Capítulo 29: El monje Tang escapa del peligro y llega a un reino; Zhu Bajie recibe la orden de regresar al bosque
La princesa Cien Flores Avergonzadas ayuda a Tang Sanzang a escapar de la cueva con una carta para su padre, el rey del Reino del Tesoro Elefante; el maestro entrega la carta y el rey envía a Zhu Bajie a combatir al demonio, pero Sha Wujing es capturado.
La imaginación no necesita ser forzada a morir; la verdadera naturaleza no necesita ser buscada con anhelo. El buda original se cultiva antes del nacimiento mismo; el engaño y el despertar no son anterior ni posterior. Quien despierta lo hace en un instante y alcanza la iluminación; quien se pierde se hunde por eones en la corriente. Si en un solo pensamiento uno se une a la práctica verdadera, quedan borradas las ofensas como granos de arena en el río.
Zhu Bajie y Sha Wujing llevaban treinta asaltos luchando con el Demonio de la Túnica Amarilla sin que ninguno cediera terreno. En el fondo no era una batalla equilibrada: dos contra uno debería haber sido una victoria fácil para los monjes, pero el demonio tenía la ventaja de la tierra y el conocimiento del terreno. Lo que los mantenía vivos era el escudo invisible de los dioses guardianes que protegían a Tang Sanzang dentro de la cueva, sus poderes difusos extendiéndose a los dos discípulos como la sombra de un árbol grande.
El maestro, atado al poste de madera en el interior oscuro de la Cueva del Plenilunio, lloraba en silencio.
—Wuneng —murmuraba—, ¿en qué aldea habrás encontrado un anfitrión generoso que te ha retenido con sus ofrendas? Wujing, ¿dónde estarás buscando a tu hermano? ¿Sabes que tu maestro está aquí en las manos de un demonio? ¿Cuándo volveremos a encontrarnos? ¿Cuándo llegaremos a la Montaña de la Espiritualidad?
Mientras lloraba, escuchó pasos en el interior de la cueva. Una mujer salió de las habitaciones del fondo, se acercó al poste y lo observó con una expresión que mezclaría la compasión de quien ha sufrido lo mismo con la cautela de quien ha aprendido a sobrevivir.
—Largo, ¿de dónde viene usted? ¿Por qué lo tienen atado aquí?
Tang Sanzang alzó los ojos llorosos.
—Señora, no hace falta preguntarlo. Soy un hombre condenado. Entré por vuestra puerta y eso bastará. Cómedme de una vez y ahorrad la pregunta.
—Yo no como personas —dijo la mujer con suavidad—. Mi casa está a más de trescientos li al oeste de aquí, en una ciudad llamada Reino del Tesoro Elefante. Soy la tercera princesa de ese reino. Mi nombre es Cien Flores Avergonzadas. Hace trece años, en la noche del Festival de la Luna, ese demonio me arrastró con un viento y desde entonces vivo aquí como su esposa, con hijos que tienen sangre de monstruo y ninguna noticia que mandar a mi padre. ¿Y usted, de dónde viene?
—Soy un monje enviado a Occidente a buscar las Escrituras sagradas. Caminé por descuido y caí en esta trampa. El demonio quiere capturar también a mis dos discípulos y comernos a los tres juntos.
La princesa se sentó a su lado con una determinación que debía de haberse ido formando durante trece años de cautiverio.
—Escúcheme, largo. Si usted lleva una carta de mi parte al rey mi padre, yo lo dejaré ir. El Reino del Tesoro Elefante está en el camino que usted necesita tomar al oeste. Le conviene pasar por allí de todas formas.
Tang Sanzang asintió sin dudar.
—Si puede salvarme la vida, seré su mensajero.
La princesa fue a sus habitaciones y escribió la carta con mano firme y rápida, la selló y volvió a desatar al maestro. Le puso la carta en las manos.
—Largo, cuando llegue al palacio, entregue esto al rey. Le advierto: trece años es mucho tiempo. Puede que mis padres duden de que estoy viva, o puede que el largo silencio haya cambiado sus sentimientos. No me guarde rencor si la recepción es fría.
—No lo haré. Pero hay algo que me preocupa. Si el demonio me ve salir...
—Salga por la puerta trasera. La puerta principal está llena de demonios menores que animan al Gran Rey en el combate. Por la trasera nadie le verá. Escóndase entre los matorrales y espere mientras yo distraigo al demonio. Cuando sus discípulos puedan irse, vendrán a buscarle.
Tang Sanzang le hizo una reverencia tan profunda como el espacio lo permitía, guardó la carta bajo la túnica y siguió las instrucciones.
La princesa salió por la puerta principal con el paso sereno de quien lleva trece años dominando su propio miedo, separó a los demonios menores que gritaban y agitaban estandartes, y alzó la voz hacia el cielo donde su marido peleaba.
—¡Esposo!
El Demonio de la Túnica Amarilla escuchó su voz, bajó de las nubes como un halcón que obedece al guante, y enfundó el sable.
—¿Qué pasa, mujer?
—Esposo, he tenido un sueño. —La princesa bajó los ojos con una tristeza calculada—. Antes de casarme, hice un voto: si alguna vez encontraba un esposo digno, ofrecería comida a los monjes peregrinos en agradecimiento. Nunca he cumplido ese voto. Esta noche he soñado que un dios armado venía a cobrarme la deuda. Me he despertado temblando. Cuando fui a calmarme, vi que en el poste había un monje del Este, un monje de la tierra de Tang, el tipo exacto de peregrino al que debería ayudar. ¿Podría soltarlo como una ofrenda en mi nombre?
El demonio la miró un momento y luego soltó una carcajada.
—¿Tanto te preocupa una deuda tan pequeña? Hay monjes por todas partes. Puedes soltar ese y coger otro mañana. Ya está suelto.
—Que salga por la puerta trasera, entonces. La de delante está demasiado agitada.
—Haz lo que quieras —dijo el demonio, y volvió al combate—. ¡Cerdo ocho preceptos! ¡No lucho contigo por miedo, sino porque mi esposa lo pide! Tu maestro está libre. Marchaos por la puerta trasera y no volváis a entrar en mi territorio o la próxima vez no habrá perdón.
Zhu Bajie y Sha Wujing escucharon las palabras desde el aire con la incredulidad de quien recibe una gracia inesperada. Descendieron, recogieron el equipaje y el caballo blanco, rodearon la cueva por la senda del norte y llamaron a la puerta trasera entre los arbustos.
—¡Maestro!
La voz de Tang Sanzang respondió desde los matorrales. Sha Wujing abrió paso entre las ramas y el maestro salió con la túnica desgarrada y el corazón entero.
Los perversos amenazaron pero el demonio de cara azul pasó de largo; la amabilidad llegó de donde menos se esperaba, de la princesa Cien Flores. El pez en la trampa logró soltarse del anzuelo dorado; ahora nada libre agitando la cola entre las olas.
Los tres siguieron el camino hacia el oeste sin detenerse hasta que el bosque de pinos quedó muy atrás. Caminaron dos jornadas y media, descansaron en posadas humildes, comieron lo que encontraron y rezaron por las mañanas. Al cabo de doscientos noventa y nueve li avistaron las murallas del Reino del Tesoro Elefante: una ciudad próspera con pagodas que relucían sobre los tejados, mercados llenos de tela y especias, canales donde los pescadores tendían sus redes con la pachorra de quien no conoce la prisa.
Tang Sanzang se presentó en la puerta del palacio y pidió audiencia para sellar los documentos de viaje. El rey lo recibió con la curiosidad mezclada de protocolo que reservan los monarcas para los visitantes exóticos. Cuando el maestro dijo que traía también una carta de la princesa, el rey palideció.
—Mi hija lleva trece años desaparecida. Doce años de pesquisas sin resultado. ¿Dice usted que la ha visto?
—La he visto, Majestad. Y ella me ha dado esta carta para vuestras manos.
El rey tomó el sobre y tuvo que pasarlo a un secretario para que lo abriera, porque los dedos no le obedecían. El secretario leyó en voz alta ante toda la corte:
«Su hija indigna, Cien Flores Avergonzadas, se inclina cien veces ante el trono de su padre, el rey de diez mil años, y ante las tres consortes reales y ante todos los ministros reunidos: Su hija tuvo la fortuna de nacer en el palacio y nunca supo agradecer suficientemente los cuidados que recibió. Trece años atrás, en la noche del Festival de la Luna, un demonio de ojos dorados y cara azul la arrebató con un viento maligno y la llevó a las montañas salvajes donde la obligó a casarse con él por la fuerza. Desde entonces su hija ha vivido entre demonios, ha dado a luz criaturas de sangre impura, ha sufrido el oprobio que deshonra a una familia real. Habría preferido no mandar ninguna carta, por vergüenza, pero teme que si muere sin dar señales, nadie sabrá jamás lo que le pasó. Ruega al rey su padre que envíe generales valientes al Monte del Cuenco, Cueva del Plenilunio, a capturar al Demonio de la Túnica Amarilla y rescatar a su hija. Con el corazón lleno de arrepentimiento y gratitud. Su hija Cien Flores Avergonzadas.»
El rey lloró. Las consortes lloraron. Los ministros miraron el suelo en silencio. Cuando el llanto amainó, el rey preguntó quién se ofrecería voluntario para ir a buscar a la princesa. Nadie respondió. Los generales miraban sus propias botas. Los ministros carraspeaban y se miraban entre sí.
Al final uno de los consejeros tomó la palabra:
—Majestad, los ejércitos del reino son útiles contra los ejércitos humanos. Los demonios que vuelan entre nubes y nieblas son otra cuestión. Sin embargo, este monje Tang es un hombre de mérito espiritual elevado; sus discípulos han demostrado poder sobrenatural en el camino hasta aquí. El que trae malas noticias suele saber también cómo resolverlas. ¿Por qué no pedirle a él?
El rey se volvió hacia Tang Sanzang.
—Largo, si tenéis poderes para capturar al demonio y salvar a mi hija, no necesitáis seguir hacia el Occidente. Quedaos aquí, vivid en el palacio, seréis como un hermano para mí.
—Majestad —dijo el maestro con gentileza—, yo sólo sé rezar. Para luchar con demonios, dependo de mis discípulos.
—¡Pues que salgan! —exclamó el rey—. ¿Por qué no los has traído a palacio?
—Majestad, tienen cierta... apariencia.
El rey insistió. Tang Sanzang envió recado a la posada. Zhu Bajie y Sha Wujing se presentaron en el salón del trono con sus armas al hombro y sus caras de siempre. Los ministros retrocedieron. Los guardias aferraron sus lanzas. El rey se levantó del trono de un respingo, perdió el equilibrio y lo retuvieron sus chambelanes.
—¡Os lo advertí, Majestad! —dijo Tang Sanzang desde el suelo donde se había prosternado.
El rey se repuso con la dignidad de quien ha pasado trece años aguardando noticias de una hija perdida y ya no le queda más miedo.
—¿Cuál de los dos sabe luchar con demonios?
—Yo —respondió Zhu Bajie sin que nadie le preguntara directamente.
—¿Y cuál es vuestra arma?
Zhu Bajie sacó el rastrillo de nueve dientes. El rey frunció la nariz.
—Tenemos espadas, lanzas, hachas, mazas...
—Este rastrillo comandó ocho millones de soldados acuáticos en el cielo —dijo Zhu Bajie con dignidad—. Ha perforado madrigueras de tigres y desmantelado guaridas de dragones. Es el arma más apropiada que conozco.
El rey mandó traer vino de su propia reserva y se lo ofreció a Zhu Bajie con una copa de ceremonia.
—Largo, este vino es para daros fuerzas. Si rescatáis a mi hija, la recompensa será tan grande como la gratitud de un padre.
Zhu Bajie aceptó la copa, hizo una reverencia hacia el maestro —«Maestro, por protocolo esta copa debería ser suya primero, pero el rey me la ha dado a mí y no puedo rechazarla; la bebo en su nombre»— y se la bebió de un trago. Luego se alzó sobre su nube y partió hacia las montañas.
Sha Wujing esperó hasta que el vino de Zhu Bajie fue seguido de una segunda copa para él, bebió también, y murmuró al maestro:
—Hermano mayor va solo. El demonio es fuerte; cuando luchamos juntos apenas lo igualamos. Debería ir a ayudarle.
—Ve —dijo el maestro.
Sha Wujing saltó a la nube y siguió a Zhu Bajie. El rey, que había visto dos monjes ascender entre nubes desde el salón del trono, se aferró al brazo de Tang Sanzang.
—¡No os marchéis vos también!
—Yo no tengo donde marcharme, Majestad —dijo Tang Sanzang con una sonrisa cansada—. Ni una sola nube me obedece.
Los dos discípulos llegaron a la Cueva del Plenilunio juntos. Zhu Bajie destrozó la puerta de piedra de un golpe de rastrillo y el demonio salió furioso.
—¡Os solté a vosotros y a vuestro maestro! ¿Qué más queréis?
—Queremos a la princesa Cien Flores Avergonzadas —dijo Zhu Bajie—. Trece años retenida en tu cueva es un crimen que el rey su padre ha esperado demasiado tiempo para cobrar. Sal y rinde cuentas.
El demonio apretó los dientes y desenvainó el sable. El combate esta vez fue más encarnizado que el anterior. Sin el escudo invisible de los dioses guardianes —que habían trasladado su protección al palacio donde estaba el maestro—, los dos discípulos peleaban con su propia fuerza y nada más. Ocho asaltos, nueve, y Zhu Bajie empezó a sentir el peso del rastrillo como si fuera de piedra.
—Hermano —susurró Zhu Bajie entre jadeos—, quédate tú aquí que yo voy a... a aliviarme un momento.
Y antes de que Sha Wujing pudiera responder, Zhu Bajie se perdió entre los matorrales de la ladera, se hizo un ovillo entre las enredaderas y los helechos, y no salió.
Sha Wujing, solo, peleó tres asaltos más. Al cuarto el demonio le atrapó la muñeca, lo arrojó al suelo y lo arrastró de vuelta a la cueva. Los demonios menores le ataron las manos y los pies con la eficiencia de quien tiene experiencia en esas cosas.
Zhu Bajie, desde los matorrales, escuchó el golpe de la puerta de la cueva al cerrarse y no se movió.