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Capítulo 30: El demonio perverso invade la corte; el Caballo Blanco añora al Rey Mono

El Demonio de la Túnica Amarilla entra al palacio disfrazado de hombre guapo y transforma a Tang Sanzang en tigre; el Dragón Blanco lucha contra el demonio y es herido; Zhu Bajie va a buscar a Sun Wukong a la Montaña de las Flores y las Frutas.

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El demonio dejó a Sha Wujing atado en la cueva sin matarlo, sin golpearlo, sin decirle una sola palabra cruel. Se quedó de pie en mitad de la sala, pensando. Luego se acordó de que el maestro Tang había pasado por su cueva, y empezó a atar cabos.

Si el monje del Este sabía que la princesa estaba aquí, alguien se lo había dicho. Y si alguien se lo había dicho, eso explicaba por qué Zhu Bajie y Sha Wujing habían vuelto con órdenes del rey.

Fue a buscar a la princesa.

La encontró en sus habitaciones, recién peinada, avanzando hacia él con la sonrisa entrenada de trece años de convivencia. El demonio la miró con los ojos entrecerrados.

—¿Le diste una carta al monje?

La princesa no se alteró.

—¿Qué carta? No sé de qué hablas.

—Te lo pregunto una vez más.

—Estás equivocado, esposo. No envié ninguna carta.

—Entonces por qué volvieron. —Le agarró el pelo y la arrastró hasta donde estaba Sha Wujing amarrado—. Pregúntaselo tú mismo.

Sha Wujing miró al demonio, luego miró a la princesa en el suelo, y tomó una decisión en el tiempo que tarda una lámpara en apagarse. Esta mujer había arriesgado su vida para salvar a su maestro. No iba a traicionarla.

—¿Qué carta ni qué nada? —dijo Sha Wujing con la voz más tranquila que pudo—. Vine porque el maestro Tang, cuando pasó por el reino, mencionó haber visto una mujer en esta cueva que parecía de familia noble. El rey mandó buscar un retrato que tenía de su hija y lo reconoció. Por eso nos envió. No hay carta que valga.

El demonio lo estudió un momento. Luego soltó el pelo de la princesa, la ayudó a levantarse con una torpeza que era lo más cercano a la ternura que sabía demostrar, y le dijo que lo sentía.

La princesa se compuso el cabello y dijo:

—Si sientes tanto haberme asustado, suéltale un poco las cuerdas al monje.

El demonio dio la orden. Los demonios menores aflojaron las ligaduras de Sha Wujing, aunque lo mantuvieron encadenado al suelo.

Después el demonio mandó poner la mesa para una cena de reconciliación. A mitad de la segunda copa de vino se levantó y fue a cambiarse de ropa.

—¿A dónde vas? —preguntó la princesa.

—A conocer a mi suegro.

—No puedes.

—¿Por qué no?

—Porque mi padre nunca ha visto a nadie como tú. Si entras al palacio con esa cara, el susto puede matarle.

El demonio se miró en el reflejo oscuro de la copa de vino.

—Entonces me transformo.

—A ver.

El demonio se sacudió de pies a cabeza. Donde había estado una bestia de cara azul índigo y colmillos de marfil, apareció un hombre joven de facciones elegantes, bien vestido, la clase de hombre que en las novelas galantes provoca suspiros en las damas de la corte.

La princesa lo examinó con una mezcla de alivio y de algo que no era exactamente miedo pero se le parecía.

—Bien. Pero cuidado cuando bebas. El vino afloja las transformaciones.

—No te preocupes —dijo él, y partió sobre su nube.


En el palacio del Reino del Tesoro Elefante, el rey seguía conversando con Tang Sanzang cuando llegó el anuncio:

—Majestad, el tercer yerno pide audiencia.

El rey frunció el ceño.

—Solo tengo dos yernos. ¿El tercer yerno?

—Será el demonio —murmuró uno de los ministros.

—Lo sé —dijo Tang Sanzang—. Pero si no lo recibís, entrará de todas formas. Es mejor recibirlo.

El hombre guapo entró al salón del trono con el paso estudiado de quien conoce los protocolos de la corte mejor de lo que debería. Saludó con una reverencia perfecta. Los ministros lo miraron sin ver en él nada más que a un caballero apuesto.

El demonio se acercó al rey y le contó una historia elaborada: hacía trece años, de caza por las montañas, había visto a un tigre que llevaba a una muchacha sobre el lomo. Había matado al tigre de una flecha, había rescatado a la joven, y cuando esta nunca mencionó ser princesa, él supuso que era una muchacha corriente y se casó con ella. Si hubiera sabido quién era, habría ido inmediatamente a pedir la mano.

—Y en cuanto al monje Tang —añadió el demonio con la voz suave del que llega a la parte más importante—, hay algo que debéis saber. Ese tigre que rescaté a vuestra hija, al que le disparé, era un tigre maestro. Lleva trece años cultivando su poder en la montaña y ha conseguido transformarse en forma humana. Lo que os presentaron como un monje de la Tierra del Este no es ningún monje. Es ese mismo tigre que quería comerse a mi esposa. Puedo probarlo.

—¿Cómo? —preguntó el rey.

—Con un poco de agua limpia.

Le trajeron un cuenco. El demonio murmuró un encantamiento, tomó un sorbo y lo escupió en dirección a Tang Sanzang mientras gritaba: «¡Transforma!»

El maestro Tang —que había estado sentado en una silla lateral escuchando con creciente alarma— se retorció, se contrajo, y en el lugar donde había estado el monje apareció un tigre de manchas blancas y negras, los ojos amarillos como monedas de oro, el gruñido sordo subiendo desde el pecho.

El salón del trono estalló en pánico. Los guardias avanzaron con lanzas y mazas. Los ministros se apiñaron en los rincones. Fueron los dioses invisibles que guardaban al maestro los que lo mantuvieron vivo mientras las armas lo golpeaban sin penetrar su piel; al final los soldados lo capturaron con redes y lo encerraron en una jaula de hierro en una sala lateral.

El rey agradeció al falso yerno su revelación y mandó preparar un banquete. Dieciocho bailarinas de palacio fueron enviadas a entretener al huésped de honor.

La noche avanzó. El demonio bebió. Llegó la segunda copa, luego la tercera. Hacia las dos de la madrugada la transformación empezó a ceder, como el rey le había advertido que ocurriría, y el demonio agarró a la primera bailarina que tuvo a mano y le dio un mordisco en el cuello. Las otras diecisiete huyeron despavoridas por todos los pasillos del palacio.


En la posada donde el equipaje esperaba sin dueño, el Caballo Blanco —que en su vida verdadera era un príncipe dragón del Mar Occidental, condenado a servir de montura hasta que el maestro llegara a su destino— escuchó desde el establo el rumor que se extendía por el palacio: el monje de la Tierra del Este resultó ser un tigre disfrazado.

El dragón conocía la diferencia entre la verdad y las mentiras convenientes. Sabía perfectamente lo que había pasado. Sabía también que Zhu Bajie llevaba dos días sin dar señales, que Sha Wujing estaba capturado en la cueva, y que Sun Wukong seguía lejos.

A las dos de la madrugada tomó una decisión. Rompió las correas del pesebre, soltó la silla y se transformó: de caballo blanco a dragón de escamas plateadas, los ojos como ascuas rojas, la cola azotando el aire de la cuadra. Subió a las nubes y buscó el salón del trono.

Desde arriba vio las luces del banquete y al demonio solo en la mesa, comiendo lo que no debería comer. Descendió hasta el nivel de las ventanas, se transformó en una doncella de palacio y entró.

—Noble señor —dijo con la voz más tranquila que pudo lograr—, he venido a servirle el vino.

El demonio, medio borracho, la aceptó sin preguntas. El dragón llenó la copa hasta que el vino formó una torre de trece pisos perfectamente equilibrada sin derramar una gota.

—¿Sabes bailar? —preguntó el demonio.

—Un poco.

—¿Sabes manejar un sable?

—Un poco.

El demonio desenvainó su propia espada y se la pasó. El dragón la tomó, ejecutó una serie de figuras de exhibición, y luego la dirigió hacia el demonio con toda la intención del mundo.

El demonio se apartó, cogió del suelo un candelabro de hierro macizo que pesaba casi cien libras y lo blandió como si fuera una ramita. Los dos salieron al patio: el dragón en su forma verdadera, el demonio con sus colmillos recuperados.

Uno era el monstruo nacido en la Cueva del Plenilunio, el otro era el dragón verdadero desterrado del Mar del Oeste. Uno lanzaba destellos de luz como relámpagos blancos, el otro despedía un brillo afilado como nubes rojas. Uno avanzaba como un elefante de colmillos de marfil sobre la tierra, el otro caía como un gato de garras doradas desde el cielo. Uno era el pilar de jade que sostiene el firmamento, el otro era la viga de oro que arquea el mar. El dragón de plata volaba y giraba, el demonio amarillo giraba y avanzaba. La espada iba y venía sin descanso de un lado, el candelabro de hierro batía sin tregua del otro.

Ocho asaltos, nueve. El dragón empezó a sentir los músculos como de agua. El demonio era más fuerte de lo que parecía. En el décimo asalto el dragón lanzó la espada hacia delante en un ataque desesperado; el demonio la interceptó con una mano, y con la otra descargó el candelabro sobre la pata trasera del dragón.

El dolor fue suficiente. El dragón cayó en picado hasta el canal del palacio y se hundió en el agua. Estuvo media hora quieto en el fondo, contando sus propias escamas y esperando a que el demonio se cansara de buscarlo. Cuando volvió a subir, volvió a ser caballo blanco, y regresó cojeando a la cuadra de la posada, empapado y con un moretón en la pata del tamaño de un plato.

El caballo-mente y el mono-corazón se han perdido el uno al otro; el elemento metal y el elemento madera han quedado devastados. La nodriza amarilla, herida, ya no puede mediar entre ellos; si el camino espiritual se interrumpe, ¿cómo se llega a completarlo?


En algún lugar de la ladera de la montaña, Zhu Bajie se despertó de su siesta de doce horas sin saber muy bien qué hora era ni en qué mundo se encontraba. Las estrellas decían que eran las tres de la madrugada. El silencio decía que todo el mundo dormía menos él.

Pensó en Sha Wujing, capturado en la cueva. Pensó en el maestro, en el palacio que podía ser o no ser seguro. Pensó en sus propias posibilidades de volver a ese palacio y enfrentarse al demonio él solo, y concluyó que no eran muchas.

Regresó a la ciudad. Encontró la posada vacía de gente, el equipaje intacto y el Caballo Blanco tumbado en el pesebre con el cuerpo húmedo y una herida morada en la pata.

Zhu Bajie se acercó a examinar el golpe, y el caballo abrió la boca y habló.

—¡Ah! —gritó Zhu Bajie, y saltó hacia atrás.

—No te asustes —dijo el caballo—. Soy yo.

—¿Quién eres tú?

—El dragón que te lleva. Escucha.

Y el caballo le contó todo: la transformación del maestro en tigre, la jaula de hierro en la sala lateral, la batalla contra el demonio en el patio del palacio, el candelabro en la pata.

Zhu Bajie escuchó con la cara que ponía cuando las noticias eran peores de lo esperado.

—Y ahora, ¿qué hacemos?

—Ahora —dijo el caballo— vas a buscar a Sun Wukong.

—Ah, no. No, no, no. El mono y yo no nos llevamos bien. La última vez que lo vi me echó parte de la culpa de su expulsión. Si voy a pedirle ayuda, lo más probable es que me dé un golpe de bastón antes de escucharme.

—No te dará ningún golpe. Es el Rey Mono, no un monstruo. Pero escúchame: no le digas que el maestro está en peligro. Dile que el maestro te ha enviado porque lo echa de menos. Tráelo hasta aquí. Cuando vea lo que ha pasado, él mismo querrá actuar.

Zhu Bajie consideró el plan durante un momento.

—¿Y si no funciona?

—Entonces no vuelvas. Pero funcionará.

—De acuerdo —dijo Zhu Bajie—. Pero si el mono se pone pesado, yo me escaqueo.

El caballo no respondió. Zhu Bajie recogió el rastrillo, desplegó las orejas como velas de barco para aprovechar el viento del este y se lanzó al aire rumbo a la Montaña de las Flores y las Frutas.

Llegó cuando el sol ya había salido. Encontró a Sun Wukong en la cima de la montaña, sentado sobre una roca, presidiendo una asamblea de más de mil monos que le llamaban «Gran Sabio» y le hacían reverencias.

—Menuda vida —murmuró Zhu Bajie entre dientes—. Ya entiendo por qué no quería irse.

Se coló entre los monos como un cerdo entre hormigas, se inclinó con los demás y esperó. Sun Wukong, desde su roca elevada, lo vio en medio segundo.

—¿Qué es ese extraño que se ha colado entre mi gente? Traedlo.

Los monos lo rodearon, lo alzaron y lo pusieron delante del Gran Sabio. Zhu Bajie bajó los ojos.

—No soy ningún extraño. Soy tu hermano menor.

Sun Wukong lo estudió con expresión neutral.

—¿Por qué no estás con el maestro?

—El maestro me ha enviado. —Zhu Bajie eligió las palabras con más cuidado del que solía—. Te echa de menos. Habla de ti constantemente. Dice que él y Sha Wujing y yo no valemos lo que tú valías.

Sun Wukong no respondió de inmediato. Miró hacia el mar.

—El maestro me dio una carta de expulsión. Dijo bajo juramento que no quería volver a verme.

—Los hombres dicen muchas cosas cuando están enojados —dijo Zhu Bajie—. Ya sabes cómo es el maestro: buen corazón, poco criterio. Te necesita.

Los monos sirvieron frutas: uvas moradas, peras de otoño, nísperos amarillos, moras rojas. Sun Wukong bajó de su roca y le pasó a Zhu Bajie un racimo de uvas.

—Come algo primero. Luego me enseñas el camino.

Comieron. El sol subió. Zhu Bajie, cada vez más nervioso pensando en el maestro en su jaula de hierro, presionó:

—Hermano mayor, el maestro espera.

—Un momento. ¿No quieres ver la cueva?

—Otro día.

—¿No quieres ver la montaña?

—Otro día.

Sun Wukong se levantó.

—Entonces no hay nada que hacer aquí. Puedes irte. Dale recuerdos al maestro y dile que no piense en mí, que ya he olvidado la historia.

Zhu Bajie lo miró.

—¿No vienes?

—No.

Zhu Bajie se despidió, bajó la montaña, caminó tres o cuatro li hacia el oeste, se volvió hacia la cima donde Sun Wukong seguía entre sus monos, y masculló algunas palabras que no convenía repetir en voz alta.

Dos monos pequeños que lo habían seguido corrieron de vuelta a la cima.

—Gran Sabio, Zhu Bajie va caminando y maldiciendo.

Sun Wukong saltó de su roca.

—¡Traedlo!

Los monos cayeron sobre Zhu Bajie como una ola, lo volcaron, le tiraron del rabo y las orejas y lo arrastraron de vuelta ante el Gran Sabio.

Lo que pasó después pertenece al capítulo siguiente.