas originales: cuatro serpientes colosales de garras blancas y escamas de plata, con barbas flotantes y cuernos erguidos, girando en el cielo sobre el Gran Salón.
El rey bajó de su trono a quemarles incienso. Los ministros se prosternaron en las escaleras del palacio.
—¡Qué prodigio! —exclamó el rey—. ¡Jamás en veintitres años de reinado había visto un dragón vivo!
—Dioses del cielo —llamó el Mono—, volveos a vuestros palacios. El rey os ofrecerá sacrificios en otro momento.
Los dragones desaparecieron entre las nubes. Los ministros y los soldados quedaron boquiabiertos.
Esta es la verdadera ley, vasta e ilimitada: alcanza la naturaleza auténtica y destruye todas las doctrinas falsas.