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Capítulo 27: El demonio de los huesos blancos engaña tres veces a Tang Sanzang; el santo monje destierra con amargura al Rey Mono

La Dama de los Huesos Blancos se transforma tres veces en jóvenes y ancianos para engañar a Tang Sanzang; las calumnias de Zhu Bajie convencen al maestro de expulsar a Sun Wukong, que regresa llorando a la Montaña de las Flores y las Frutas.

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A la mañana siguiente Tang Sanzang y sus discípulos se pusieron en marcha antes de que el sol hubiera terminado de salir. Zhenyuan Zi y Sun Wukong, recién hermanados, hubieran querido retenerlos otro mes, pero el maestro tenía la inquietud del peregrino en los huesos y no había manera de detenerlo. Partieron tras cinco o seis días de descanso, y Tang Sanzang notó que las piernas le respondían mejor que antes: el fruto de ginseng lo había renovado por dentro como una muda de piel.

El camino los llevó pronto al pie de una montaña enorme. El maestro detuvo el caballo.

—Discípulos, esa cumbre parece peligrosa. Tengamos cuidado.

Sun Wukong ya caminaba delante abriendo la senda a golpes de bastón, espantando tigres y pantera con un grito y allanando las zarzas del sendero. La montaña era bella y feroz a la vez: rocas apiladas como ruinas de una ciudad antigua, barrancos donde el viento giraba entre pinos centenarios, manadas de ciervos que cruzaban los claros sin hacer ruido, serpientes de mil pies que dormían enrolladas sobre las piedras calientes. El maestro se tensó en la silla.

A mitad de la subida Tang Sanzang dijo:

—Wukong, llevo horas sin comer. ¿Podrías buscar algo?

—Maestro, no hay aldea ni posada a kilómetros de aquí. ¿Dónde quiere que busque?

—¡Qué pereza tan grande la tuya! —El maestro frunció el ceño—. Te saqué de debajo de aquella montaña donde Buda te tenía sepultado, te di el nombre y los votos, y ahora que te pido una fruta me hablas de kilómetros.

Sun Wukong tragó el reproche sin protestar. Sabía perfectamente cómo terminaban esas conversaciones.

—De acuerdo —dijo—. He visto un punto rojo al sur, hacia aquella cumbre. Deben ser melocotones maduros. Descanse aquí con los hermanos y enseguida vuelvo.

Tomó el cuenco de limosnas y de un salto se plantó en las nubes, camino del sur.

Pero mientras el mono se alejaba, la montaña despertó. En la ladera vivía un espíritu que llevaba milenios estudiando el arte de la transformación: la Dama de los Huesos Blancos, un demonio cuya verdadera forma era un esqueleto de luz fría capaz de adoptar cualquier apariencia. Cuando vio al grupo de peregrinos y reconoció al monje Tang, un ardor antiguo le recorrió los huesos. Ese hombre había cultivado su virtud a lo largo de diez vidas; su carne valía más que cualquier elixir.

Pero también vio que a ambos lados del maestro montaban guardia Zhu Bajie y Sha Wujing, ex generales celestiales, y aunque ya les faltaba algo de su antigua potencia, seguían siendo demasiado para un ataque frontal.

—Tendré que ser más lista —pensó, y se transformó.

Se convirtió en una muchacha de dieciocho años, hermosa como la luna en agosto, con una cesta de bambú en la mano izquierda y una jarra de cerámica verde en la derecha, y bajó por el sendero como si viniera de una aldea cercana.

Zhu Bajie la vio llegar y abrió los ojos desmesuradamente.

—¡Maestro! —corrió hacia él—. ¡Hay una joven que viene a traernos comida!

Tang Sanzang se levantó y la saludó con reverencia.

—Señorita, ¿de dónde viene? ¿Qué la trae por este camino solitario?

La demonia habló con la dulzura calculada de quien lleva siglos practicando la mentira:

—Mis padres son gente piadosa que gusta de ofrecer comida a los monjes que pasan. En esta cesta llevo arroz perfumado y en la jarra hay salsa de soja. Permítanme ofrecérselo.

Zhu Bajie ya se había apoderado de la cesta y estaba a punto de volcarla en su bocaza cuando Sun Wukong cayó del cielo como un meteorito, el cuenco de melocotones en una mano y el bastón en la otra. Sus ojos de fuego y oro —que veían lo que ningún otro ojo podía ver— reconocieron al instante la verdadera naturaleza de la muchacha.

Sin decir una palabra levantó el bastón y lo descargó sobre ella.

El demonio, que tenía sus propios poderes, abandonó el cuerpo un instante antes del golpe y dejó caer al suelo una figura muerta: una silueta de mujer perfectamente inmóvil.

Tang Sanzang, espantado, se bajó del caballo de un salto.

—¡Wukong! ¿Qué has hecho?

—Era un demonio, maestro. Con estos ojos sé lo que soy: no me equivoco.

—¡Era una mujer inocente que venía a darnos de comer!

Sun Wukong señaló la cesta que había caído al suelo. El arroz perfumado resultó ser un puñado de gusanos vivos; la salsa de la jarra era agua turbia llena de ranas y sapos que saltaban en todas direcciones. Tang Sanzang parpadeó. Estaba a punto de ceder cuando Zhu Bajie inclinó la balanza con su lengua de doble filo:

—Maestro, el hermano mayor tiene un brazo muy pesado. Le ha dado a esa pobre chica sin querer, y como tiene miedo del encantamiento, ha transformado el cuerpo para confundirle a usted la vista.

El maestro cerró los ojos y empezó a recitar en voz baja. El aro de hierro en la cabeza de Sun Wukong comenzó a apretarse.

—¡No lo recite, maestro, no lo recite! —suplicó Sun Wukong, doblando las rodillas—. ¡Dígame lo que quiere decirme pero no recite!

—Lo que quiero decirte es que te vayas —dijo Tang Sanzang con una frialdad que dolía más que el aro—. Un monje que hace el bien es como la hierba en primavera: crece sin que nadie lo vea. Un monje que hace el mal es como la piedra del amolador: se gasta sin que nadie lo note. Vete.

Sun Wukong se incorporó. Sus ojos brillaban, pero no de ira.

—Maestro, me iré si eso es lo que quiere. Pero antes déjeme demostrarle algo.

No hubo respuesta. El monje guardó silencio y el peregrino obedeció; siguieron el camino hacia el oeste.

A media ladera, cuando ya nadie pensaba en ello, la demonia volvió a aparecer. Esta vez se había transformado en una anciana de ochenta años, el pelo blanco como nieve, la espalda doblada sobre un bastón de bambú, llorando con el llanto seco de quien ya no tiene lágrimas que derramar.

Zhu Bajie palideció.

—Maestro, esa debe ser la madre de la chica. Ha venido a buscar a su hija.

—Imposible —dijo Sun Wukong—. La chica tenía dieciocho años y esa anciana tiene ochenta. ¿Va a decirme que tuvo a su hija a los sesenta y dos? Es otro demonio.

Se acercó a la anciana con una sonrisa que no llegaba a los ojos y luego descargó el bastón. El demonio volvió a escapar al último momento, dejando otro cuerpo muerto en el camino.

Esta vez Tang Sanzang recitó el encantamiento veinte veces seguidas. Cuando paró, el aro en la cabeza de Sun Wukong estaba tan apretado que la piel de alrededor había tomado el color morado de una mora.

—Wukong —dijo el maestro—, te lo he perdonado dos veces. Esta es la última. Si vuelves a matar a alguien, te expulso sin remedio.

Sun Wukong se levantó del suelo con lentitud.

—Entendido.

El demonio, en el aire, se frotaba las manos con algo parecido a la admiración.

—Ese mono sí que tiene ojos —murmuró entre dientes—. Dos veces me ha reconocido. Pero no me rendirá esta vez. Si dejo que pasen esta montaña, caen en territorio ajeno.

Se transformó por tercera vez en un anciano de apariencia venerable: pelo blanco como el de Matusalén, barba larga que llegaba al pecho, rosario en la mano derecha, las cuentas deslizándose entre los dedos con la fluidez de quien lleva siglos rezando.

Tang Sanzang lo vio y le brillaron los ojos.

—¡Bendito sea Buda! ¡Un peregrino piadoso en estos parajes!

—Maestro, ese es el origen del problema —dijo Zhu Bajie con un tono mezcla de alarma y de placer por tener razón—. Ese debe de ser el marido de las dos anteriores, que ha venido a buscarnos.

Sun Wukong no esperó más. Llamó en voz baja a los dioses locales de la tierra y de la montaña para que sirvieran de testigos, y se lanzó sobre el anciano. Esta vez el demonio fue un segundo más lento. El bastón lo alcanzó antes de que pudiera escapar por completo, y la figura cayó al suelo y se deshizo en un montón de huesos blancos. En el omóplato más grande se leían unas letras grabadas: «Dama de los Huesos Blancos».

—¡Maestro! —gritó Sun Wukong—. ¡Venga a ver! ¡Era la misma demonia las tres veces! ¡Lo dice en el hueso!

Pero Tang Sanzang ya no quería oír nada. Se bajó del caballo, sacó papel y pincel del hatillo, pidió agua del arroyo más cercano, molió tinta sobre una piedra y escribió una carta de expulsión con trazos firmes y fríos. La dobló y se la tendió a Sun Wukong.

—Toma esto. Ya no eres mi discípulo.

Sun Wukong tomó la carta. La guardó en la manga sin leerla.

—Maestro —dijo con una voz que no tenía nada de su habitual fanfarronería—, si quiere que me vaya, me voy. Pero llevo todo este tiempo a su lado y no estaría bien despedirse sin más. Déjeme hacerle una reverencia.

—No acepto reverencias de gente malvada.

Sun Wukong arrancó tres pelos de detrás de la oreja, sopló sobre ellos y los transformó en tres réplicas de sí mismo. Los cuatro Sun Wukong rodearon al maestro y se inclinaron juntos antes de que este pudiera esquivarlos.

—Perdone la insistencia —dijo Sun Wukong—. Y una última cosa. —Se dirigió a Sha Wujing—: Hermano menor, cuida al maestro. Si en algún momento hay peligro y necesitan ayuda, di que Sun Wukong fue su discípulo mayor. Solo el nombre bastará para disuadir a más de un monstruo.

Tang Sanzang volvió la cara hacia el oeste.

—No pienso invocar el nombre de un malhechor. Vete de una vez.

Sun Wukong se quedó quieto un momento mirando la espalda del maestro. Luego subió a su nube.

Contuvo las lágrimas al despedirse del maestro, sujetó el llanto para dar sus últimas instrucciones a Sha Wujing. Con un pie aplastó la hierba del sendero, con el otro derribó las enredaderas del suelo. Giraba como una rueda entre el cielo y la tierra, capaz de saltar montañas y cruzar mares en un instante. En un parpadeo desapareció sin dejar rastro, y el camino del oeste quedó desierto bajo el sol.

Voló solo de regreso a la Montaña de las Flores y las Frutas. Cuando cruzó sobre el mar Oriental y oyó el ruido de las olas, tuvo que detenerse en el aire un momento, porque algo le había subido por el pecho hasta los ojos y no encontraba dónde posar. Estuvo así mucho tiempo, quieto sobre su nube, mirando el agua, antes de seguir hacia casa.