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Capítulo 11: El viaje al reino de los muertos y el retorno del alma imperial

El emperador Tang Taizong desciende al inframundo, enfrenta a los diez Reyes del Infierno y regresa al mundo de los vivos con promesas sagradas por cumplir.

Tang Taizong inframundo reyes del infierno Liu Quan Li Cuilian alma agua de la Nai

Cien años de luz fluyen como el río incesante, toda empresa de la vida es espuma y viento pasajero. Ayer el rostro florido como durazno en primavera, hoy la nieve blanca cae sobre la sien. El ejército de hormigas blancas se disuelve: todo es ilusión, el cucú llora sin descanso: vuelve al origen. Desde antiguo, la virtud acumulada prolonga la vida, el bien obrado sin buscar recompensa recibe la gracia del cielo.

El alma del soberano Tang Taizong se alejó flotando de las puertas del palacio como niebla entre brumas. Vio a la guardia imperial que lo llamaba a salir de cacería, y con el ánimo alegre siguió a los jinetes hacia la llanura abierta. Después de andar un tiempo largo, hombres y caballos se desvanecieron sin dejar rastro.

Solo en los páramos, el soberano caminaba desconcertado sin hallar el camino. En eso oyó una voz que le llamaba:

—¡Gran soberano de la Gran Tang! Por aquí, por aquí.

Alzó los ojos y vio a un hombre de sombrero oscuro y cinturón con incrustaciones de rinoceronte, que sostenía en la mano una tablilla de marfil y lucía una bata de seda con bordados luminosos. Era un juez de la corte del inframundo, el señor Cui Jue, quien en vida había sido ministro del reino.

El juez se arrodilló junto al camino y dijo:

—Majestad, perdonad mi tardanza al recibirlo. Hace media luna el dragón del río Jing vino a quejarse ante el tribunal de los muertos: dijo que vuestra majestad le prometió salvarlo y luego lo dejó ejecutar. El primer rey, el Gran Rey Qinguang, me envió a conduciros para el juicio ante las tres instancias.

—¿Cuál es tu nombre y tu rango? —preguntó el soberano.

—En vida servía a vuestro augusto padre como magistrado de provincia, luego fui viceministro de Ritos. Mi apellido es Cui y mi nombre Jue. Hoy en el inframundo ejerzo el cargo de juez de la corte de Fengdu.

El soberano se alegró al reconocerlo y sacó del mango de su toga una carta que le entregó:

—El ministro Wei Zheng me confió esta misiva para ti, buen Cui.

El juez la abrió con respeto y leyó las palabras de Wei Zheng —que era a la vez funcionario de la corte celestial y figura del inframundo— rogándole que tratara con benevolencia a su soberano. Cui Jue sonrió y dijo:

—Siendo así, acompañadme con el corazón tranquilo: os conduciré sano y salvo de regreso al mundo de los vivos.

Mientras hablaban, dos pajes vestidos de azul agitaron sus pendones y anunciaron:

—¡Los diez Reyes del Infierno os invitan, os invitan!

El soberano siguió a Cui Jue y a los pajes a través de la ciudad de los muertos, cuya puerta grande lucía un letrero en caracteres dorados: "La puerta de los espectros del oscuro purgatorio". Al pasar por la calle, reconoció las sombras de su padre el rey Li Yuan, su hermano mayor Jiancheng y su hermano menor Yuanji, que corrieron hacia él gritando su nombre de cuna. Jiancheng y Yuanji intentaron sujetarlo; el juez Cui llamó a un demonio de rostro azul que los ahuyentó, y el soberano pudo seguir camino.

Cruzaron un arco de tejas verde esmeralda y llegaron ante el espléndido Palacio de la Red Foresta, donde los diez Reyes del Infierno —Qinguang, Chujiang, Songdi, Wuguan, Yanluo, Pingdeng, Taishan, Dushi, Biancheng y Zhuanlun— descendieron los peldaños para recibirlo con cortesía. El soberano también saludó con humildad y se sentaron como anfitriones y huéspedes.

El rey Qinguang tomó la palabra:

—El dragón del río Jing os acusa de haberle prometido la vida y luego habérsela arrebatado. ¿Qué tenéis que decir?

El soberano explicó con calma que en sueños prometió ayudar al dragón, pero que el dragón había cometido un crimen que correspondía ser juzgado por el ministro Wei Zheng; que fue Wei Zheng quien, mientras dormía, lo decapitó por orden del cielo.

—El ministro actúa con poder divino —dijo el soberano—. El dragón merecía la muerte por sus crímenes. ¿Soy yo acaso culpable?

Los diez Reyes bajaron la cabeza y reconocieron que desde antes de que el dragón naciera, el libro del destino ya anotaba que moriría a manos del funcionario celestial. Ordenaron traer el registro de vida y muerte para examinar cuántos años de existencia terrenal le quedaban al soberano Tang.

El juez Cui examinó los libros y encontró que el registro decía trece años de reinado. Pero tomó su pincel más cargado de tinta y añadió dos trazos al carácter "uno", convirtiéndolo en "treinta y tres". Los Reyes revisaron el libro y el rey Yanluo preguntó:

—¿Cuántos años lleváis en el trono, majestad?

—Trece años.

—Pues aún os quedan veinte años de vida terrenal. El caso está resuelto. Podéis regresar.

El soberano agradeció con una reverencia profunda. Antes de partir preguntó:

—¿Están bien los de mi palacio, mayores y jóvenes?

—Todos están bien —respondieron los reyes—, aunque tememos que la vida de vuestra hermana imperial no sea muy larga.

El soberano prometió enviar como ofrenda sandías y frutas del sur, pues los reyes dijeron que en el inframundo abundaban los melones del este y del oeste, pero escaseaban los del sur. Los Reyes se despidieron con alegría, y el juez Cui y el mariscal Zhu fueron encargados de escoltarlo de regreso.

Al salir del palacio, el camino era diferente. Cui Jue explicó:

—En el inframundo hay camino de ida pero no hay camino de vuelta. Vamos a conduciros por la rueda de la transmigración, para que podáis contemplar el inframundo y luego renacer al mundo de los vivos.

Caminaron varios li hasta llegar a una montaña sombría envuelta en nubes oscuras y niebla negra. Cui Jue la llamó "la Montaña de la Sombra Umbría del Oscuro Purgatorio" y describió los dieciocho infiernos que yacían detrás: el del gancho, el del tormento injusto, el del fuego; el de Fengdu, el del arranque de lengua, el del desuello; el de la muela, el del mortero, el de la rueda; el del hielo, el del vaciado de piel, el de las entrañas; el del aceite hirviente, el de la oscuridad absoluta, el de la montaña de cuchillos; el del estanque de sangre, el de Avichi y el de la balanza. Los condenados gemían bajo tormentos de hierro y fuego por sus pecados en vida: la deslealtad, la falta de piedad filial, la codicia, el engaño, la violencia.

Luego llegaron a la Ciudad de los Muertos Injustos. Una multitud de espectros mutilados bloqueó el camino gritando:

—¡Devuélvenos la vida! ¡Devuélvenos la vida!

El soberano aterrado llamó al juez Cui, quien explicó:

—Estos son los espíritus de los caudillos y cabecillas de los sesenta y cuatro rebeliones y setenta y dos levantamientos. Murieron sin que nadie los reclamara. Si vuestra majestad les entrega algo de dinero, podré abrir el paso.

—¿Cómo voy a darles dinero si vengo con las manos vacías?

—En el inframundo hay depositadas en mi nombre trece bodegas de plata y oro de un tal Xiang Liang, de Kaifeng en Henan. Vuestra majestad puede firmar un reconocimiento de deuda a su nombre, y yo seré el garante. Cuando regreseis al mundo, se lo devolveréis.

El soberano aceptó, firmó el documento y el mariscal Zhu distribuyó el dinero entre los espíritus, que se retiraron en silencio. Luego Cui Jue exhortó al soberano:

—Cuando regreseis al mundo de los vivos, organizad sin falta una gran ceremonia budista acuática y terrestre para redimir a estos espíritus errantes. Solo así dejarán de vagar en pena y el mundo gozará de paz verdadera.

Al llegar a la rueda de los seis caminos de la transmigración, el soberano vio pasar una multitud de almas: las que habían obrado el bien ascendían al camino celestial; las leales renacían en familias nobles; las piadosas en familias prósperas; las justas volvían a nacer como humanos; las virtuosas en familias ricas; las malvadas caían al camino de los espíritus.

El soberano exclamó con emoción:

—¡Noble verdad! El bien trae frutos sin desastres. Quien siembra bondad vivirá en la gran senda. No alimentéis pensamientos perversos. No olvidéis que los dioses tienen registro de todo.

Cui Jue condujo al soberano hasta la puerta de los renacidos nobles, donde se despidió. El mariscal Zhu lo llevó por ese camino, le consiguió un caballo y lo acompañó hasta la orilla del río Wei. El soberano vio dos carpas doradas que saltaban en el agua y se detuvo a mirarlas con deleite. El mariscal lo apresuró:

—¡Majestad, es hora de cruzar!

Pero el soberano seguía contemplando los peces. El mariscal lo tomó del pie y lo empujó al río con un gran ruido. El soberano despertó de golpe en el mundo de los vivos.


En el palacio blanco, los ministros Wei Zheng y los demás esperaban junto al ataúd. Cuando oyeron la voz del soberano dentro del féretro gritando ahogarse, el terror los paralizó. Fue Wei Zheng quien mandó abrir la tapa y el soberano Tang Taizong emergió sentado, gritando que lo habían arrojado al agua. Los médicos le administraron caldos reconstituyentes y el soberano recobró gradualmente el sentido, narrando a todos sus aventuras en el inframundo.

Habían pasado tres días y tres noches.

Al día siguiente el soberano subió de nuevo al trono de oro. Convocó a sus ministros y relató punto por punto todo cuanto había vivido: los reyes del infierno, el libro del destino, los dieciocho infiernos, la ciudad de los muertos injustos, el dinero prestado a su nombre, el mandato de organizar una gran ceremonia budista. Los ministros lo escucharon con asombro y admiración.

Por decreto imperial el soberano perdonó a cuatrocientos prisioneros condenados a muerte y los envió a casa a despedirse de sus familias, con la promesa de regresar al año siguiente para cumplir su sentencia. También ordenó liberar a tres mil doncellas del palacio para que regresasen al mundo civil.

Mandó también fijar un edicto en todo el reino exhortando a la bondad. El edicto decía que el cielo y la tierra son vastos y la justicia es brillante, que los actos de bien o mal tienen consecuencia en esta misma vida, que más vale ser buena persona que acumular riquezas con astucia.

Buscando al mensajero que fuera al inframundo a llevar las sandías prometidas a los diez Reyes, un hombre llamado Liu Quan se presentó voluntariamente. Era de Junzhou, rico y próspero, pero su esposa Li Cuilian había muerto colgada tres meses atrás por culpa de una discusión: Liu Quan le había reprochado que saliera al portal a dar limosna a un monje, ella se había sulfurado y se había quitado la vida con una cinta de seda, dejando dos hijos pequeños llorando día y noche. Liu Quan, consumido por el dolor, quiso acompañarla en la muerte.

Siguiendo instrucciones del palacio, Liu Quan se presentó en la posada dorada, se colocó en la cabeza las dos sandías del sur, se metió en la boca una píldora y murió. Su alma llegó a las puertas del inframundo portando las frutas. Los guardias lo condujeron ante los diez Reyes.

Liu Quan se postró y presentó los melones:

—Por mandato del soberano Tang, os entrego estas frutas en señal de gratitud por vuestra generosa clemencia.

Los diez Reyes se alegraron y preguntaron quién era. Liu Quan contó su historia: era de Junzhou, su esposa había muerto, había dejado solos a sus hijos, y había elegido morir para cumplir el mandato imperial y reunirse con ella.

Los Reyes consultaron el libro del destino: los dos esposos aún tenían muchos años de vida por delante. Ordenaron reunirlos y enviarlos de regreso. Pero el espíritu de Li Cuilian no tenía cuerpo al que regresar, pues hacía demasiado tiempo que había muerto. El rey Yanluo deliberó y decidió:

—La princesa imperial Li Yuying debe morir en breve. Que el alma de Cuilian tome prestado ese cuerpo y regrese al mundo.

Así se hizo. El alma de Li Cuilian entró en el cuerpo de la princesa imperial, y Liu Quan recibió su alma de vuelta en el cuerpo que había tenido antes. Al despertar, la "princesa" llamaba a su marido con voz confundida, y al presentarse ante el soberano Tang explicó que ella era Li Cuilian, esposa de Liu Quan de Junzhou, no ninguna princesa imperial.

El soberano convocó a Liu Quan al salón del trono. Liu Quan confirmó todo lo que su esposa había dicho. El soberano reconoció el prodigio y dijo conmovido:

—La montaña se derrumba y hay quien la ve; morir en lugar de otro y regresar, eso no tiene precio.

Con generosidad imperial, el soberano entregó a Liu Quan el ajuar completo de la princesa como dote para su esposa renacida, y le concedió una ordenanza de exención perpetua de impuestos. Los dos esposos se arrodillaron y lloraron de gratitud, luego regresaron felices a Junzhou.

Entre tanto, el general Yuchi Gong partió hacia Kaifeng con una bodega de plata y oro para devolvérsela a Xiang Liang. Pero Xiang Liang, que vendía agua y ollas de barro para vivir y gastaba cada centavo en hacer el bien —comprando papel de oro y plata para quemarlo en ofrendas al inframundo—, se negó a aceptar el dinero. Dijo que aquel dinero ardido era solo un gesto de piedad, que no tenía ningún documento que probara la deuda del soberano, y que antes moriría que recibir riquezas que no le correspondían.

El soberano, al enterarse de la negativa, sonrió:

—Este hombre es verdaderamente virtuoso.

Ordenó que el oro y la plata se usaran para construir un templo en su honor. El templo fue levantado en Kaifeng, con un santuario dedicado a Xiang Liang y su esposa, supervisado por el general Yuchi Gong. Ese templo existe hasta hoy y se llama el Gran Templo Xiangguo.