Capítulo 100: Regreso directo a la tierra del Este; los cinco santos alcanzan su verdadera naturaleza
Los peregrinos regresan a Chang'an con los sutras sagrados; el Emperador Taizong los recibe con honores; en Lingshan, el Buda otorga sus títulos eternos: Tang Sanzang se convierte en el Buda del Mérito del Sándalo, Sun Wukong en el Buda Victorioso en el Combate, Zhu Bajie en el Purificador del Altar, Sha Wujing en el Arhant del Cuerpo Dorado, y el caballo blanco en el Dragón Celestial de las Ocho Legiones.
Regreso directo a la tierra del Este; los cinco santos alcanzan su verdadera naturaleza
El viento fragante de los ocho Guardianes Dorados llevó a los cuatro peregrinos y al caballo blanco a través de los cielos en menos de un día. Hacia el atardecer del cuarto día desde que habían salido de Lingshan, las nubes se abrieron y bajo ellos apareció la ciudad de Chang'an con sus avenidas anchas, sus murallas de tierra apisonada color ocre y el brillo del río Wei en la distancia.
El Guardianes Dorados que encabezaba el vuelo se detuvo antes de descender.
—Aquí es vuestra ciudad, maestro. Nosotros no podemos posarnos: somos demasiado reconocibles y el lugar tiene demasiada gente perspicaz. Entregad los sutras a vuestro rey y regresad. Os esperamos en el cielo para volver juntos a dar cuenta de la misión.
Sun Wukong señaló que Tang Sanzang no podía llevar solo los fardos de sutras ni guiar al caballo. Los Guardianes Dorados concedieron que los tres discípulos lo acompañaran hasta la ciudad y regresaran después. Zhu Bajie prometió solemnemente que no se quedaría a merendar.
Descendieron sobre el pabellón de la Recepción de las Escrituras, una torre que el Emperador Taizong había mandado construir años atrás justo al oeste de la capital, esperando ese momento. El Emperador llegaba allí cada año a contemplar el horizonte occidental. Ese día en particular estaba de nuevo en la torre cuando los vio descender.
—¡Ha regresado mi hermano imperial! —exclamó Taizong bajando los peldaños de la torre.
Tang Sanzang se postró. El Emperador lo levantó con sus propias manos y preguntó quiénes eran los tres acompañantes. Tang Sanzang los presentó: sus discípulos recogidos en el camino. El Emperador mandó traer su caballo de honor y rogó a Tang Sanzang que cabalgara junto a él de vuelta al palacio. Los tres discípulos siguieron a pie con el equipaje.
La procesión entró a Chang'an por la avenida principal. Los monjes del templo Hongfu, donde Tang Sanzang había vivido antes del viaje, habían notado esa mañana que los pinos del jardín del templo habían girado todos sus copas hacia el este. El discípulo más antiguo recordó las palabras del maestro al partir: si los pinos giran hacia el este, he vuelto. Así que salieron a recibirlos.
En el palacio, el Emperador convocó a los ministros y altos funcionarios. Tang Sanzang relató brevemente el viaje —los catorce años, las ochenta y una tribulaciones, el encuentro con el Buda, los sutras en blanco y la segunda audiencia para recibir los textos verdaderos— y presentó el pasaporte imperial cubierto de sellos de veinte reinos.
Taizong examinó los sellos uno por uno: el Gran Reino de los Elefantes, el Reino del Gallo de Jade, el Reino de las Mujeres del Oeste, el Condado del Fénix, el Condado de Yuhua, la Prefectura de Jin Ping. Contó los años: habían pasado desde el otoño del año decimotercero de su reinado. Era el año vigesimoséptimo.
—Catorce años —dijo el Emperador en voz baja—. Os hemos esperado catorce años.
El Emperador organizó un banquete en el Pabellón del Este con platos vegetarianos de la mejor cocina imperial. A los tres discípulos los invitó también, sin que importaran sus rostros poco convencionales, y ellos comieron con la mesura de quienes sienten que algo fundamental ha cambiado en su interior. Zhu Bajie no pidió una segunda porción.
Al día siguiente, el Emperador hizo llamar al monje y le entregó un texto que había redactado él mismo durante la noche: el Prólogo a la Enseñanza Sagrada, en el que describía la naturaleza del dharma y el mérito del viaje de Tang Sanzang en un lenguaje que combinaba la elocuencia del político con la humildad del creyente. El texto sería grabado en piedra y difundido por todo el Imperio.
Tang Sanzang quiso que los sutras se recitaran públicamente. El Emperador preguntó qué lugar sería apropiado. Tang Sanzang propuso el Templo de la Torre del Ganso, al este de la ciudad, que tenía la arquitectura y la dignidad necesarias para albergar los textos sagrados.
Se preparó una plataforma alta. Tang Sanzang subió con varios rollos en los brazos. Estaba a punto de comenzar la recitación cuando una fragancia llegó desde el cielo y se oyó la voz de los Guardianes Dorados:
—El que ha recitado los sutras, deja los rollos y síguenos de vuelta al oeste.
Sun Wukong, Zhu Bajie y Sha Wujing se elevaron desde el suelo sin esfuerzo. El caballo blanco se elevó también. Tang Sanzang dejó caer los rollos sobre la plataforma y subió desde el estrado hacia el cielo como si el aire lo sostuviera de manera natural.
El Emperador Taizong y todos los funcionarios presentes se prosternaron ante el cielo en dirección al horizonte donde los cinco habían desaparecido.
Los ocho Guardianes Dorados los condujeron de vuelta a Lingshan en otros cuatro días, completando el ciclo de ocho que la Bodhisattva Guanyin había calculado para que el número de días del viaje de ida y vuelta coincidiera con la medida sagrada del dharma.
En la Gran Sala del Trueno, el Buda Shakyamuni los recibió desde su trono de loto ante la asamblea de todos los Budas, Bodhisattvas, Arhants y guardianes del universo. Uno por uno, el Buda pronunció los títulos eternos que correspondían a cada uno.
A Tang Sanzang, el Buda dijo:
—En tu vida anterior eras mi segundo discípulo, Crisálida de Oro. Por haber prestado poca atención a mis enseñanzas, tu alma verdadera fue enviada a reencarnar en el oriente. Hoy has regresado, has protegido mis enseñanzas y has traído las escrituras al este. Por tus méritos te confiero el título de Buda del Mérito del Sándalo.
A Sun Wukong, el Buda dijo:
—Por haber perturbado el cielo te encerré bajo la montaña. Tu penitencia terminó, regresaste al camino correcto, protegiste al maestro y derrotaste a los demonios en cada etapa del viaje. Por tus méritos te confiero el título de Buda Victorioso en el Combate.
A Zhu Bajie, el Buda dijo:
—Fuiste el Almirante del Río Celestial, caíste por embriaguez y por acoso a las Ninfas de la Luna, y renaciste con cuerpo de cerdo. Aun así recordaste tu naturaleza humana, te uniste al camino del dharma y cargaste el equipaje durante catorce años. Tu deseo y tu pereza no han muerto del todo, pero tus méritos son reales. Te confiero el título de Purificador del Altar.
Zhu Bajie protestó desde abajo.
—¡Los demás se convierten en Budas y a mí me toca limpiar altares!
El Buda respondió con calma:
—En los cuatro continentes del mundo, los que siguen mis enseñanzas son innumerables. En cada ceremonia, el altar debe ser limpiado y preparado. Es un cargo con privilegios reales. ¿Acaso te parece poco?
Zhu Bajie reflexionó.
—Supongo que los altares siempre tienen comida.
A Sha Wujing, el Buda dijo:
—Fuiste el Gran General de la Cortina que Cae. Te condenaron por romper una copa de jade en el banquete del Durazno. Caíste al Río de Arena y viviste de los caminantes que cruzaban. Te uniste al camino del dharma con sinceridad, guiaste al caballo y cargaste las escrituras. Te confiero el título de Arhant del Cuerpo Dorado.
Al caballo blanco, el Buda dijo:
—Eras el hijo del Rey Dragón del Gran Mar del Oeste, condenado por desobedecer a tu padre. Te convertiste en el caballo del maestro, lo cargaste al oeste durante catorce años y cargaste las escrituras al este. Te confiero el título de Dragón Celestial de las Ocho Legiones.
Los cinco se postraron y agradecieron al Buda. Los guardianes llevaron al caballo blanco a la Laguna de Transformación de Dragones, detrás del pico de Lingshan. El caballo sumergió el cuerpo en el agua. Al emerger, había perdido la piel de caballo: escamas doradas brillaban a lo largo de su cuerpo, cuernos de plata coronaban su cabeza, garras de nubes sostenían sus cuatro extremidades. El Dragón Celestial de las Ocho Legiones se enroscó alrededor de la columna de jade de la puerta de la Gran Sala del Trueno.
Sun Wukong se tocó la cabeza con una mano. La diadema de oro que Guanyin le había puesto antes del viaje había desaparecido.
—Maestro —dijo al Buda del Mérito del Sándalo, que era el nombre que ahora correspondía a Tang Sanzang—, ¿ya no necesito el encantamiento de apriete?
Tang Sanzang —el Buda del Mérito del Sándalo— sonrió.
—El encantamiento era para quien necesitaba ser contenido. El Buda Victorioso en el Combate no necesita ser contenido por nadie.
En la Gran Sala del Trueno, todos los Budas, Bodhisattvas y santos de los tres tiempos y los diez directions entonaron juntos los nombres del dharma en una recitación que llenó el universo con la resonancia del silencio hecho voz:
Los méritos de esta práctica adornen la tierra pura del Buda. Arriba recompensemos las cuatro grandes gracias, abajo liberemos a los que sufren en los tres caminos. Quienes vean o escuchen esto, que todos generen la mente de la iluminación. Que nazcan juntos en el país de la dicha perfecta y en esta vida completen la práctica hasta el final.
El Viaje al Oeste había concluido.