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Capítulo 28: Los demonios se reúnen en la Montaña de las Flores y las Frutas; Tang Sanzang cae preso en el Bosque de los Pinos Negros

Sun Wukong regresa a la Montaña de las Flores y las Frutas y encuentra a sus súbditos diezmados por los cazadores; mientras tanto Tang Sanzang se pierde en el Bosque de los Pinos Negros y es capturado por el Demonio de la Túnica Amarilla.

Sun Wukong Tang Sanzang Demonio de la Túnica Amarilla Zhu Bajie Sha Wujing Montaña de las Flores y las Frutas Bosque de los Pinos Negros Cueva del Plenilunio

El Gran Sabio voló solo sobre el mar Oriental por primera vez en quinientos años. Las olas abajo tenían el mismo color de tinta que recordaba, y el ruido sordo de la marea sonó en sus oídos como una bienvenida que no había esperado.

Volvió la vista a la montaña sagrada y las lágrimas le cayeron de par en par; cuanto más miraba la montaña, más aguda se hacía la pena. Entonces creyó que el monte no sufriría ningún daño, y hoy comprende que hasta la tierra puede quebrarse. Maldita sea la mano de Erlang que me aplastó con sus llamas; con qué derecho ese joven dios destruyó la morada de mis ancestros. Quemó todo lo que habías plantado sobre la tierra de tus padres, arrasó los cimientos que tus abuelos habían construido. El cielo enrojecido por el fuego se ha apagado, la niebla y las nubes que adornaban los picos han desaparecido. En la ladera del este ya no oigo rugir al tigre atigrado, en la sierra del oeste ya no escucho el llanto del mono blanco. En el arroyo del norte no quedan huellas de zorros ni liebres, en el valle del sur no hay rastro de venados ni ciervos. Las piedras azules se han quemado hasta volverse polvo, la arena de jade se ha fundido en un montón de barro. Los pinos que se alzaban ante la cueva han caído de lado, los cipreses de la ladera son escasos y raquíticos. Los cerezos y los nogales, los castaños y los sándalos, todos chamuscados; los melocotoneros, los perales, los ciruelos y los jujuberos, todos acabados. Sin moreras ni higueras, ¿cómo se alimentan los gusanos de seda? Sin sauces ni bambúes, ¿dónde anidan los pájaros? Las piedras caprichosas de los acantilados se han convertido en tierra; los manantiales del fondo del barranco se han secado bajo la hierba. No hay orquídeas ni líquenes ante las rocas; por los senderos trepa la enredadera sobre el barro rojo. ¿A dónde volaron los pájaros que antes cruzaban el cielo? ¿A qué montaña emigraron las bestias que poblaban el bosque? Los leopardos y las boas evitan estos escombros desolados; las grullas y las serpientes huyen de este lugar arruinado. Todo esto es el resultado de haber sembrado maldad, y ahora toca sufrir el precio de lo que se hizo.

Sun Wukong se posó sobre la cima de la montaña y contempló el desastre con los ojos muy abiertos. Cuando Erlang Shen y sus seis hermanos de Meishan habían venido a prenderle por el escándalo en el cielo, habían prendido fuego a la montaña para ahuyentar a los monos. Quinientos años después, las cicatrices seguían ahí.

Fue el ruido lo que le devolvió a la realidad: un crujido entre los arbustos, y luego siete u ocho monos pequeños que saltaron de un arbusto y corrieron hacia él, inclinándose hasta el suelo.

—¡Gran Sabio, ha vuelto!

—¿Por qué estáis escondidos? ¿Dónde están los demás?

Los monos se miraron. Algunos lloraban.

—Desde que el Gran Sabio fue llevado al cielo, los cazadores han venido sin descanso. Flechas, trampas, redes, perros. Nos hemos quedado en poco más de un millar; los cuarenta y siete mil que éramos se han dispersado o han muerto. Los que sobrevivimos nos escondemos en las grietas y bebemos del arroyo cuando no hay nadie.

Sun Wukong escuchó en silencio cómo los cazadores los habían capturado, los habían vendido a mercados para que hicieran acrobacias, o los habían cocinado con vinagre y sal. Cuando los monos terminaron de hablar, él se quedó quieto un momento más y luego preguntó por los cuatro generales que guardaban la cueva. Los cuatro salieron a recibirle y le hicieron los honores.

—¿Cuándo suelen volver los cazadores? —preguntó Sun Wukong.

—Hoy mismo pueden aparecer, Gran Sabio.

—Bien. Entonces vosotros, monos pequeños, id a recoger todas las piedras sueltas que encontréis en la ladera quemada. Apiladlas por grupos: veinte o treinta juntas, cincuenta juntas. Ya veréis para qué sirven.

Los monos obedecieron con la velocidad que da el miedo convertido en esperanza. Sun Wukong subió a la cima y esperó. Desde el sur llegaron pronto los sonidos: tambores, gongs, el ladrido de los perros, el relincho de los caballos. Más de mil hombres cubiertos con pieles de zorro, arcos al hombro, halcones en el puño, redes extendidas entre picas.

Sun Wukong susurró el conjuro del viento hacia el sur y sopló con toda la fuerza de sus pulmones. Una tormenta nació en un instante. El viento levantó las piedras apiladas y las lanzó en todas direcciones como una lluvia de proyectiles. Los árboles se doblaron, el polvo cegó el horizonte y los cazadores con sus caballos y sus perros y sus redes quedaron aplastados contra el suelo sin tiempo de comprender lo que les había pasado.

Cuando el viento amainó, Sun Wukong bajó de la cima entre aplausos propios.

—Curioso —murmuró—. Cuando le maté tres demonios al maestro Tang, me llamó asesino. Hoy he acabado con mil cazadores y me parece de lo más razonable.

Ordenó a los monos que recogieran las ropas de los caídos, lavaran la sangre, se las pusieran para protegerse del frío, y arrojaran los cuerpos al abismo del río. Los caballos muertos serían aprovechados para cuero y carne salada. Las armas, para el entrenamiento. Los estandartes de colores, para él.

Con aquellos estandartes cosió una sola bandera abigarrada y escribió en ella catorce caracteres: «Gran Sabio Igual al Cielo. Reformado el Monte de las Flores. Restaurada la Cueva de las Flores». La clavó en un mástil a la entrada de la cueva y empezó a reconstruir lo que Erlang había quemado. Pidió lluvia dulce a los cuatro reyes dragón del mar para lavar la tierra ennegrecida. Plantó chopos y sauces, pinos y robles, melocotoneros y ciruelos. Poco a poco el verde fue regresando a la montaña.


Mientras tanto, en el camino del oeste.

Tang Sanzang, sin Sun Wukong, se sentía diferente. No habría sabido decir si era alivio o temor, porque las dos sensaciones tenían el mismo peso. Zhu Bajie abría la senda con su rastrillo y Sha Wujing llevaba el equipaje, y el maestro cabalgaba entre los dos con más paz en la superficie de lo que tenía en el fondo.

Cruzaron la montaña del Tigre Blanco y se adentraron en un bosque de pinos. El camino se estrechó, la luz menguo entre las ramas y el maestro frenó el caballo.

—Discípulos, este bosque da mala espina. Id con cuidado.

—No hay nada que temer, maestro —dijo Zhu Bajie, aunque no sonaba del todo convencido.

Un poco más adentro, el maestro sintió el hambre con urgencia.

—Bajie, llevo horas sin comer. Ve a buscar algo.

—Sí, maestro. —Zhu Bajie tomó el cuenco de limosnas y partió hacia el oeste.

Caminó más de diez li sin encontrar una sola casa. El bosque era bello y mudo como una trampa bien disimulada. Zhu Bajie pensó en el esfuerzo que hacía Sun Wukong cuando el mono estaba: un brinco al cielo, un vistazo, y ya tenía localizada la primera aldea. A él le faltaba ese talento. Le faltaba también la energía para seguir caminando. El sol estaba bajo y la hierba era alta y blanda.

—Nadie va a saber cuánto he andado —se dijo—. Voy a descansar un momento.

Y se quedó dormido en el primer claro.

Tang Sanzang esperó en el bosque más de lo que habría debido. Le zumbaban los oídos y los ojos le pesaban de un modo raro, señales que no supo interpretar. Llamó a Sha Wujing.

—¿Por qué tarda tanto tu hermano? Ve a buscarlo.

Sha Wujing dejó al maestro con el caballo atado y partió. Tang Sanzang se quedó solo entre los pinos. Para matar el tiempo y calmar la inquietud, echó a caminar sin ninguna dirección particular, mirando las flores del suelo, escuchando los pájaros que volvían a sus nidos. Sin darse cuenta tomó un sendero que giraba hacia el sur en lugar de seguir al oeste, y cuando quiso orientarse la luz ya era demasiado escasa para distinguir los puntos cardinales.

Salió del bosque y vio ante él una torre pagoda que relucía al sol poniente como si sus tejas fueran de verdadero oro.

—Ah —dijo el maestro, y sintió alivio—. Una pagoda significa un templo. Un templo significa monjes. Y los monjes darán cobijo.

Se acercó con la mano sobre los ojos para protegerse del resplandor. Cuando llegó a la puerta y alzó la vista, vio que en el umbral había una placa de piedra blanca con seis caracteres grabados: «Cueva del Plenilunio en el Monte del Cuenco».

Esto no era ningún templo.

Pero antes de que el maestro pudiera dar media vuelta, ya era tarde. Adentro, echado sobre una piedra lisa como una cama, dormitaba un demonio con la cara azul índigo, los colmillos blancos y el pelo rojo encendido como la llama de una vela. Un mono centinela lo vio, corrió adentro y volvió a los diez segundos.

—¡Gran Rey! ¡Un monje de cabeza redonda, orejas largas y piel tan suave que da envidia!

El demonio abrió los ojos del todo.

—Eso es lo que llaman «la mosca que aterriza sola en la tela». Atrapado. Que lo traigan.

Los monos menores salieron en tropel y rodearon al maestro antes de que este hubiera dado tres pasos. Tang Sanzang era valiente en el sentido en que lo son los santos: no porque el miedo no existiera, sino porque existía y aun así se quedaba. Pero sus piernas no compartían esa valentía y el camino de piedra era traicionero. Los demonios lo ataron a un poste de madera en el interior de la cueva.

El demonio —que se llamaba el Rey de la Túnica Amarilla— lo examinó con la satisfacción de quien reconoce una rareza valiosa.

—Monje de Tierra del Este. Diez vidas de mérito acumulado. Mis enhorabuenas por haber llegado hasta aquí. Era inevitable que llegaras: eres la mosca y yo la tela, y las moscas siempre acaban donde les corresponde.

—Venerable Gran Rey —dijo Tang Sanzang con la calma forzada de los que han aprendido a hablar con demonios—, soy un monje que viaja por mandato del Emperador Tang. Si me permite seguir el camino, su nombre será recordado con gratitud en el reino del oeste.

—Tu nombre ya está en mi lista de cenas —respondió el demonio, y se rio—. ¿Cuántos discípulos tienes?

—Dos. Zhu Bajie y Sha Wujing. Están buscando comida en el bosque.

—Perfecto. Cerrad la puerta principal. Cuando vengan a buscar al maestro, llamarán ellos solos.

Cerrada la puerta de la cueva, el demonio fue a ponerse la armadura.


Sha Wujing encontró a Zhu Bajie roncando entre la hierba, le tiró de las orejas hasta que se despertó, y los dos volvieron al bosque de pinos. El maestro no estaba. El caballo blanco seguía atado al árbol. El equipaje no se había movido.

—Algún demonio se ha llevado al maestro —dijo Sha Wujing.

—No digas eso —protestó Zhu Bajie—. Este bosque es muy tranquilo. Seguramente se ha ido a pasear.

Buscaron un rato. Entonces vieron al sur el mismo resplandor dorado que había atraído al maestro, y Zhu Bajie dijo:

—Mira, una pagoda. El maestro habrá ido allí a pedir alojamiento. Hay que felicitarle la suerte.

Cuando se acercaron y leyeron el cartel de piedra blanca, Zhu Bajie se quedó callado un momento.

—Hermano —dijo Sha Wujing—, esto es una cueva de demonios. El maestro está adentro y no está bien.

—No te alarmes. Yo llamaré a la puerta.

Zhu Bajie levantó el rastrillo de nueve dientes y golpeó la puerta con el mango.

—¡Abrid! ¡Los discípulos del monje Tang hemos venido a buscar a nuestro maestro!

Por dentro, un demonio menor corrió a dar el aviso.

—Gran Rey, han llegado los que faltaban: uno largo y delgado y uno gordo con hocico de cerdo.

El Rey de la Túnica Amarilla se ajustó el casco, tomó el sable y abrió la puerta él mismo.

Era enorme: cara azul verdosa, barba roja, armadura dorada que brillaba como el sol, una hoja de acero en la mano que relucía como plata viva.

—¿Quién da voces en mi puerta? —preguntó.

—¡Yo! —respondió Zhu Bajie—. El que va a sacarte los dientes de uno en uno si no devuelves a nuestro maestro ahora mismo.

—¡Vaya! ¡El famoso Zhu Bajie! —El demonio sonrió—. Tu maestro está muy bien atendido aquí dentro. Le he preparado unos panecillos rellenos de carne. ¿No queréis entrar y probar uno?

Sha Wujing tiró del brazo de Zhu Bajie antes de que este diera un paso hacia adentro.

—Hermano, te está tomando el pelo. No comes carne.

Zhu Bajie sacudió la cabeza como un perro que sale del agua.

—Tienes razón. —Y levantó el rastrillo.

El combate estalló ante la puerta de la cueva y se elevó pronto hasta las nubes. Zhu Bajie atacaba con el rastrillo de nueve dientes, Sha Wujing blandía su bastón del río de arena, y el Rey de la Túnica Amarilla paró y atacó con una habilidad que no dejaba espacio para la esperanza fácil. Pelearon decenas de asaltos sin que ninguno cediera terreno.

El bastón se alza; el sable lo recibe. El rastrillo ataca; el sable lo bloquea. Un demonio desplegando su ferocidad, dos monjes sagrados mostrando su poder. El rastrillo de nueve dientes es en verdad formidable; el bastón domador de demonios, realmente terrible. Por delante y por detrás y por los lados atacan a la vez, pero el de la túnica amarilla no cede ni un palmo. Su sable de acero templado brilla como plata, y su poder en verdad es más amplio de lo que aparenta. La batalla llena el cielo de niebla y nubes; el fragor hace crujir las rocas de la montaña. Uno pelea por su reputación y no piensa en rendirse; los otros pelean por su maestro y tampoco ceden.

Así estaban, sin ganador ni perdedor, cuando cayó la noche sobre el bosque de pinos y la montaña.